EL SISTEMA CALENDÁRICO MESOAMERICANO

HONGOS

La base y el punto de partida para cualquier estudio de la astronomía prehispánica es el sistema calendárico conocido a través de las fuentes históricas y arqueológicas.6Consistía en el año solar de 365 días (xihuitl, lo llamaban los aztecas) dividido en 18 meses de 20 días más 5 días, y se combinaba con el ciclo ritual de 260 días (tonalpohuallien náhuatí), compuesto por trece veintenas. La combinación de ambos ciclos formaba unidades de 52 años. Esta «rueda del calendario» de 52 años era la unidad mayor de la cronología mesoamericana en la llamada «cuenta corta» (xiuhmolpilli, «atadura de años»), y era el sistema típico del centro de México en el momento de la conquista. Sólo los mayas clásicos llegaron a desarrollar una cronología absoluta contada a partir de una fecha cero, la llamada «cuenta larga»; la cual nunca fue adoptada ni en Oaxaca ni en el altiplano central, y que cayó en olvido también en el área maya después del derrumbe de las culturas clásicas.

En la cuenta corta de 52 años se cubrían 73 tonalpohualli (52 x 365 = 73 x 260 = 18 980 días). Al cabo de este periodo, las combinaciones de los ciclos de 365 y 260 días se agotaban, y comenzaba otro ciclo mayor con exactamente las misma fechas. Dos ciclos de 52 años, es decir 104 años, se llamaban huehuetiliztli, «la vejez», y se caracterizaban además por la coincidencia con el ciclo de Venus. El año de Venus contiene 584 días, y 5 años de Venus corresponden a 8 años solares; por lo tanto, cada 65 años de Venus coinciden con 104 años solares y con 146 tonalpohualli (65 x 584 = 104 x 365 = 146 x 260 = 37 960 días).

Los ciclos de 52 años se iniciaban entre los aztecas mediante un ritual importante, la fiesta del fuego nuevo,que coincidía además con la fecha en que la constelación de las Pléyades pasaba el cenit a medianoche. Las Pléyades eran sumamente importantes para los antiguos mexicanos. En las latitudes del altiplano central su ciclo anual muestra ciertas relaciones particularmente interesantes, ya que se encuentra en una «simetría opuesta» al curso del Sol. El primer paso del Sol por el cenit a mediados del mes de mayo coincide por una parte con el periodo de invisibilidad de las Pléyades, mientras que por otra la constelación pasa el cenit a medianoche a mediados de noviembre, es decir, exactamente medio año después del cenit del Sol, fecha esta última que corresponde al «anti-cenit» o nadir del Sol.7

Los elementos de este sistema calendárico, del cual sólo hemos señalado sus rasgos fundamentales, denotan implícitamente un conocimiento exacto del año solar y de los ciclos de Venus y de las Pléyades. Mientras que los mayas tuvieron un conocimiento muy completo de los periodos lunares que registraban en complejas tablas de lunaciones y eclipses, en el centro de México no se conoce ningún registro de este tipo. Aunque podemos suponer que cierta familiaridad con estos cómputos existía en toda el área mesoamericana, en el altiplano central la cuenta lunar nunca fue integrada directamente en la estructura del calendario. Este era un sistema puramente solar.

En cuanto al tonalpohualli, o ciclo de 260 días, no se ha podido aclarar satisfactoriamente hasta el momento si estaba basado en la observación de la naturaleza, o si resultaba más bien de la combinación de los ciclos rituales de 13 por 20 días. Sin embargo, hay una hipótesis sobre el origen solar de este ciclo que merece particular atención: en la latitud geográfica de 15ºN, la distancia entre los dos pasos del Sol por el cenit son 105 y 260 días respectivamente. Es de notar que en esta latitud se encuentran dos sitios mayas sumamente importantes: el gran centro clásico de Copán, en la frontera de Honduras con Guatemala, así como el sitio preclásico de Izapa en la costa pacífica del suroeste de Guatemala.8 Esta hipótesis implicaría que el calendario de 260 días fue inventado en esta región durante el primer milenio a.C. (figura 1).

 


Figura 1. Latitud de 15°N (Guatemala y Honduras). Sitios arqueológicos de Izapa y Copán.

Figura 1 (bis)Localización del Valle de Oaxaca con respecto a los centros ceremoniales de Izapa y Copán.

Sin embargo, la primera evidencia del calendario ritual de 260 días no procede ni del área maya ni de la de los olmecas de la costa sur del Golfo, sino del valle de Oaxaca. Es en la región zapoteca donde se han encontrado las inscripciones calendáricas más antiguas que se conocen hasta el momento. Alrededor del año 600 a.C. aparece la primera inscripción con signos de los días en San José Mogote, que es seguido entre 500-400 a.C. por el testimonio de Monte Albán con abundante evidencia de los principales elementos del sistema calendárico mesoamericano, incluyendo el ciclo de 260 días y el año solar.9

Alrededor del comienzo de nuestra era aparecen en la región sur del Golfo y en la costa pacífica de Chiapas y Guatemala una serie de monumentos que registran inscripciones calendáricas que pertenecen ya a la cuenta larga, sistema usado posteriormente por los mayas durante el apogeo clásico.10 En esta misma area no se han encontrado hasta el momento inscripciones anteriores comparables a las del valle de Oaxaca. Sin embargo, es de suponer que los elementos básicos del sistema calendárico tuvieran su origen durante el Formativo Medio y Tardío, correspondiente a la segunda mitad del primer milenio a.C., en toda esta amplia región comprendida entre Oaxaca, el sur de Veracruz y Tabasco hasta la costa pacífica de Chiapas y Guatemala. Es de notar la total ausencia de testimonios tempranos sobre calendarios y escritura en el altiplano central. Cuando surge la gran metrópoli de Teotihuacán a principios del Clásico, ésta tampoco se caracteriza por una abundancia de inscripciones comparables a la del área maya.

La elaboración del calendario se desarrolla en una estrecha vinculación con la escritura y el culto de erigir estelas con inscripciones calendáricas. La observación astronómica —base y condición previa del calendario—, la formalización de una serie de conceptos matemáticos, la invención de la escritura y de un sistema de notación, son conocimientos íntimamente ligados entre sí que, además de constituir logros científicos, expresan necesidades socioeconómicas y políticas conforme aumenta la complejidad social. Según señala la arqueóloga Joyce Marcus, las inscripciones en estelas registran, sobre todo, eventos importantes en la vida de gobernantes y otros sucesos políticos ligados a las dinastías reinantes, de manera que «el tema principal de la escritura mesoamericana parece haber sido la presentación de información política en una estructura calendárica».11 Esto indica que el surgimiento paralelo de la observación astronómica, los calendarios, las matemáticas y la escritura tiene que relacionarse con los procesos socioeconómicos que durante este mismo periodo llevan hacia la configuración de la sociedad compleja (la «civilización», según la terminología arqueológica). En esta época se produce la diferenciación interna de la sociedad entre la clase dominante y el pueblo. La primera es mantenida por el tributo en trabajo y en especie que el pueblo pagaba. En términos políticos surge el Estado que expandió su territorio mediante la conquista militar.12

La evidencia arqueológica —aquí citada de manera muy somera— demuestra que el calendario era uno de los rasgos constitutivos de la civilización mesoamericana. Sus primeros indicios datan del primer milenio a.C., cuando se configuraron gradualmente los elementos característicos de esta tradición cultural. A través de la evolución posterior de esta sociedad, los elementos básicos del calendario alcanzaron una distribución geográfica en toda el área mesoamericana; existen indicios de su existencia, en el momento de la conquista, desde la frontera norte de los pueblos nahuas, otomíes, tarascos y huaxtecos hasta la frontera sur de los mayas, pipiles y nicaraos.13

Sobre calendarios y escritura se han hecho numerosas investigaciones desde el siglo pasado hasta nuestros días, y los estudios que existen sobre la astronomía prehispánica, por lo general, han formado parte de este conjunto de investigaciones. Sobre el centro de México destacan los trabajos de E. Seler, Z. Nuttall, E. De Jonghe, W. Lehmann, A. Caso y Y. González, mientras que el área maya ha sido abordada por E. Förstemann, S. G. Morley, H. Beyer; J. Teeple, J. E. Thompson, L. Satterthwaite, T. Prouskouriakoff, H. Barthel, M. D. Coe, E G. Lounsbury y D. E Kelley, por mencionar sólo a los autores más importantes.14 Es lógico que la mayoría de estas investigaciones estén enfocadas hacia el estudio de las inscripciones mayas del periodo clásico, pues en esa época es cuando se alcanzaron los conocimientos astronómicos más destacados y se plasmaron estos cálculos en estelas, inscripciones y códices. El desarrollo de la escritura jeroglífica facilitó grandemente el registro preciso de los eventos astronómicos e históricos. Paralelamente a la escritura, los mayas inventaron un sistema de notación por posición basado en la cuenta vigesimal, y perfeccionaron este sistema a tal grado que les permitía hacer cálculos con periodos de hasta 23 040 millones de días.15 Además, los mayas fueron el primer pueblo del mundo que inventó el cero, antes de su invención en el Viejo Mundo por los hindúes. El símbolo del cero fue usado en el sistema de notación por posición en las inscripciones jeroglíficas de la cuenta larga. Aunque todas las fuentes indican que los avances en la escritura y en el sistema de notación de los mayas clásicos no fueron superados posteriormente por ningún otro pueblo mesoamericano, algunos estudios recientes sugieren que los mexicas y culhuas de Texcoco empleaban un sistema de notación análogo al maya, con valor de posición basado en el sistema vigesimal, en la jerarquía vertical y en el concepto de cero. Las investigaciones de H. R. Harvey y B. J. Williams16 aportan datos novedosos que requieren más exploración en el futuro.

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