El tránsito de la adolescencia

Que época aquella!. Revolución de hormonas, inconsistencia en las emociones. En pleno cráter de la Vida, no saber hacia dónde se va ni claramente de dónde se viene. Las expectativas te devoran ante la ansiedad de vivir un futuro que promete ser intenso y emocionante. Cambios drásticos en un cuerpo que no acabas de entender. Cambios intensos ante la percepción de un mundo que nos pide a gritos su descubrimiento y abrazo. ¿Quién soy?, ¿Qué hago aquí?, ¿Por qué?, ¿Para que?, ¿Cómo? Son preguntas que bailan en nuestra cabeza y corazón, preguntas a cuya respuesta, en muchos momentos, ante la perspectiva y certeza de una vida larga, se corre un tupido velo.

En esa época, todo lo que nos rodea interesa para tornarse, en cuestión de segundos, no se sabe por qué, en algo intrascendente. Por momentos, nada interesa, nada de nada. ¡Ah!, perdón nada de nada no; los ojos de María, los pechos de Ana y el trasero de Rosa importarán siempre, por los siglos de los siglos. Edad maravillosa y dulce y a la vez edad maldita que te hace sentir vivo y que te trae, por primera vez, a la realidad: la condición de ser limitado y mortal. En esta franja de la existencia, abandonas la niñez, donde la Vida feliz y plena era un bocadillo repleto de chocolate o un balón al cual dar patadas con tus amigos, para transfigurarse en una experiencia agridulce, con claros que deslumbran y oscuros que deprimen.

Los ojos del alma se abren ante el resto de tus cercanos, en la necesidad, no solo de ser aceptado, reconocido y comprendido, sino acariciado y amado. Un “yo“ enorme grita su existencia y repite una letanía que vocea “¿no me veis?, ¡Estoy aquí! Mientras que las sacudidas y los cambios físicos, psíquicos y espirituales se suceden en cadena.

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