El regalo de servir

Servir, dar y darse a los demás, constituye un maravilloso regalo. Se dice que “se recibe más de lo que se da”, o que precisamente “al dar es cuando se recibe”, y es que la entrega tiene una inmensa repercusión en la persona que actúa con el corazón abierto y se ofrece de forma desinteresada. No hay acción más fructífera que aquella que se realiza sin más, sin expectativas, sin ánimo de lograr una recompensa o de sentirse bien por la tarea realizada.

El desapego y el desprendimiento son características intrínsecas de la entrega amorosa. El auténtico servicio es aquel en el que la persona de forma voluntaria y desinteresada actúa en favor del bienestar de los demás de forma sencilla, límpida, sin esperar nada a cambio, ni siquiera la propia satisfacción psicológica o emocional derivada de ayudar al otro. El servicio en estado puro es aquel que simplemente se lleva a cabo sin más. Esta actitud es inherente al ser humano, la persona está constituida de modo que puede actuar como un verdadero canal a través del cual se despliega la fuerza amorosa capaz de ayudar al prójimo. Es esa fuerza vital y poderosa la que tiene el efecto de acompañar, estimular, vivificar y fortalecer a quien lo necesita, ya sea alguien enfermo, triste, solo, moribundo…. Esa misma fuerza resplandeciente es la que transmite alguien que vive su existencia de forma gozosa y plena y no puede hacer otra cosa que compartirlo y transmitirlo a quienes están a su alrededor.

En ambos casos el espíritu poderoso del amor comunicado con sinceridad tiene una gran capacidad transformadora. Es entonces cuando aparece la recompensa, precisamente porque no se busca ni se espera, llega en forma de gozo, plenitud y alegría compartida dando sentido a la entrega amorosa.

Al vivir y experimentar con autenticidad la actitud de servicio y entrega a los demás se descubre que no existe cabida para el orgullo, la prepotencia, la altivez o la actitud de superioridad. Estas actitudes son incompatibles con la vivencia del amor sincero, puesto que quien ama y sirve de verdad sabe desde lo más profundo de su ser que él no es el protagonista, sino únicamente un instrumento, maravilloso y con un gran potencial, pero un simple instrumento a través del cual puede llegar la música de la vida a quienes le rodean. Por ello, el mejor indicador para conocer de la pureza del servicio voluntario y desinteresado a los demás es justamente la humildad que impregna toda acción noble y desinteresada. Por el contrario, si la entrega no se hace desde una actitud humilde significa que no se hace con y desde el corazón ni expresa lo más profundo y bello del alma, sino que simplemente muestra determinados rasgos de la personalidad humana en su nivel más superficial.

El servicio a los demás exige también estar en un estado de permanente atención al fluir de los acontecimientos, las circunstancias cambiantes, la relación con las personas con quienes nos encontramos y las diferentes señales que la vida nos va presentando para indicarnos el camino. La cuestión es estar despiertos y disponibles para seguir las numerosas indicaciones que recibimos. En realidad todo es un aprendizaje. Se trata de dejar que el Espíritu fluya en nosotros. Si nos dejamos guiar por Él y en cada momento estamos en el lugar adecuado todo se tiñe de gozo y de paz, todo, hasta el más pequeño acontecimiento o suceso, tiene sentido y la vida se llena de plenitud. Todo resulta tremendamente sencillo y todo encaja a la perfección como las piezas de un puzzle que necesitan ser colocadas adecuadamente y en el momento preciso.

Para hacernos sensibles a la inmensidad de lo trascendente y permitir que impregne la realidad cotidiana resulta necesaria una práctica y una actitud meditativa que reconduzca nuestra atención, tan a menudo centrada en lo exterior, hacia el interior de cada uno. De ese modo, llegando a lo que es nuestra propia esencia y descubriendo aquello que es verdaderamente trascendente e importante podremos servir con el corazón y con el alma y experimentar el gran regalo que eso supone.

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