El perfecto equilibrio

HONGOS

Señalar que Fabio Morábito es un escritor versátil, capaz de incursionar con felicidad pareja en la poesía, la narrativa y el ensayo, es una obviedad. Más importante es constatar la asombrosa unidad que subyace a esa versatilidad evidente, y que permite identificar tanto en sus poemas como en sus cuentos una voz y un estilo únicos. Como Saer, cuyos poemas tienen algo de su narrativa y viceversa, en los cuentos de Morábito aparecen huellas (temas, imágenes, metáforas) de sus poemas, de la misma manera que muchos de sus poemas prefiguraban, por su capacidad de sintetizar una historia, al narrador.
La vida ordenada está compuesto por seis cuentos, aunque el último relato del volumen, que dobla en extensión a los demás, puede verse como una suerte de nouvelle incompleta, cuyo final quedara apenas esbozado. Morábito exhibe en estos textos las virtudes que mostraba en Grieta de fatiga, su anterior volumen de narrativa, como la creación, mediante un lenguaje económico y despojado, de atmósferas sugestivas (a la vez que cotidianas), repletas de indicios y omisiones, y pobladas de personajes que se relacionan y actúan ambiguamente. Pero en este volumen tales características están acentuadas, de manera de producir rápidamente, a partir de las situaciones más banales, un fuerte extrañamiento en el lector.

Véase, por ejemplo, el primer cuento del libro: “El arreglo”. Se cuenta la visita del personaje, un escritor fracasado de paso por su ciudad natal, a la casa de sus tíos, en la que transcurrió una parte importante de su infancia. De entrada, sin haber pasado de la primera página, la atmósfera se vuelve inquietante, cuando el personaje se topa con una pared en medio del living y se entera de que sus tíos han tenido que resignar una porción del departamento (incluyendo el baño) para no mudarse. El perfume de nostalgia que inexorablemente tiende a emanar del tópico en el que se enmarca la trama (el del regreso) encuentra su antídoto perfecto en la descripción de una situación a la vez humillante y absurda, casi pesadillesca. La reducción del espacio físico funciona como metáfora de una degradación psicológica, pero a la vez, puesto que en Morábito todo fenómeno genera, simétricamente, su contraparte o contrapeso, hay lugar también para una revancha simbólica, sugerida.

El cuento es increíble tanto por lo que aparece en la superficie, como por lo que, gravitando en la sombra y recuperado a partir de indicios, se mantiene al margen. Los vínculos enrarecidos Varios motivos de este primer cuento se repiten en el resto. En “La renta” una pareja en busca de un departamento para alquilar termina en una fiesta muy particular entre extraños, donde la realidad y el sueño se entretejen indisolublemente, mientras que en “La luna y las ratas”, la trama gira alrededor de un departamento vacío que el personaje, recién salido de prisión, heredó de su madre. La figura del “que regresa” aparece, a su vez, en “La caída del árbol”, donde un hombre, de paso también por su ciudad natal, visita a la madre de un amigo de la adolescencia. En todos ellos hay vínculos enrarecidos y complicidades sutiles. Los cuentos se espejan así unos a otros, confiriéndole un espesor al conjunto. Es como si Fabio Morábito trabajara con una balanza y fuera buscando todo el tiempo un equilibrio
delicadísimo entre lo visible y lo sumergido o lo invisible: como en “El arreglo”, donde un primo del personaje, siempre al borde de aparecer en escena, siempre referido, gravita en el texto a través de su ausencia y sus huellas.

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