El precursor de la fotocopia

CORTESÍA DEL CENTRO DE ESTUDIOS DEL ESTE DE TEXAS, UNIVERSIDAD ESTATAL STEPHEN F. AUSTIN

«Este papel resultará valioso», escribió John Herschel en una memoria científica el 23 de abril de 1842, tras observar el efecto de la luz sobre una muestra que había tratado con «ferrocianato de potasa». Este compuesto se tornaba azul por efecto de la luz, lo que hizo pensar a Herschel que había descubierto el principio de la fotografía en color. No ocurrió así, ni Herschel viviría tampoco lo suficiente como para presenciar la auténtica utilidad de su descubrimiento.
En 1839, Herschel, químico y astrónomo británico, ya había efectuado un hallazgo clave para la impresión salina en blanco y negro (el primer negativo fotográfico) al descubrir una manera de fijar la imagen con tiosulfato de sodio. Su obsesiva búsqueda de otras sustancias fotosensibles le llevó a ensayar con extractos vegetales, orina de perro, y hasta con cierto fármaco, por entonces recién descubierto y hoy denominado ferrocianuro potásico. Este producía imágenes con buen contraste, sobre todo si se combinaba con otro medicamento (citrato de amonio férrico). Además, la imagen era resistente al lavado. Herschel llamó cianotipo a su invento, pero este no le satisfizo en absoluto ya a que jamás logró que produjese una imagen positiva estable, sino tan solo negativos. La mayoría de los fotógrafos compartían su opinión, por lo que prescindieron del extraño matiz azulado en favor de las imágenes convencionales en blanco y negro.
El cianotipo no resucitaría hasta un año después del fallecimiento de Herschel. En 1872, la compañía Marion and Company, con sede en París, lo rebautizó como papel ferroprusiato y comenzó a comercializarlo para la reproducción de planos arquitectónicos (con anterioridad se copiaba a mano, una técnica costosa y propensa a errores). En la Exposición del Centenario, celebrada en Filadelfia en 1876, el proceso llegó a las costas estadounidenses, donde finalmente triunfó con el nombre de blueprint («impresión azul») como el primer procedimiento económico de duplicación de documentos. Todo cuanto se requería era un dibujo sobre papel translúcido. Este se ponía en contacto con una segunda hoja recubierta con el compuesto de Herschel, situada bajo un cristal plano y expuesta a luz solar. Al final, la copia se lavaba con agua. El cianotipo reproducía el original en negativo: con líneas blancas sobre un fondo azul.
Los talleres de cianotipia prosperaron durante casi un siglo, instalados en lo alto de edificios bien iluminados por el sol. Entre los años cincuenta y sesenta del siglo pasado fueron cediendo el paso a procesos que requerían menos trabajo, como la diazocopia y la fotocopia. Hoy, cuando casi todos los planos arquitectónicos se obtienen por medios digitales, Herschel se habría maravillado ante la gama de colores de una impresora láser moderna. Y también se habría quedado perplejo al comprobar que, a pesar de sus intentos fallidos por fotografiar en color, los hablantes de lengua inglesa continúan llamando blueprint a cualquier proyecto innovador… y lo presentan sobre un fondo azul.

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