El yo al otro lado del espejo

Para los hombres y mujeres de este siglo: ¿sigue existiendo el alma?. Siempre me he formulado esta pregunta retórica confiando en encontrar respuesta porque cada día nos enfrentamos a vivencias y actividades que exigen de nosotros una respuesta a través de acciones puntuales e iniciativas. En medio de ellas hay un yo que debe ser conformado (Stein, 1998:p.149) y que no se agota en su forma consciente. Tras esa imagen se encuentran: las potencialidades, el carácter, las virtudes…
Desde la antigüedad se estableció una dualidad entre el cuerpo y el alma. La psique griega ha conocido múltiples variantes planteadas como ámbitos separados aunque, a mi juicio, estas concepciones iban preparando el camino de lo que autores como Julia Kristeva denominan “enfermedades del alma”(Kristeva, 1995: p.11), que parten de un ser humano en busca del sentido místico que se trata de identificar bajo un aspecto corpóreo: corazón, cerebro…
Las influencias biológicas como la sensación de abandono, la apatía o la impaciencia por vivir la vida “hacen que no haya un merecido espacio para hacernos con un alma”- como apunta J. Kristeva ( p.15) y así nuestros sufrimientos o alegrías raramente se exteriorizan y pasan a somatizarse, convirtiéndose en una carga pesada en la que sobrellevamos nuestras miserias que acaban por volvernos seres artificiales por fuera y vulnerables por dentro.
Los medios de comunicación de masas aprovechan esos estados anímicos subyugados para captar con imágenes nuestros deseos que difuminan la delgada línea que separa el placer y la realidad. El ansia por poseer se enfrenta a la frustración del no tener y la llama interior se apaga. Esta situación tiene repercusiones importantes en el ámbito familiar y personal porque para encontrar la felicidad y bienestar dependemos de productos y servicios que otros nos ofrecen pagando un precio establecido. Más allá de esto no hay nada…no queremos hablar ni ser escuchados. Esto ocurre porque normalmente se confunde el individualismo con la singularidad. Así nacen en nuestro subconsciente: “falsas personalidades”, “estados límite”o “narcisismos”(Kristeva, 1995: p.16) según nuestros estados carenciales.
¿Dónde quedó el valor divino de lo humano?, ¿acaso sólo somos símbolos planos y sin profundidad o figuras imbuídas en su imagen?. El alma está prisionera en nuestro cuerpo. En los principios de la ética o la política actuales se exhibe una parte de la degradación del ser humano. Un acercamiento gradual a los textos bíblicos puede reforzar la idea de que sólo el amor de Dios puede consolarnos y reconfortar nuestros temores. Aunque sea invisible a nuestros ojos, está ahí desde el principio y se manifiesta a través de hombres y mujeres que como nosotros: dudaron, vieron y creyeron. Cuando cayeron tuvieron el valor de observar su rostro ante el espejo, de reconocer su error y levantarse una vez más.El ser se busca a sí mismo en otros rostros mediante los cuales identificarse, pero no hasta el punto de perder su esencia. Debe estar por encima de los objetos que tan sólo son un medio para llegar al encuentro con el alma. Sin ella somos caballeros con armadura oxidada.
D. Álvaro Zuleta Cortés en su libro Textos para no morir, el autor apunta: “jugamos a la posesión y perdemos largamente. El amor es un inmenso cerco que nos destruye (…) es un fuego que todo lo calcina” (p.54). Quizás para devolvernos hacia un estadio anterior porque “la libertas es un largo sueño que exploramos toda la vida”(p.55). Los propios miedos e inseguridades hay que analizarlos con los ojos de la fe. En el fondo de nuestro ser vamos cargados de nostalgia y de afecto en medio del ruido. Si hiciésemos una radiografía de nosotros mismos nos encontraríamos: con algunos AMIGOS, sin compañeros de viaje, a veces cansados o impávidos pero con una voluntad que trata de ir hacia delante, como un peregrino que busca las huellas del Viajero hasta llegar a la tierra prometida.
Pero, ¿qué provoca una enfermedad del alma?. El miedo: a sufrir, a esforzarse, al futuro, al compromiso…porque no hay convicciones profundas y esto debilita la voluntad de poder ser y creer, que es principio de vida pues el sufrimiento es una prueba de autenticidad en el amor(Fuentes, 2001). Kant lo definió como aquello que nos mueve a actuar. No debilita sino que fortalece al alma dormida.
Si se leen con atención las cartas de S.Pablo podemos comprobar que la situación de la fe en aquellos tiempos no difiere tanto de la que podemos vivir hoy. Muchos, alejados de Dios, acabaron debilitando su mente y su corazón tornándola en corrupción. Han cambiado las formas o los contextos pero no la esencia de la persona. Ejemplos como : los apóstoles, los fariseos, los profetas… y sus experiencias son aplicables a las nuestras, como el caso del hijo pródigo o las tentaciones de Jesús.
Somos pequeños ante la grandeza de lo desconocido, pero en nuestro rostro apreciamos cómo la divinidad se manifiesta en lo que somos y que Él nos ha dado la potencialidad de crear nuevos mundos intelectuales y materiales para que nuestra condición interna se transforme. No hay que olvidar que a pesar de los adelantos científicos los seres humanos seguimos siendo seres vulnerables aunque no podemos caer en el pesimismo ni en la ilusión de ser superhombres. El cielo es la patria de los que saben hacia dónde mirar. Por eso hay que descubrir el mundo izando velas y esperando un soplo de viento nuevo.

(*) es Humanista y escritora

Bibliografía
Fuentes, A., La fortaleza de los débiles, Bilbao, 2001.
Kristeva, J., Las nuevas enfermedades del alma, Madrid, 1995.
Stein, E., La estructura de la persona humana, Madrid, 1998.
Zuleta, A., Textos para no morir, Madrid, 2000.

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