El sonido y la furia

Un tipo más bien tímido, anteojudo, ochentoso, amante de los gatos, fumador de varios atados de cigarrillos por día, comedor de hamburguesas y perritos calientes; un sujeto que escuchaba rock a toda hora, incluso mientras escribía. Que no era ni drogadicto ni alcohólico, aunque le gustaba el whisky, y sin embargo escribía casi exclusivamente de drogadictos, alcohólicos y toda clase de sujetos al margen de la ley, a la deriva, fracasados. Un tipo que a los veinte años le fue diagnosticado lupus, enfermedad autoinmune que once años después acabaría con su vida. Todo esto, junto con una escritura proliferante, excesiva y alucinada, con sus paisajes de una Bogotá desenfocada en technicolor, hicieron de Rafael Chaparro Madiedo, y su novela Opio en las nubes, un autor de culto en Colombia, lo que quiere decir un autor oculto durante muchos años, esa raza de escritores cuya obra y vida parecen siempre cruzadas por un destino prematuro, trágico y angelical.

Andrés Caicedo. Lo primero que se nos viene a la cabeza es pensar en Andrés Caicedo. Por el desmadre, por la noche, por la música, por el nihilismo. Y también por cierto lirismo desenfrenado que en ambos autores funciona como una máquina de arrojar petardos contra las convenciones sociales, contra el statu quo de la Colombia de finales del siglo XX. Pero entre ambos también hay suficientes diferencias. En Caicedo está la salsa; en Chaparro el rock. En Caicedo está Cali; en Chaparro Bogotá. Uno se suicida, el otro se enferma. Y como dice el crítico español, J.S. de Montfort, mientras Caicedo sigue el espíritu libre de los Beatniks, Chaparro se alínea con un modernismo (post)Joyce.

Cuenta la leyenda que Chaparro escribió Opio en las nubes después de habérsele diagnosticado el lupus. Los médicos le pronosticaron pocos años de vida y estos fueron empleados en escribir su novela más famosa, pero también le alcanzó para escribir otra, El pájaro Speedy y su banda de corazones maleantes, y además un buen puñado de cuentos, más de trescientos artículos de prensa, y colaborar como guionista para programas de televisión. Chaparro, pues, escribió a contra reloj y como quien dice, con la muerte en los talones.

Hace algunos años, Alejandro González Ochoa, joven estudiante de comunicación de la Universidad de Antioquia, realizó su trabajo de grado sobre la obra de Chaparro. En la voz de familiares, amigos, novias, periodistas, escritores, críticos, etc., se reconstruye la figura de un Chaparro olvidado cuyas obras, salvo Opio en las nubes, habían permanecido completamente inéditas. González abrió un blog (ambulanciaconwhisky.blogspot.com.ar), donde subió parte de ese trabajo y también cuentos y poemas. Por carambolas propias de la era digital, el blog fue leído por el fundador y editor español de Tropo Editores, quien de inmediato se puso en contacto con González para gestionar lo que sería la edición de Opioen el 2010, y más recientemente en el 2012, El pájaro…

Opio en las nubes es el relato de un puñado de jóvenes que parece levitar algunos centímetros por encima de las calles de la Bogotá de finales de los ochenta. Amarilla, Sven, Pink Tomate, Gary Gilmour, Max, Marcianita avanzan dando tumbos, se caen, se levantan, se extravían, siempre rumbo a una felicidad improbable, ese “cielo  azul” hedonista e ilusorio con el que sueñan de a ratos. Sumergidos en una fantasía oleaginosa pero no por ello menos tierna, son ángeles, de la misma forma que Denis Johnson llamó a sus adorables perdedores. Asesinos, travestis, buscavidas, prostitutas, enfiestados, siempre tras la última copa de whisky o de vodka en la barra del Capitán Nirvana o de cualquier otro templo de la disolución estroboscópica. En ellos no hay culpa, ni redención, ni martirio, ni refugio. Ni siquiera pasado. Ni familia. Ni otro lazo que no sea la amistad, el amor y la muerte. Los rige la libertad entendida como imparable caída libre, y también la suerte, que funciona como un evangelio ilusorio.

Construida con la materia de cierto automatismo psíquico, delirante en su prosa muchas veces desbocada y surrealista, más que hablada regurgitada, como si fuera un reguero de pensamientos encadenados en tiempo real. Incesante, reiterativa, redundante, y por idéntica razón luminosa, y también radicalmente nocturna, pues sus voces giran dentro de un universo autónomo, inaccesible por momentos para el lector y regido por reglas propias. Es lo que ocurre con los textos escritos en estado de gracia: no son obras maestras, su particular elocuencia discursiva los hace tan anormales, excéntricos, atrofiados, que suelen agotar al lector moderno demasiado adiestrado a convivir con la síntesis, la frase perfecta y el menos es más. Muchos destacarán la gramática arbitraria, la puntuación, durante largas páginas, inexistente. Un recurso de raíz joyceana que tantas veces se ha ensayado, y que Chaparro recupera para su mundo alucinado.

El pájaro…, publicada de manera póstuma diecisiete años después de su muerte, también explora el mundo de una Bogotá underground. Las peripecias de un yonqui “sin alas”, junto con un larga lista de sujetos salidos de los rincones más oscuros de la ciudad, víctimas quizás de una sociedad sometida por la violencia y el narcotráfico, como era la Colombia de principios de los noventa dominada por Pablo Escobar, Gonzalo Rodríguez Gacha y los hermanos Ochoa. No es descabellado pensar que la obra de Chaparro es el espejo deformante de una generación atrapada entre la espada y la pared, aunque su auténtico espíritu no esté ni en la denuncia ni mucho menos en el realismo social, sino en la urgencia por revelar una Bogotá rocanrolera y legendaria, casi irreconocible en sus atmósferas que parecen maceradas en la niebla, con personajes paradójicamente memorables pues poco sabemos de ellos, y en cuya autodestrucción está la verdadera raíz de su ternura.

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