El universo de George Lemaitre

Dominique Lambert. Doctor en Ciencias Físicas y en Filosofía por la Universidad Católica de Lovaina. Profesor de filosofía e historia de la ciencia en el Instituto Superior de Notre-Dame de la Paix, en Namur.

Sacerdote y físico, Georges Lemaître fue uno de los fundadores de la teoría de la gran explosión. Algunas de sus intuiciones, que defendió incluso contra el mismo Einstein, se han revelado, cincuenta años más tarde, de una importancia capital. Este trabajo de Dominique Lambert -del que ofrecemos un extracto- publicado por la prestigiosa revista INVESTIGACIóN Y CIENCIA (Abril 2002), muestra no sólo un interesante capítulo de la «historia del conocimiento» de la historia del universo, sino también, indirectamente, cómo hombres de profunda fe han convivido intelectualmente con científicos de la categoría de Einstein -incluso han podido corregirle y enseñarle algunas cosas- sin la más mínima dificultad para su fe ni para su crecimiento científico.

En 1933 Albert Einstein dio una serie de clases en la Fundación Universitaria de Bruselas. Cuando un colega le preguntó si le habrían comprendido bien todos los oyentes, respondió: «El profesor De Donder quizás, el canónigo Lemâitre sin duda, los demás creo que no».

Se considera a Georges Lemaître uno de los fundadores de la teoría de la gran explosión («big bang»), en la que se basa la cosmología moderna. Como fue además hombre de fe, algunos han pretendido que la hipótesis de un cataclismo originario del universo en una fecha determinada del pasado constituía, en su intención, una justificación científica de la creación bíblica del mundo.

Así, el astrónomo británico Fred Hoyle, partidario, por razones filosóficas, de un modelo de universo eterno, acuñó la expresión peyorativa «big bang» para ridiculizar las ideas desarrolladas por Lemaître. Ironías del destino, esa expresión se usa hoy, sin connotaciones negativas, para designar una teoría respaldada desde entonces por numerosos hechos experimentales. En cuanto a las convicciones científicas de Lemaître, se fundaban no en su fe (siempre supo evitar toda confusión entre ciencia y creencia), sino en argumentos matemáticos y físicos de sólido fuste. Algunos momentos señalados de su carrera esclarecen la importancia científica de varias de sus intuiciones.

Un sacerdote en Cambridge

Georges Lemaître nació el 17 de julio de 1894 en Charleroi (Bélgica). En 1911 empieza los estudios de ingeniería de minas, por los que muestra poco entusiasmo. A su regreso de la primera guerra mundial, cambia de orientación para seguir la carrera de matemáticas y física, que termina en 1920. Ese mismo año entra en el seminario de Malinas, donde, mientras se prepara para el sacerdocio, continuó estudiando los trabajos que trataban de la relatividad, restringida y general. Redacta una memoria titulada La física de Einstein, con la que gana una beca que le permite, tras su ordenación el 22 de septiembre de 1923, partir a Gran Bretaña, para una estancia de un año en Cambridge. Allí trabaja bajo la dirección de Arthur Eddington el astrónomo que cinco años antes había confirmado lo que Einstein había previsto: que la fuerza de la gravitación desvía los rayos luminosos que pasan cerca del Sol.

Prosigue sus estudios entre 1924 y 1935 en el Instituto de Tecnlogía de Massachusetts y visita algunos de los epicentros de la astronomía mundial, sobre todo el observatorio de monte Wilson, done se encontraba entonces el mayor telescopio que se hubiese construido. Así el joven experto de las nuevas teorías del espacio-tiempo entra en contacto con la astronomía en el momento mismo en que va a nacer la cosmología científica.

¿En qué «contexto cosmológico se encontraba Lemaître? A mediados de los años veinte, los astrónomos atribuían al universo observado un tamaño de unas decenas de miles de años-luz, es decir, seis órdenes de magnitud menos que el tamaño que se le concede hoy (de orden de diez mil millones de años luz).

Además, por un prejuicio heredado del siglo XIX, no se concebía que este universo evolucionase; menos aún, que tuviese una edad finita.

En cuanto a su contenido, desde el siglo XVIII venían pensando los astrónomos que las estrellas visibles del cielo se juntaban en un vasto disco plano, la Vía Láctea, en cuyo seno residía el Sol. Ya en 1785 Immanuel Kant había propuesto que las nebulosas espirales descubiertas por los astrónomos con sus primeros telescopios eran agrupaciones gigantescas de estrellas parecidas a la Vía Láctea. Hoy llamamos galaxias a esos «universos-isla» imaginados por el filósofo alemán. En todo caso, hasta mediados de los años veinte del siglo XX se consideraba que esa hipótesis era dudosa. De ella se seguía que tales nebulosas tenían que encontrarse a millones de años luz y, sin embargo, los astrónomos observaban en ellas explosiones regulares que, si sucedían a semejantes distancias, debían liberar en muy poco tiempo cantidades de energía que ninguno de los mecanismos físicos conocidos por entonces era capaz de producir. Hoy se sabe que se trata de supernovas, de explosiones de estrellas gigantes, en el curso de las cuales las reacciones termonucleares desprenden más luz que miles de millones de estrellas.

Un universo eterno

El universo de los astrónomos de la época, por lejos que observasen, no contenía más que una sola galaxia, la nuestra. ¿Es cerrado y de dimensión finita? ¿Es infinito y, por consiguiente, está casi vacío? A partir de 1916 la cuestión adquiere pleno sentido cuando Albert Einstein publica su teoría de la relatividad general, que permite a los astrónomos construir modelos cosmológicos diferentes a tenor de las hipótesis que se elijan. Einstein mostró que podía considerarse a la gravedad una manifestación de la curvatura del espacio-tiempo. Sus ecuaciones permiten calcular esa curvatura en cada punto del universo, si se conoce la cantidad de materia (o energía) que haya allí. En cuanto a la geometría global del universo, es posible, mediante algunas hipótesis sobre la distribución de la materia y de la energía en su seno, dar de ella una descripción rigurosa.

El primer modelo de universo propuesto por Einstein era una solución de sus ecuaciones en la que el cosmos se reputaba cerrado y estático. En ese modelo, el espacio es una «hiperesfera» de radio constante. Lo mismo que una criatura plana que viviese «en» la superficie (bidimensional) de una esfera vería su universo como un espacio curvo, finito aunque sin fronteras, nosotros viviríamos en un espacio tridimensional que sería la «superficie» de una hiperesfera (una esfera en un espacio tetradimensional). Para que el radio de ese universo permaneciese constante (es decir, para que el peso de la materia no provocara su hundimiento sobre sí mismo), Einstein presupuso la existencia de una «fuerza de repulsión», capaz de contrarrestar los efectos de la gravitación y de mantener el universo en equilibrio. Esa fuerza interviene en las ecuaciones de la relatividad general en forma de una constante, la llamada «constante cosmológica».

Poco después, el astrónomo holandés Willem De Sitter esbozaba otro modelo de universo, solución igualmente de las ecuaciones de Einstein, donde el espacio es infinito y nula la densidad de materia. Cuando Lemaître empieza a trabajar en los problemas cosmológicos, la comunidad astronómica no se refiere más que a esos dos modelos.

Un universo en expansión

Pero en 1925 el astrónomo estadounidense Edwin Hubble descubre en el observatorio de monte Wilson que la «nebulosa» de Andrómeda dista de nosotros varios millones de años luz; resurge la polémica sobre la naturaleza de las «nebulosas». Georges Lemaître toma, pues, contacto con la cosmología en el momento mismo en que torna a emerger la idea dé un universo inmenso sembrado de galaxias.

Por otra parte, los astrónomos se disponen entonces a establecer que la luz que recibimos de la mayoría de esas galaxias está desplazada hacia longitudes de onda grandes (hacia el rojo), lo que parece indicar que se alejan muy veloces de nosotros.

Así, Lemaître se ve conducido de forma natural a buscar una explicación de esa «recesión» de las galaxias (independientemente del ruso Aleksander Friedman). Propone en 1927 una tercera solución de las ecuaciones de Einstein: el tamaño del universo crecería de manera exponencial y confluiría con los dos grandes modelos de la época en un pasado y un futuro infinitamente remotos. En un tiempo pasado muy distante, ese universo se comportaría como el universo estático de Einstein; en el futuro, el universo de Lemaître tendería -su masa es constante, su tamaño no deja de crecer- hacia el modelo de De Sitter, totalmente vacío. En el intervalo entre ambos extremos, la expansión del universo explicaría que las galaxias se alejaran unas de otras.

Por medio de esta solución, ya en 1927, Lemaître estableció la ley que gobierna la recesión de las galaxias; estipula que dos galaxias se alejan mutuamente a una velocidad proporcional a la distancia que las separa. A partir de un catálogo de 42 galaxias de las que se conocía un orden de magnitud de las distancias, así como las velocidades de escape, calcula la constante de proporcionalidad en 625 kilómetros por segundo y megaparsec (es decir, dos galaxias distantes entre sí un megaparsec, que es un poco más de tres millones de años luz, se separarían entre sí a 625 kilómetros por segundo). De ese modo, Lemaître es el primero en establecer teóricamente la ley… de Hubble, aunque el valor que le da a la constante, llamada también «de Hubble», sea exagerado. El astrónomo estadounidense se llevó los honores de la posteridad porque fue el primero, dos años más tarde, en publicar una compilación detallada de observaciones de las que se desprendía esa ley.

Con el modelo de 1927, Lemaître fue uno de los primeros cosmólogos que concibieron un universo en evolución. Con todo, el universo no tiene todavía un comienzo. ¿Por qué prefería Lemaître -momentáneamente- la idea de un universo con un pasado infinito? Parece que esta elección derivaba de que sobrestimase la constante de Hubble. En efecto, si el universo estaba hoy en una expansión muy rápida, su tamaño, en un pasado bastante reciente, tuvo que ser mucho menor. La inversa de la constante de Hubble da un orden de magnitud del período reciente de la expansión.

Con un valor del orden de 625 kilómetros por segundo y parsec a Lemaître le sale que el universo tiene menos de mil millones de años, edad inferior a los dos mil millones que se le atribuían a la Tierra en su época. Este resultado se basaba en el estudio de las concentraciones de uranio y plomo en las rocas más antiguas; el valor que se admite hoy es de unos 4500 millones de años.

El modelo de universo en que el radio crece de manera exponencial supera la dificultad al dar al universo un pasado infinito donde su tamaño es casi constante y admitir un período de expansión reciente conforme al alejamiento observado entre las galaxias. Hoy se atribuye a la constante de Hubble un valor del orden de 70 kilómetros por segundo y megaparsec (se han mejorado considerablemente las estimaciones de las distancias de las gálaxias). Se deduce de ello que el universo tiene unos 14.000 millones de años, edad compatible con los datos geológicos.

La formación de las galaxias

En el marco de sus modelos de universo en expansión Lemaître emprende una primera descripción de la formación de las galaxias. Aprovecha para ello los métodos que elaboró en los años 1924-25 cuando trabajaba en el Instituto de Tecnología de Massachusetts. Eddington llamó entonces su atención sobre una cuestión suscitada por los trabajos del astrónomo alemán Karl Schwarzschild, que había encontrado una solución de las ecuaciones de Einstein que describía el campo gravitatorio en el interior y el exterior de una bola de materia cuya densidad se suponía constante (hipótesis que constituían un modelo muy simplificado de estrella). La solución obtenida para el interior de la esfera homogénea hacía aparecer una paradoja: al añadirle materia crecía su radio al mismo tiempo que su masa, pero los cálculos mostraban que más allá de cierto tamaño límite (y, por lo tanto, de cierta masa), la presión en el centro de la estrella se volvía infinita. Parecía, pues, que no podía existir ningún astro más allá de ese límite. Pero como señaló Eddington, la hipótesis de una densidad uniforme de la materia era poco conforme con el espíritu de la relatividad, pues en esa teoría la densidad de materia no es una magnitud invariante (la masa puede transformarse en energía y unos observadores en movimiento entre sí no medirán, para los mismos objetos, energías idénticas).

Lemaître rehizo los cálculos de Schwarzschild abandonando la idea de una densidad constante (sólo consideró constante una magnitud invariante de acuerdo con la relatividad, la «traza del tensor energía-impulso», que combina la densidad de energía y la presión de la materia). Mostró entonces, en contra de lo que esperaba Eddington, que la paradoja descubierta por Schwarzschild subsistía: hay realmente un radio más allá del cual ningún astro podía estar en equilibrio.

Gracias a ese trabajo, Lemaître pudo estudiar espacios de simetría esférica llenos de un fluido cuya densidad no era necesariamente homogénea. En los años treinta, con esa base, propuso un modelo donde las galaxias se formaban a partir de fluctuaciones locales de la densidad de la materia en un universo en expansión. En el marco del modelo las partículas de materia contenidas en el universo se aglutinan al azar, obedeciendo a fluctuaciones estadísticas. Aparecen zonas de densidad ligeramente superior a la media, que al derrumbarse bajo su propio peso y atraer la materia circundante dan lugar a las galaxias, reagrupadas luego en cúmulos de galaxias, las mayores estructuras observadas hasta ahora en el universo. Lemaître muestra entonces que el cálculo de los cúmulos de galaxias engendrados conforme a su modelo concuerda con las mediciones tomadas por Hubble para el cúmulo de Coma.

No obstante, hoy se sabe que las fluctuaciones concebidas por Lemaître (fluctuaciones estadísticas en un universo esencialmente homogéneo) no bastan para producir las macroestructuras del universo. La radiación fósil captada por el satélite COBE ofreció una imagen del universo a sus 300.000 años de edad que revelaba la existencia de variaciones de la densidad, origen, así se cree, de las macroestructuras. La idea de que las galaxias y los cúmulos de galaxias se han formado a partir de condensaciones locales de materia sigue siendo hoy la preferida por los astrónomos. Sin embargo, muchos astrofísicos piensan que su origen estuvo más bien en fluctuaciones microscópicas de naturaleza cuántica que se amplificaron en el curso de la inflación del universo (una fase de expansión exponencial que habría multiplicado todas las distancias por un factor 10 elevado a 50 en unos 10 elevado a -32 segundos).

La edad del universo

A principios de los años treinta Eddington contribuyó de nuevo a orientar el rumbo de los trabajos de su antiguo alumno al despertarle un vivo interés por la cuestión del origen del universo. En 1931 el astrónomo de Cambridge publicó un artículo en la revista Nature en el que confesaba: «Desde una óptica filosófica, me repugna la idea de que el presente orden de cosas haya tenido un comienzo». Ante esa declaración de principios, Lemaître reaccionó con la publicación, en la misma revista, de una nota breve en la que mostraba que la termodinámica y la mecánica cuántica podían dar un sentido físico a un comienzo del mundo. En ese artículo describía un estado inicial del universo en el que todos los cuantos de energía se juntaban en uno solo, al que denominaba «átomo primitivo»; fuera de él las nociones de espacio y tiempo carecían de sentido. Ese estado muy «ordenado» era inestable; a partir del átomo primitivo, unas desintegraciones sucesivas, comparables a las desintegraciones radiactivas, engendraban progresivamente la materia, el espacio y el tiempo tal y como los conocemos hoy. Para Lemaître, «semejante comienzo del mundo está suficientemente alejado del presente orden de cosas como para que no resulte repugnante del todo». La hipótesis que anunciaba la moderna teoría de la gran explosión emprendía su camino.

Por lo demás, a principios de los años treinta Lemaître muestra que el menor cambio en la distribución de la densidad de materia del universo podía dar ventaja sobre la gravedad a la fuerza de repulsión ligada a la constante cosmológica. El equilibrio entre esas dos fuerzas sobre las que reposaba el modelo estático de Einstein era, por consiguiente, inestable; debía bastar para romperlo la formación de las galaxias a partir de las fluctuaciones de la materia del universo. Así, parece imposible que el universo siga siendo estático indefinidamente.

Tal y como la enuncia Lemaître, la hipótesis del átomo primitivo es más una intuición física que una teoría rigurosamente elaborada. Se corresponde con la elección de un nuevo modelo cosmológico en el que la edad del universo es finita. Se trata de un universo homogéneo, una hiperesfera cuya evolución comienza por un estado de densidad infinita, una singularidad, que Lemaître considera el límite impuesto por las leyes clásicas de la relatividad cuando se está cerca de las condiciones exóticas que reinaron en la época del átomo primitivo. La evolución del universo está dominada por dos fuerzas, la gravitación y la «fuerza de repulsión», cuya intensidad viene determinada por la constante cosmológica. Este modelo, que defenderá hasta el final de su vida, comprende tres fases características.

De la importancia de una constante

En el curso de la primera fase, que comienza con la singularidad inicial, el universo entra en expansión y el espacio se llena con los productos de la desintegración del átomo primitivo. La atracción gravitatoria que se ejerce entre las partículas de materia frena progresivamente la expansión.

La segunda fase corresponde a un equilibrio entre la gravitación y la fuerza repulsiva ligada a la constante cosmológica: el radio del universo permanece, momentáneamente, casi constante, como en el universo de Einstein.

La tercera y última fase de la historia del universo según Lemaître incluye la época actual y empieza cuando la formación de macroestructuras y de las galaxias rompe el equilibrio del período cuasi-estático y hace que se reanude la expansión acelerada bajo el efecto de la constante cosmológica.

Lemaître concedía mucha importancia a esta constante. Se oponía, pues, a Einstein, que renunció a ella («es el peor error de mi vida», habría dicho) al mismo tiempo que el descubrimiento del distanciamiento entre galaxias le obligó a abandonar su modelo de universo estático. Visionario, Lemaître prevé que la mecánica cuántica podría un día dar un sentido físico a esa constante que parece significar que el vacío está dotado de cierta densidad de energía. Se piensa hoy que Einstein trató la constante cosmológica con demasiada ligereza y que no es una mera «opción», sino un elemento fundamental para su teoría a causa de la existencia de una energía del vacío cuántico: la mecánica cuántica dicta que, incluso en un espacio vacío, aparezcan y desaparezcan sin cesar pares de partículas y antipartículas (si no, el valor de todos los parámetros físicos se conocería con una precisión perfecta -serían todos nulos-, lo que contradice el principio de indeterminación de Heisenberg).

Se ha establecido hace poco que es muy probable que la constante cosmológica no sea nula. Por lo demás, Lemaître insistió en que, si se modifica su valor, se modifica la edad del universo. Veía en ello un argumento adicional para conservarla. En efecto, si la evolución del universo no está gobernada más que por la gravitación, basta la constante de Hubble para determinar su edad. Sin embargo, con el valor de la constante de Hubble de que se disponía en los años treinta, esa edad resultaba siempre inferior a la del sistema solar; había que corregir tal anomalía. Ya en 1931, basándose en un límite superior de la constante cosmológica, Lemaître cifró en diez mil millones de años la edad del universo (un buen orden de magnitud incluso hoy en día).

La ciencia ha abandonado su hipótesis del átomo primitivo y su presentación de la síntesis de los elementos químicos por desintegraciones sucesivas. Además, la geometría espacial del universo parece ser euclídea y no esférica, como Lemaître la concebía siempre. No obstante, diversas observaciones recientes sobre las supernovas lejanas parecen abonar la idea de que el valor de la constante cosmológica no es nulo, sino positivo, y, por consiguiente, que la evolución del universo se caracteriza por las tres fases propuestas por Lemaître.

El problema de las singularidades

A principios de los años treinta se admitía que había galaxias fuera de la nuestra y que el universo se expandía; se deducían de ello modelos del cosmos en evolución permanente, en el curso quizá de una duración finita. Esta idea sigue, sin embargo, chocando con las preferencias filosóficas de numerosos físicos. No sólo les obliga a aceptar que el universo tuvo un comienzo, sino, también, que ese comienzo consistió en un estado de densidad infinita, en una singularidad donde las leyes de la física pierden todo su sentido.

En enero de 1933 Einstein, que acababa de abandonar Alemania por los Estados Unidos, se encuentra con Lemaître en el Instituto de Tecnología de California. Le pregunta si se podían eliminar las singularidades que aparecían en la historia del «universo fénix», un modelo que establecía que el universo se expande a partir de una singularidad, alcanza un tamaño máximo y vuelve a caer en una nueva singularidad antes de recomenzar un nuevo ciclo de expansión y contracción. Como todos los modelos concebidos por los astrónomos, es homogéneo e isótropo (sus propiedades son las mismas en todos los puntos del espacio y en todas direcciones). Según Einstein, esa isotropía podría ser la causa de que apareciesen singularidades. Si se admitiese una ligera anisotropía del universo (que estuviera en expansión en dos de las direcciones del espacio y en contracción en la tercera, por ejemplo), quizá no se desplomaría sobre sí mismo (no «se colapsaría», con el barbarismo al uso) y se evitaría la singularidad. Lemaître probó rápidamente, con la ayuda de un caso particular, que la singularidad no desaparecería, ni siquiera aunque el universo no fuese isótropo. El paso por un estado de radio «nulo» parece realmente obligado para la mayoría de los modelos del universo. Este «experimento matemático» prefigura los teoremas sobre las singularidades de Roger Penrose y Stephen Hawking que demostraron, con métodos globales, que aparecen, de manera inevitable, singularidades físicas en muchos de los modelos posibles del espacio-tiempo.

Los rayos cósmicos

Según Lemaître, una de las consecuencias de la hipótesis del átomo primitivo era la existencia de partículas cargadas de gran energía producidas en las primeras desintegraciones de ese átomo. Tras un encuentro con Robert Millikan, Lemaître se convenció de que esas partículas eran precisamente los rayos cósmicos que se captan a grandes alturas y cuya naturaleza y origen precisos se ignoraban todavía en los años treinta. La detección y el estudio de los rayos cósmicos presentaban para él una importancia crucial, pues éstos eran, según sus propias palabras, «jeroglíficos» que había que descifrar si se quería conocer los primerísimos instantes del universo.

Lemaître y Manuel Sandoval Vallarta, compañero suyo en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, se pusieron a estudiar las propiedades de las trayectorias de los rayos cósmicos. Varios observadores habían mostrado que la intensidad de la radiación cósmica variaba con la latitud geomagnética (la latitud medida no a partir del polo geográfico de la Tierra, sino del magnético). Fiados de su hipótesis según la cual esos rayos eran partículas dotadas de carga procedentes de la desintegración del átomo primitivo, Lemaître y Sandoval se aplicaron al cálculo de la interacción entre tales partículas y el campo magnético terrestre para explicar, sobre todo, el «efecto de latitud».

Carl Stórmer, de la Universidad de Oslo, había ya abordado un problema similar en 1907. Estudiaba la interacción entre las partículas dotadas de carga, emitidas por el Sol, y el campo magnético terrestre a fin de obtener una teoría completa de las auroras boreales. Se debe la producción de estos fenómenos luminosos a las partículas cargadas emitidas por el Sol. Al acercarse a la Tierra adoptan éstas una trayectoria helicoidal a lo largo de las líneas del campo magnético terrestre y se canalizan hacia los polos. Cuando penetran en la atmósfera, ionizan los átomos de nitrógeno y de oxígeno del aire, que, a su paso, se desexcitan con emisión de luz.

Presuponiendo que los rayos cósmicos -partículas mucho más energéticas que las del viento solar- provienen de todas las direcciones del espacio (y no sólo del Sol), Lemaître y Sandoval completaron el enfoque de Stórmer y estudiaron sus trayectorias en el campo magnético terrestre. Con la ayuda de un ordenador analógico -la «máquina de Bush»- capaz de integrar sistemas de ecuaciones diferenciales y de dar representaciones gráficas de las soluciones, lograron representar y estudiar en el Instituto de Tecnología de Massachusetts millares de trayectorias de rayos cósmicos. Gracias a este trabajo Lemaître y Sandoval Vallarta confirmaron que la cantidad de rayos cósmicos recibida sobre la Tierra tenía que variar con la latitud geomagnética. Además, establecieron que las partículas que constituyen los rayos cósmicos eran, sobre todo, partículas dotadas de carga positiva.

En su investigación de esos «jeroglíficos», vestigios de los inicios «explosivos» del universo, Lemaître fue uno de los primeros físicos que propusieron la existencia de una radiación fósil que podría dar una base experimental a la cosmología. Qué duda cabe de que la radiación fósil, que se detectó en los años sesenta, es de naturaleza muy diferente de la propuesta por Lemaître; hoy se considera, además, que los rayos cósmicos son partículas de gran energía -protones y núcleos atómicos ligeros-, producidas mucho más tarde en la historia del universo, especialmente por las supernovas. Con todo, ciertas partículas con una energía del orden de 1019 electronvolt no pueden producirse de esa forma; algunos físicos piensan que provienen de la desintegración de partículas exóticas de masa elevada, creadas en los primerísimos instantes del universo. En 1998 un defensor de esta teoría, Michael Hillas, de la Universidad de Leeds, concluía así uno de sus artículos: «Bien puede que Lemaître no estuviese ni mucho menos equivocado.»
Lemaître sentía pasión por el cálculo numérico y las máquinas de cómputo. En Lovaina adquirió toda una serie de máquinas de cómputo mecánicas, luego electromecánicas. En 1958 trajo a la Universidad Católica el primer ordenador que hubo en ella, un Burroughs E101, con el que efectuó cálculos relativos a los modelos de cúmulos de galaxias desarrollados en los años cuarenta y cincuenta a raíz de sus trabajos sobre las condiciones de materia en el universa en expansión.

De la matemática a la cosmología

Pionero de la cosmología, Lemaître fue igualmente, como muchos de los teóricos de la física clásica, un matemático de primera fila que aportó soluciones originales a ciertos problemas de la mecánica celeste (el problema de los tres cuerpos) o incluso del cálculo numérico (la transformada de Fourier rápida). En su época, otros, más interesados por los prometedores territorios de la mecánica cuántica, se alejaron de ese tipo de problemas, mientras que los matemáticos preferían ceñirse a las estructuras abstractas a la-manera Bourbaki. En los medios matemáticos de los años cincuenta pasaba por un marginal. Su pasión por los ordenadores, por el cálculo numérico y la experimentación matemática era, sin embargo, muy moderna, tal y como sus ideas sobre la historia del universo, que defendió a veces contra el mismo Einstein. El reciente descubrimiento de la importancia de la constante cosmológica confirma su intuición y constituye, quizás, el mayor desafío lanzado a los físicos para el siglo que empieza.

Bibliografía complementaria

COSMOLOGY OF LEMAíTRE. O. Godart y M. Heller, en History of Astronomy Series, vol. 3. Pachart Publishing House, Tucson, 1985.
COSMOLOGY AND CONTROVERSY. THE HISTORICAL DEVELOPMENT OF TWO THEORIES OF THE UNIVERSE. H. Kragh. Princeton University Press, 1996.
ESSAI DE COSMOLOGIE. A. Friedman y G. Lemaître. Precedido de L»invention du Big Bang, de J. P. Luminet (textos escogidos, presentados, traducidos y anotados por J. P. Luminet y A. Grib). éditions du Seuil, Collections Sources du Savoir; 1997.
UN ATOME D»UNIVERS. LA VIE ET L»OEUVRE DE GEORGES LEMApITRE. D. Lambert. éditions Racine/éditions Lessius, 2000.

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