El tesoro oculto de la “Ana Frank noruega” por Ofer Aderet (Ha’aretz)

El sensacional hallazgo literario ha sido finalmente publicado en hebreo, setenta años después de la muerte de su autora en Auschwitz.

El 16 de octubre de 1934, Ruth Maier escribió en su diario: “Quiero ser famosa. No quiero colapsar o morir como un engranaje más en la máquina. No puedo imaginarme en la penumbra del anonimato. La gente desaparece. ¡Yo quiero vivir! Dejar algo tras de mí, un testimonio de que estuve aquí. Alguna misión grande y hermosa”.

Maier tenía entonces sólo catorce años; era una niña burguesa de Viena, nacida en el seno de una familia judía intelectual asimilada. Como muchas niñas de su edad, vislumbraba grandes planes para la vida que la esperaba. En el transcurso de los siguientes ocho años, sus diarios se llenaron con cerca de mil cien páginas escritas, y redactó además unas trescientas cartas. Sus cuadernos estaban llenos de debates filosóficos, reflexiones literarias, poemas y las experiencias de una vida adolescente a la sombra del régimen nazi —el amor no correspondido, las primeras experiencias sexuales, la confusión, el miedo, la desesperación— así como de la evidencia de una vida plena, rica y educada.

A sus 22 años, Maier fue asesinada en las cámaras de gas en Auschwitz. Durante casi cincuenta años sus diarios permanecieron escondidos en la casa de su amante, el poeta noruego Gunvor Hofmo, a quien conoció durante los últimos años de su vida como refugiada en Noruega. Los diarios, la mayoría escritos en alemán, se encontraron en el inmueble de Hofmo, tras la muerte de este, en 1995.

Organizar y editar el material tardó más de una década, y el trabajo se terminó luego de que se descubrieran las cartas de Maier, guardadas hasta entonces por su familia. El diario de Ruth Maier: la vida de una joven bajo el nazismo, se publicó hace cuatro años en Noruega. La edición en inglés, preparada por Random House, salió en 2009. Schocken Books ha publicado en hebreo los diarios de la “Ana Frank noruega”, como ha sido llamada en Europa, con el título Yomana shel Ruth Maier, y la traducción del alemásn realizada por Arno Baehr.

Maier era una persona de contradicciones, y en sus diarios muchos ejemplos lo evidencian: su atracción por los hombres frente a su amor por las mujeres; su disgusto con la religión y la nacionalidad judía en contraste con su actividad sionista y su anhelo por la tierra de Israel; y también su amor por la vida frente a su deseo de morir. La muerte de su padre por enfermedad, cuando ella tenía trece años, le dejó una marca profunda. Tres años más tarde escribió en su diario: “Ayer, recostada en la carreta de heno, miraba al cielo y me preguntaba cómo se sentiría la muerte. Lo mejor sería que volviéramos a nacer; si regresáramos y nos sintiéramos vivos. Porque es muy bueno estar aquí. Pero si eso no es posible, si va en contra de la razón, entonces también es bueno haber vivido una sola vez.

Porque después de haberlo visto todo, el sol, las flores, los bosques, y si has amado a alguien, entonces, en realidad lo habrás visto todo, y no habrá ninguna necesidad de seguir viviendo”. Después de leer las cartas de condolencias que su madre recibió tras la muerte de su padre, Ruth escribió: “Es deprimente ver las cosas inútiles y estúpidas que la gente escribe. Es triste pensar que a las personas vanas que escribieron esas cartas también les llegará su turno… Cuando pienso que todo lo que queda de una vida bella y plena son unas cuantas cartas de condolencias, siento ganas de vomitar”.

El sentido efímero que Maier tenía de la vida se traduce a veces en un feroz deseo de vivirla al máximo.

“En la vida hay que buscar la belleza y el bien. No esperar a que llegue por su propia cuenta. Si uno espera demasiado de la vida, seguramente se sentirá decepcionado. Pero si miramos la vida sin ninguna expectativa ni esperanza, descubriremos lo maravillosa que es en todas partes, incluso en el lugar más pequeño y humilde”, escribió en mayo de 1937. Cinco meses después, añadió: “A veces pienso que todo es tan fugaz, y todo a la vez tan vivo y vibrante, que me aferro a mi corazón hoy, no sea que mañana todo haya desaparecido y se pudra en la tumba. Es difícil pensar en esto. Es triste. Aterrador. Pero también creo que todas las personas deben ser amadas, porque la vida es corta”.

Hacia el mes noviembre Maier miraba las cosas a su alrededor a través del prisma de la muerte: “¡Qué hermoso caminar por la calles, sólo mirar y caminar. Pasear, con las manos en los bolsillos, y disfrutar de la vida. Alguien que toca un organillo. Una abuela cuidando a su nieto y esperando a la madre… En ese momento pensé: este chico, con su cara fina, feliz e inocente, nació para disparar y matar a otras personas… A este niño, con su rostro suave y sin arrugas, lo incitarán al asesinato y a la sangre. Y este muchacho será asesinado por un proyectil, y en el momento de su muerte llamará a gritos a su madre. Todo era tan claro de repente”.

En esa misma ocasión también se refirió a sí misma: “No creo que sea natural que la vida transcurra por tan poco tiempo, cincuenta ó setenta años. Quizás pueda llegar a vivir toda la vida. Tal vez voy crear una cosa u otra. Voy a actuar y a escribir, o a vivir. Tendré una vida hermosa, o tal vez pinte… Tal vez alguien lea esto después de mi muerte. Le deseo la felicidad … No tiene sentido morir. Voy a luchar por un mundo mejor. Hago esta promesa y la mantendré”.

¡Gritar y vociferar!

En marzo de 1938 los nazis invadieron Austria. El 5 de octubre, Maier escribió: “Es temprano en la mañana, no hay nadie en la calle. Un joven judío aparece, elegantemente vestido. Dos hombres de la SS surgen de la nada.

Uno de ellos, y luego el otro, le propinan al judío una bofetada, y este se tambalea… se agarra la cabeza… sigue caminando. Yo, Ruth Maier, de dieciocho años, pregunto como una persona, le pregunto al mundo si esto es posible… Me pregunto por qué lo permiten… No estoy hablando de los pogromos, o de abusar de los judíos, de destrozar ventanas, o saquear los apartamentos… en esas cosas la indignidad no es tan sorprendente como aquí, en este golpe… Si existe un dios, este golpe debe vengarse con sangre”.

Más adelante agregó: “¿Qué más me pedirán? Que me corte las venas para que mi sangre judía se derrame. ¡Gritar y vociferar! Cerdos. Y si ustedes leen estos renglones, tiren de mi pelo, abofetéenme. Estoy a su disposición… Y después toquen jazz y disfruten de la vida. Porque realmente es un placer. ¡Sí! Olvidé por completo que todavía existen campos, espigas doradas, sol, viento suave, las estrellas, el cielo azul. Ahora todo parece tan distante”.

La situación se agravó y llegó a su clímax a finales de año, en la Noche de los Cristales del 9 al 10 de noviembre. “¡Nos apalearon! Ayer fue el día más difícil que jamás haya experimentado. Ahora sé lo que es un pogromo, sé lo que los seres humanos son capaces de hacer. Seres humanos creados a imagen y semejanza de Dios. Al otro lado del camino un camión lleno de judíos. Estaban de pie, como ovejas que van al matadero. Esa imagen no puedo ni quiero olvidarla. Huímos de la casa como animales perseguidos, subimos las escaleras jadeando y resoplando. Y después todo comenzó: nos golpearon, nos arrestaron, rompieron los muebles e hicieron muchas cosas más. Nos sentamos en casa con nuestras caras pálidas, y de la calle nos llegaban judíos que parecían cadáveres”.

Como era su costumbre, Maier también añadía comentarios a sus descripciones de los acontecimientos: “Aunque todos estamos obligados a llevar un parche amarillo, la moralidad, lo que está dentro de nosotros, el mundo que llevamos dentro, eso no nos lo pueden arrebatar. Por eso es que descargan su furia contra las vitrinas”.

Es evidente que los pogromos acentuaron los sentimientos de la joven sobre sus orígenes étnicos, a pesar de tener antecedentes como asimilada, y eso puede verse en otra anotación hecha a finales de noviembre: “¡Sí! Esto es lo que hay que hacer, sentirnos como en casa, sentirnos seguros, ser seres humanos. Eso es lo que las palabras “la Tierra Prometida” me dicen. La vida que podría llevar en Inglaterra, en Francia, y quizá también en América, no es más que una vida de ‘emigrantes’. ¿Quién sabe mejor que nosotros, los judíos de Alemania en el año 1938, lo trágico, lo horribles que son estas ‘vidas de emigrantes’… ¿No es evidente que las lágrimas se asomarán a nuestros ojos cuando veamos a Palestina por primera vez? ¿No nos sentiremos como niños rechazados, torturados, pálidos, cansados, enfermos y derrotados, que por fin han encontrado a su madre?”.

La hermana de Ruth Maier, Yehudit, salió de Viena dos meses después, como parte de una de las operaciones de rescate de niños, y junto a miles de otros judíos hallaron refugio en Inglaterra. Maier describe la despedida en su diario: “Mi abuela y mi madre lloran. Niños y niñas con mochilas y maletas pequeñas. Otro beso, uno más, y uno final… suspiros desgarradores. ‘¡Mamá¡ —le dije—, mamá, mira, esta es nuestra juventud, la juventud judía y se mantendrá en alto, ha aprendido, ha sufrido como pocos han sufrido, y construirá con sus propias manos una nueva vida’”.

La madre y la abuela de Maier también escaparon a Inglaterra unos meses después, pero Ruth se negó a ir con ellas —al parecer porque pensó que se vería obligada a trabajar allí como empleada doméstica—. En los años siguientes fracasaron todos sus esfuerzos por obtener un permiso de entrada a Inglaterra o a los Estados Unidos.

A finales de enero de 1939 Maier huyó a Oslo; un amigo de su difunto padre había accedido a hospedarla en su casa. Como sucedió con otros hombres mayores en su vida —incluyendo un profesor de latín y un famoso escultor para quien Maier modeló— la relación con el noruego transcurrió entre el enamoramiento, la atracción sexual y un odio feroz.

Ella nunca vio de nuevo a su familia. El contacto con su madre, su abuela y su hermana se mantuvo a través de numerosas cartas, que revelan el sufrimiento y la soledad de Maier. En octubre le escribió a su hermana: “Cuando no recibo ninguna carta tuya, estás tan lejos de mí como si fuésemos extrañas. Claramente siento que lo único que nos conecta son las pocas líneas que intercambiamos… Cuando te miro en las fotos, a veces siento que eres una desconocida. Es difícil creer que alguna vez vivimos juntas”.

En una anotación en su diario en enero de 1940, escribe: “Ustedes han comenzando a convertirse en personajes legendarios y sobrenaturales. La idea de volver a estar juntos los cuatro es demasiado hermosa para ser real. Y sin embargo, ese pensamiento que tengo de ustedes es lo que me hace escuchar la palabra ‘futuro’”. Y agregó más adelante: “Es terrible cuando amas y no puedes reunirte. Pero no hay nada que hacer. Sólo vivo por nuestro encuentro renovado”.

Demasiado tarde Maier se dio cuenta del error fatal que había cometido al emigrar a Noruega en lugar de Inglaterra. “Mi llegada a Noruega fue la mayor locura del siglo”, escribió. “Tengo que salir de aquí”.

Maier encontró cierto alivio en su relación romántica con Hofmo. Aunque su amor dio lugar a un dolor inmenso, que provocó la hospitalización de Maier después de un ataque de nervios, también condujo a una serie de poemas de amor que aparecen en sus diarios.

El 9 de abril de 1940, los alemanes invadieron Noruega; el rey y los líderes de su gobierno huyeron a Londres. Poco después se instaló un gobierno títere local que operaba bajo las órdenes del Reich alemán. Las autoridades comenzaron a perseguir a los judíos del país, pese a las protestas del público y de la Iglesia, y a pesar de la actividad de la resistencia clandestina que luchó contra los nazis. La mitad de los judíos de Noruega, unas ochocientas personas, perecieron en el Holocausto.

En el otoño de 1942, unos quinientos judíos de Oslo fueron arrestados y enviados en barco a Stettin, en Polonia, y desde allí en tren a Auschwitz. Ruth Maier estaba entre ellos. Su última carta a Hofmo fue escrita en el barco: “Creo que es bueno haber llegado a este punto. Por qué no sufrir, cuando existe tanto sufrimiento?”.

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