El Santo Grial de los Merovingios

Hablar del Grial es hacerlo de una aventura. Más allá de su significado, de su realidad física, el Santo Grial es búsqueda, un trayecto que lleva implícito el aprendizaje. Les propongo algo: acompáñenme, busquemos el Grial. Buceemos en la historia. Rastreemos en la Última Cena, acerquémonos al Santo Cáliz, sumerjámonos en la sangre de Cristo, viajemos a la Edad Media, aventurémonos, en definitiva, hacia lo misterioso.
Existen referencias a muchos “griales”, innumerables leyendas repartidas por el mundo. De algún modo, todas ellas poseen sus razones para asegurar que el que en su territorio se cobija es el real, o al menos el que más se aproxima a una posible realidad. Génova, Valencia, Montserrat, Dublín… El Sacro Catino, el cáliz de la Última Cena, el Cáliz de Ardagh, la misma sangre de Cristo… Leyendas y leyendas que nos trasladan a tiempos pretéritos, que nos acercan a intrigantes secretos.
Pero no tratemos de abarcar lo inabarcable; centrémonos en una de las historias, aquella que defiende una tradición real en la protección del recipiente sagrado, que tiene como protagonistas a unos monarcas a los que se llamó “melenudos”. Déjense seducir por un relato que comienza en una de las cunas del cristianismo en Francia, en Marsella.
Viajeros sagrados
Desde la orilla oriental del Mediterráneo, concretamente desde la provincia de Judea zarpa en el año 790 de la Era romana un barco; supuestamente el barco privado de un tal José de Arimatea. Su destino: Marsella. Nada tendría de especial si no fuera por algunos de los pasajeros que, según el relato, viajaban en él. Para que nos entendamos, estamos en el año 37 de nuestra Era. La situación en Judea es vacilante. Ciertos grupos étnicos, seguidores de algunas sectas religiosas, creen estar en peligro. En aquel barco viaja una familia de origen judío. Sus nombres: Lázaro, Miryam de Magdala, José de Arimatea, junto a otros personajes, que difieren según las versiones. Entre ellos, un bebé.
Esta es la leyenda de una sangre sagrada, un relato que parte de una hipótesis contraria a la historia mantenida por la Iglesia tradicional. No es para menos: aquella viajera a la que se identifica como Myriam sería en realidad María Magdalena, la primera en ver, según los Evangelios canónicos, a Jesucristo resucitado. Lázaro sería su hermano, el íntimo amigo de Jesús, al que resucitó. José de Arimatea, un individuo poderoso y de gran riqueza, seguidor de las doctrinas de Jesús, y propietario del sepulcro en que fue enterrado. El bebé sería el hijo de María de Magdalena, cuyo esposo, ya fallecido, habría sido Jesús de Nazaret. Ahí es nada…
Éste es el fundamento en que se sustenta el relato; la especial relación entre María y Jesús, su matrimonio. Es obvio que la figura de María Magdalena es clave en prácticamente todas las teorías ajenas a lo que la tradición cristiana conjetura. En éstas se resalta la importancia tanto cuantitativa como cualitativamente en los textos bíblicos de su figura. No en vano, después de la madre de Jesús es la mujer a la que se cita con mayor profusión por los evangelistas –seguimos las hipótesis que identifican a María de Betania con María de Magdala–. Y estos mismos evangelios, aceptados por la Iglesia, revelan su cercanía, su intimidad con Jesús, su presencia en los más importantes acontecimientos de su vida. María Magdalena estuvo presente en el momento en que Cristo es crucificado en el Gólgota. Es María Magdalena quien, junto a otras mujeres, acude a visitar la tumba de Cristo y constata su resurrección para después comunicárselo al que sería el padre de la Iglesia, el apóstol san Pedro. Según algunas versiones es María Magdalena aquella a la que Jesús ayuda a expulsar a los siete demonios. Es la hermana de Lázaro, la que acude a él en busca de ayuda, la que presencia su resurrección. Según el evangelio de san Juan –escena representada en un célebre cuadro de Tiziano–, Jesús se aparece a María en una ocasión tras resucitar. En unos textos en los que los principales protagonistas –excepción hecha de la madre de Jesús– son del sexo masculino, en un entorno machista como el que nos ocupa, es normal que se dude de que una figura tan involucrada en los acontecimientos que lo configuran para los creyentes como el Salvador, sea una simple discípula. Asimismo, según las conjeturas de algunos investigadores heterodoxos, no era bien visto en la Palestina de aquella época que alguien dedicado a la enseñanza de la palabra divina no estuviese casado a los treinta años. De alguna manera, estaría contrariando el mandamiento de “Creced y multiplicaos”

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