El Triste Reino de Sólo (Sólo Cristo salva… sólo Budha salva… sólo Alá salva…)

Es hora que ahondemos las similitudes, no las diferencias.

Ninguna religión es superior a otra. Es el egoísmo, estrechez espiritual, y sobrevaloración de lo que juzgamos como nuestro, lo que nos lleva a creer firmemente que «lo mejor está en casa».

Los más oscuros dramas de la historia, las tragedias y asesinatos más horrorosos, tuvieron lugar entre los diversos credos religiosos. ¿Quién no recuerda, aún ahora, la sangrienta matanza entre cristianos, en la tristemente célebre «Noche de San Bartolomé»? ¿Quién puede olvidar a Iván el Terrible y sus crímenes «por amor a Dios y sus leyes»? En realidad la lista de horrores consumados al pie del rey de los demonios, el fanatismo, sería interminable.

Si el cielo es de todos, la luz, el aire, el agua de todos, ¿por qué, justamente Dios, debe tener privilegiados a quienes da su Verdad, y otros, a quienes niega la misma?

Para los musulmanes, Jesucristo es uno de los tantos Maestros que tuvo el mundo, uno de los Profetas, pero… Mahoma… ¡Oh… Mahoma es el portador de lo Real!

Se habla, por ejemplo, en la cultura occidental, peyorativamente del paganismo. «Es un pagano» -se dice- como si se tratara casi de un animal. ¿Por qué? ¿Por qué ni Homero, ni Hesíodo, ni Fidias, etc, etc, conocieron el Cristianismo? ¿Por eso se critican sus credos y se minimiza y desprecia su Religión? ¿No tuvieron acaso, todos ellos la guía magistral de su propia Fe y Devoción pura, sagrada y sublime que los llevara incluso a constituirse culturalmente en nuestros padres? ¿Nos agradaría que culturas del futuro, hombres nacidos en siglos por venir, pisotearan nuestras creencias actuales?

Ningún filósofo de occidente, se acercó siquiera a ese Himalaya del pensamiento que fuera Platón. Todos vivieron a su sombra. Y Platón era pagano, y Sócrates, y Aristóteles, de quien Tomás el cristiano toma sus ideas para elaborar las suyas.

En arquitectura, han pasado más de dos milenios, pero… los tres órdenes, el dórico, jónico y corintio, no pudieron ser suplantados. El Partenón «pagano», casa de la Diosa Minerva, tuvo centenares de copias mediocres a lo ancho y a lo largo del mundo occidental, y ninguna escuela de arquitectura pudo destronar sus formas. ¿Por qué no valorar la grandiosidad «pagana» cuando la vemos tan de cerca y tan claramente?

Es cierto que «Cristo salva», pero… no es el único que salva. Al hindú lo salva el Dios Vishnu, al musulmán Alá, y Budha al japonés o al chino.

Tal vez sea la lección más difícil que le toque aprender a la Humanidad: RESPETAR LOS MIL ROSTROS DE DIOS.

Se habla de Universalismo, pero se ignora en esencia lo que ello significa: un despojarse del ego personal, amante del dogma, del fanatismo, pequeño y mezquino yo personal nuestro, que de la misma manera que dogmatiza sobre Dios, lo hace también sobre sus hermanos. Un negro en ciertos barrios de Nueva York o un sudamericano es tan poco deseable como una enfermedad, como hindúes y musulmanes en el oriente, o judíos y cristianos en occidente. Uno se pregunta: ¿Hasta cuándo se deberán soportar los problemas discriminatorios y segregacionistas?

Creemos de todo corazón, que cada uno de nosotros debería efectuar un análisis exhaustivo de su propio ser, y del mejor modo posible, como hace el labriego con sus campos cuajados de cizañas, limpiar los nuestros de todo concepto-alimaña, de todo error que lleva a malquistarnos con nuestros hermanos.

Y cuando dudemos, cuando las sombras ganen terreno sobre el alma nuestra, cuando creamos que estamos equivocados y las voces de «lo mejor está en casa» comiencen a elevarse en nuestro interior, pues… levantemos la cabeza y miremos al Sol: es uno para todos; o bien, observemos la paciente entrega del agua o la sagrada humildad de la tierra, y seremos capaces de comprender un poco más, y ver con los ojos del alma un poco mejor.

Sólo así podremos colaborar para tener una Humanidad más fraterna, sólo así estaremos edificando la casa de la Armonía y la paz para todas las criaturas que habitan esta bendita tierra nuestra.

Ada Albrecht

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