EL REINO DE LOS CRUZADOS

Jerusalén: el reino de los cruzados

Primera monarquía feudal europea, el reino de Jerusalén se extinguió, presa de ásperas querellas intestinas, cien años después de que su capital fuese reconquistada por el Islam.

 

En el siglo XII un grupo de caballeros cristianos fundaban en Palestina un nuevo Estado: el reino de Jerusalén. Duraría apenas unas décadas, pero dejaría el recuerdo de una experiencia política de indudable originalidad, así como un título real que los soberanos europeos se disputarían durante siglos, aunque no fuera más que una dignidad puramente simbólica.
Originalmente, el reino se radicó en la Jerusalén conquistada por los cruzados cristianos en el año 1099. Todo el territorio de Palestina había pertenecido antiguamente al Imperio romano oriental, es decir, a Bizancio, pero los nobles franceses o ingleses que capitanearon la campaña no estaban dispuestos a reconocer la primacía de los soberanos de Constantinopla. Tampoco quisieron ponerlo bajo el vasallaje del papado. Así, el nuevo reino debía ser independiente de toda tutela, en una especie de ensayo de «Estado laico» que en realidad representaba la plasmación de los valores peculiares de la nobleza feudal de la Europa occidental. Palestina se dividió en una serie de principados autónomos, controlados por la gran nobleza guerrera, que se encargaba de la defensa frente al incesante acoso de los musulmanes, mientras que una dinámica burguesía comercial aprovechaba el dominio cristiano para sus negocios. Las órdenes militares, como los hospitalarios y los templarios, asumieron una doble función religiosa y defensiva.
Jerusalén cayó en mayos del sultán Saladino en 1187, y todas las cruzadas posteriores para recuperar la Ciudad Santa fracasaron, excepto la del emperador Federico II, quien la tomó en 1229 mediante una negociación diplomática aunque su dominio sólo duró unos años. Cuando en 1291 cayó el último reducto cristiano en Tierra Santa, el de San Juan de Acre, hacía años que el espíritu de las primeras cruzadas se había perdido. Quedaba, no obstante, una tentación romántica de repetir la aventura, tentación que alimentó gran parte de la literatura europea e hizo soñar a más de un monarca europeo en los siglos sucesivos con una nueva reconquista de Jerusalén.

 

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