El ruido de cristales rotos no deja de aturdir

Les debe haber ido muy bien a los Kurtz en Estados Unidos. Habían llegado como inmigrantes polacos hacia 1890 y en 1938 pudieron hacer un viaje a Europa y documentarlo con una de las primeras cámaras Kodachrome, una filmadora a color. Fueron a Holanda, a Bélgica, a Inglaterra, a Francia. Y claro, a Polonia.

Era agosto de 1938 –en Alemania ya gobernaba Hitler– cuando entraron a Nasielsk, el pueblo donde había nacido David Kurtz. Ahí llegaron, él y Lena y filmaron en colores. Son tres minutos.

Se ven chicos que ríen, que ríen, que se mueven para salir en cámara, que se empujan para que otro no les robe protagonismo. Se ven adultos con barba, en segundo plano. Gente que saluda. Chicas con pañuelo, tímidas. Se ve la vida normal.

Era agosto de 1938. En noviembre vendría, en Alemania y en Austria, “La noche de los cristales rotos”, una cadena de pogroms y ataques contra casas, sinagogas, negocios judíos. Y atrás, el Holocausto. Vivían 3.000 judíos en Nasielsk; quedaron 80.

Como video de vacaciones, la película habrá aburrido a amigos de los Kurtz un par de veces y cruzó el siglo, después, olvidada en una caja. La sacó de ahí Glenn, el hijo de los Kurtz, profesor de la Universidad de Nueva York. La restauró, la editó, la subió a Internet. Y un día lo llamó una mujer: Marcy Rosen. Había reconocido, entre esos chicos, a su papá, que ahora vivía en Florida. Y que les puso nombres a muchas de las caras.

Esta historia la cuenta el diario israelí Haaretz. Un par de clicks más allá, en el mismo diario (leo por Internet), otra historia subleva y desgarra. Ahora la película está quieta, son fotos. En la primera, cuenta la nota, hay un nene agarrado de la mano de su mamá y, al lado están sus hermanos. Es un campo de refugiados, cerca de Damasco. Es el año 1950. Es la familia Abdi, que tuvo que salir disparada de su casa, tomada por la Haganá, una organización militar judía, durante la llamada Guerra de la Independencia de Israel. Se fueron la madre y los chicos; el padre se aferró a su lugar.

Tiempo después, después de la foto, el padre –que vendía caballos y vacas– consiguió que su familia fuera autorizada a volver a su tierra, Haifa. Todos menos una hermana, Luftia. Porque se había casado.

Todos crecieron y uno de los Abdi, Abed, se volvió artista. Estudió en Alemania. Fue premiado en Haifa. Levantó monumentos y pintó murales en Haifa, Nazareth y Yafo.

Vio algunas veces a su hermana; hay una foto de ellos en Jordania. Pero ahora, que ella tiene 84, quiere sacarla de una Siria en guerra y llevarla a casa.

Abdi responde como un artista: en mayo inaugurará una muestra: “Homenaje a mi hermana Lutfia, Campo de Refugiados de Yarmouk”. Una de las obras será una foto de Lutfia cubierta por una bolsa de yute: Abdi usa el yute porque su aspecto y su olor le recuerdan los bolsones de comida que les entregaba Naciones Unidas, cuando eran refugiados. “Estoy furioso”, dice ahora. “Y me pregunto: cómo es posible que una mujer que nació en Haifa, que tiene 84 años, cuyos padre, abuelo y bisabuelo, todos nacieron acá y que no tiene sangre judía en sus manos tenga que soportar este sufrimiento?” Dos historias en el mismo diario de Israel.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *