EL PROFETA DEL NÙMERO

Pitágoras: el profeta del número

Para unos fue un ser casidivino; para otros, alguien que plagiaba conocimientos ajenos. Polémico hasta su muerte, Pitágoras prefería ser considerado sólo un «filósofo».

 

En la segunda mitad del siglo VI a.C. se hizo célebre en todo el mundo griego un hombre llamado Pitágoras que se llamaba a sí mismo «filósofo». Nacido en la isla de Samos de un padre artesano, cuando tenía 35 o 40 años emprendió una serie de viajes que lo llevaron desde el Próximo Oriente hasta Persia y tal vez la India. En todos esos países se empapó del pensamiento de los sabios egipcios, caldeos y fenicios, de los magos persas, y quizá también de árabes, judíos e indios.
A su vuelta causó asombro entre sus compatriotas griegos con sus nuevas ideas y sus facultades casi sobrenaturales. Cuando se instaló en Crotona, al sur de la península itálica (entonces bajo influencia cultural griega), se hizo pronto con un gran número de adeptos, con los que fundó la escuela pitagórica. El funcionamiento de este grupo filosófico tenía aspectos muy curiosos. Pitágoras impuso a sus seguidores el mantenimiento de un estricto secreto sobre sus enseñanzas, hasta el punto de prohibir ponerlas por escrito. A la vez, dictó una serie de preceptos metafóricos sobre cuyo significado se ha discutido mucho, como el de «abstenerse de las habas» o «no hablar sin luz». Los pitagóricos, reclutados mediante exámenes muy exigentes, se dividían entre simples «oyentes» y «conocedores». Estos últimos eran los que tenían acceso a las enseñanzas más recónditas y misteriosas del maestro, entre las que se encontraba la doctrina de la inmortalidad y de la trasmigración del alma. Asimismo, el interés de los pitagóricos por las matemáticas y la geometría se explicaba por su creencia en una armonía mística universal reflejada en los tonos musicales y el movimiento de los astros, y que también podía expresarse mediante números.
Pitágoras y sus compañeros utilizaron su prestigio para influir en la política de la época, lo que suscitó recelos crecientes por parte de la clase dirigente, hasta llegar a una auténtica campaña de persecución que costó la vida a muchos pitagóricos, entre ellos tal vez a su propio jefe.

 

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