El señor de todas las tribus

Para el sociólogo francés Michel Maffesoli viajar es una forma de descubrir objetos de estudio. Por eso, en su ruta de viajero frecuente se encuentran Sudamérica y Oriente donde ha detectado “laboratorios de la posmodernidad”. Se trata de escenarios que son distinguibles por el culto a la creatividad, por su desarrollo político y sus consecuencias siempre sorprendentes e inquietantes. Algunos de ellos los encontró en Buenos Aires donde estuvo poco tiempo atrás invitado por Flacso y Fundación Osde.

En los años ochenta, Maffesoli teorizó sobre las tribus urbanas y desde entonces su apellido va enlazado a cuanto agrupamiento juvenil ocurra en cualquier lugar del mundo. Da lo mismo si se trata de Tokio, Nueva York, Barcelona o Buenos Aires, las conductas tribales se repiten, replican o son por lo menos reconocibles. El eco, más que la equivalencia entre los grupos juveniles, repiquetea a un lado y otro del mundo. “Nuestras sociedades van a ser en cierto modo una especie de mosaico de esas tribus y cada uno va a participar en varias de ellas. En función de mi gusto sexual, musical o religioso, voy a estar hoy acá, mañana en otra tribu”, define antes de volcarse a reflexionar sobre el contexto en que este fenómeno se desarrolla.

En uno de sus libros clave, El tiempo de las tribus, Maffesoli planteó el concepto de “tribu” que sirvió de base en todo el mundo para el estudio de esos grupos juveniles, a veces rebeldes. Este profesor de la Sorbonne planteó entonces que el eje fundamental de estas nuevas agrupaciones gravita sobre una contradicción básica y característica de la sociedad moderna: el auge de la masificación versus la proliferación de microgrupos, es decir las tribus urbanas como una respuesta al proceso de “desindividualización” propio de las sociedades de masas, cuya lógica consiste en fortalecer el rol de cada persona al interior de la agrupación. Sobre estos puntos se explayó en esta charla.

-¿Ha cambiado el concepto de “tribu” tal como usted lo expuso en su ya clásico libro “El tiempo de las tribus”?
-No. Pero, no es un concepto con definiciones precisas. Eran imágenes, metáforas que yo utilizaba para mostrar –cuando escribí ese libro estábamos en 1985, hace ya tiempo– que la tendencia no apuntaba a una sociedad simplemente racional con instituciones como partidos, sindicatos, instituciones que habían hecho al siglo XIX. Eran las instituciones que analizó muy bien Michel Foucault. El mostró cómo el siglo XIX se había organizado en grandes instituciones racionales. Yo mostré que asistíamos al fin de esas instituciones y que veíamos el surgimiento, el retorno de pequeños grupos emocionales, instituciones racionales-tribus emocionales. Donde, de alguna manera, los afectos, los sentimientos, las pasiones volvían al centro de la escena, recuperaban la importancia. Y fue por eso que propuse la imagen de la tribu. Los etnólogos, los antropólogos nos han mostrado que en la selva, la tribu era una manera de sobrevivir, para luchar contra la adversidad de los animales, de la naturaleza, etcétera. Para expresar el luchar contra la adversidad, en francés decimos serrer les coudes (estrechar filas), o sea hacerse favores, desarrollar formas de solidaridad. Y la tribu tenía esa función. Entonces yo dije: en la selva de piedra, que son las grandes megalópolis de millones de habitantes, en San Pablo, Buenos Aires, Nueva York, Tokio, etcétera, las tribus son también formas de organización de solidaridades. Esa es la idea. Ya no hablamos de las grandes instituciones, que eran las instituciones del Estado sino que, por el contrario, hablamos de volver de alguna manera a la base, a lo que tiene que ver con la vida cotidiana. Mi intuición se verificó porque hemos visto desarrollarse esos pequeños grupos de afinidades. Y actualmente sigo pensando que es la gran tendencia del funcionamiento de las sociedades posmodernas donde cada vez más van a constituirse esos micro-grupitos. Entonces, mi definición, si actualmente tuviera que dar una definición de la tribu, sería una definición muy básica, muy simple: compartir un gusto: un gusto sexual, musical, deportivo, religioso –digo “gusto” para demostrar que es en el fondo algo muy simple–. Y que nuestras sociedades van a ser en cierto modo una especie de mosaico de esas pequeñas tribus y que se va a participar en varias tribus. En función de mi gusto sexual, musical o religioso, yo voy a estar hoy acá, mañana en otra tribu, pasado mañana en otra.

-Siempre se relaciona a la tribu con la ciudad. ¿Es posible que se articulen tribus en el campo?
-Sí, sí. Es cierto que la gran tendencia va a ser urbana. Aunque en realidad ya no es la ciudad sino la megalópolis: es una conurbación. Ya no es la ciudad del siglo XIX, de 500 mil habitantes, un millón de habitantes era el máximo. Era de dimensión humana, por así decirlo. Las megalópolis modernas son conurbaciones, o sea especies de entidades donde no hay diferencia entre la ciudad y el campo. Buenos Aires, San Pablo, Los Angeles, Tokio es igual. No se puede detectar una centralidad. No hay un centro. En el fondo, por lo tanto, la gran tendencia es la tendencia urbana. Pero por un proceso, diría, de contaminación, esas tribus van a encontrarse también en el campo. Yo veo en Francia, en las ciudades pequeñas, en los pueblos, que también hay pequeñas tribus que se están creando. Es que esas tribus ahora encuentran la ayuda del desarrollo tecnológico: Internet. Y es interesante ver que ya no hay diferencia entre las conurbaciones urbanas y el espacio rural porque con Internet una pequeña tribu musical de un lugar va a encontrar una tribu correspondiente al otro extremo del mundo, etcétera. Un ejemplo interesante. Nosotros empezamos a hacer una investigación sobre una pequeña tribu de música tecno que estaba en una pequeña ciudad del sur de Francia llamada Albi. Una pequeña ciudad de diez mil habitantes pero en la que había una tribu que hacía una música tecno muy particular, y gracias a Internet esa pequeña tribu musical había encontrado otra tribu en Budapest que hacía el mismo tipo de música tecno. Se establece un vínculo entre la tribu de la pequeña ciudad de Albi y la tribu de Budapest. Un ejemplo de cómo esas tribus pueden encontrar la ayuda de la red.

-Entonces, podemos hablar de tribus globales…
-Yo diría que es un proceso de redes. Cada vez más, gracias a la Web, se forma una malla, un eslabonamiento de todas esas tribus; en función del gusto propio usted puede encontrar tal tribu acá o allá.

-Entonces, las tribus tienen futuro…
-Creo que esta es la gran tendencia. Estamos apenas en el comienzo de este proceso y en particular el desarrollo informático: el hecho de que todo el mundo esté todo el tiempo conectado gracias a una computadora.

-Y los jóvenes que componen esas tribus, ¿tienen futuro?
-Estas jóvenes generaciones no adhieren, no se comprometen, no se identifican más con los grandes valores futuristas. Se concentran en el presente. Y es interesante ver en Europa que a los jóvenes lo que les interesa es el presente. Por eso hablo de “presenteísmo”. El presente pasa a ser la temporalidad, el valor esencial de esta sociedad.

-Y estos jóvenes, ¿tienen un pasado? Otras generaciones reconocen un pasado en Mayo del 68, en la política de los años sesenta, setenta.
-Uno de mis primeros libros, de 1979, tenía como título La conquista del presente. Desde siempre, he demostrado la importancia del presente. Lo cual no significa que sea una negación del pasado. Al contrario, se vive bien el presente cuando hay raíces y las raíces son el pasado. Pero uno no es forzosamente consciente de sus raíces. No las pensamos como tales. Doy un ejemplo: creo que las generaciones jóvenes actualmente son generaciones que en general viven todos los valores que fueron elaborados en los años sesenta: la contracultura, el 68, las revoluciones juveniles europeas. Fue entonces cuando las generaciones de mi tiempo desarrollaron la liberación sexual, el hecho de que el trabajo ya no es el valor importante, el comienzo de la ecología, la importancia de la naturaleza, la importancia del cuerpo. El cuerpo no es ya simplemente una herramienta de producción sino de goce. Yo pienso que en los sesenta se elaboraron esos grandes valores contemporáneos. Las generaciones jóvenes viven esos valores sin referirse al 68, sin tener la memoria del 68. Pero justamente porque están esas raíces ocultas –lo propio de la raíz es que no se vea por estar en la tierra– pueden vivir actualmente el presente. Es un presente que está arraigado en el pasado pero no necesariamente hay una conciencia de ese pasado. No hay necesariamente una memoria. Pero hay, lo que yo llamo, una vivencia.

-¿Se puede pertenecer a más de una tribu?
-Sí, ese es otro problema. En El tiempo de las tribus, mostré cómo el individuo le dejaba el lugar a la persona. El individuo es indivisible, tenemos una identidad. Eso quiere decir individuo; la persona, personae en latín, es la máscara. Nuestra manera de pensar moderna es individualista. Yo creo que en la realidad ya no hay un individuo uno, sino una persona plural. Y esa persona plural va a estar en un momento dado en tal tribu, personae, máscara. Si doy una conferencia como profesor voy vestido “como corresponde”. Si esta noche me voy a un boliche de mala reputación, me vestiré de otra manera, me pondré otra máscara. Lo que quiero decir es que en el fondo ya no se tiene una identidad sino identificaciones múltiples. Y según la identificación voy a adherir a tal tribu.

-¿Y también hay tribus en torno a tal o cual droga de moda? 
-¿Cómo decirlo? Yo creo que cada época y cada sociedad tuvo sus drogas. No sirve de nada querer estigmatizar de manera moral la droga. Las sociedades equilibradas son las sociedades que han encontrado lo que yo llamo un buen uso de la droga: cómo se llegó a ritualizar la ingesta de tal o cual producto. La droga es simplemente, para mí, una manera de luchar contra la angustia del tiempo que pasa. Sabemos que la muerte existe y entonces hay que encontrar de alguna manera los medios de ritualizar esa aproximación a la muerte. Y todas las sociedades han tenido drogas. El problema es que nuestras sociedades modernas quisieron dar seguridad a todo. Eliminar todos los rituales: el riesgo cero. Michel Foucault hablaba de la domesticación: todo debe estar bajo el control del big boss. A partir de ese momento, no se supo encontrar medios colectivos de ritualizar la droga. Y cuando no se sabe encontrar esos medios colectivos se produce la aparición de esas drogas perversas, sanguinarias. Lo que no se logra ritualizar toma caminos desviados. Por ejemplo, hemos realizado estudios con un grupo de investigación en Helsinki, donde se prohibió el alcohol. Hay un organismo central que maneja la compra y venta de alcohol. Acto seguido, es el país donde el sábado a la noche se da un rito de borrachera de los jóvenes. No saben beber y entonces beben hasta reventar. El alcohol es una droga. Se puede aprender a dar un buen uso del alcohol –los mediterráneos, los países latinos lo han logrado–. Si, en cambio, eso se niega, se vuelve perverso. Para mí, con la droga es igual. En el fondo, siempre ha habido drogas en todas las sociedades, lo que se necesita es hacer un buen uso, de bonus en latín. Hay que saber homeopatizarlas. Y si no se sabe homeopatizarlas se vuelve perverso. La religión, el trabajo e Internet pueden ser una droga también.

-¿Imagina una transformación del concepto de tribu en el futuro cercano?
-Primero habría que ver si esa idea de tribu es tan prospectiva como yo dije. Creo que es un proceso que se desarrollará en 200 o 300 años. Una episteme, un paradigma lleva tres o cuatro siglos. Veo que entramos en un paradigma posmoderno y en ese paradigma va a desarrollarse la tribu.

-Y más allá de la supervivencia de las tribus, ¿se considera optimista o pesimista respecto del futuro?
-Yo soy ontológicamente optimista. Cuando miramos tres o cuatro mil años de tiempo, nuestra historia, nos damos cuenta de que siempre subsiste esa idea de querer vivir que resulta en un querer vivir obstinado. Hay imposiciones, hay explotación económica y, sin embargo, la vida continúa. Es lo que yo llamo un optimismo ontológico. Vivimos, soportamos, naturalmente, crisis; existen formas de explotación; hay cambios brutales que se están operando, pero mi hipótesis es que la voluntad de vivir continuará.

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