El paradigma neurobiológico de la enfermedad mental y la lucha contra el estigma

Un principio que muchos trabajadores de la salud mental hemos adoptado como verdad incuestionable es que la comprensión cabal por la sociedad de que la enfermedad mental es una patología orgánica como cualquier otra -con moléculas retorcidas y sofisticados medicamentos para enderezarlas- ha de ser un eficaz y suficiente antídoto contra el estigma.

Empero, un reciente artículo en el American Journal of Psychiatry («A disease like any other»? A decade of change in public reactions to schizophrenia, depression, and alcohol dependence, cuyo resumen puede verse aquí) arroja interesantes resultados que cuestionan tal acendrada creencia.

En base a encuestas realizadas en población adulta con diez años de diferencia (1996 y 2006) sobre viñetas clínicas de casos de depresión, alcoholismo y esquizofrenia, se pretendió evaluar 1) la concepción de la enfermedad mental como una patología de base neurobiológica, 2) la actitud de apoyo al tratamiento de los problemas mentales por los servicios de salud, y 3) la aceptación o rechazo hacia las personas afectadas con estos desórdenes en entornos laborales y comunitarios (p. ej. trabajar con una persona enferma de esquizofrenia o vivir con ella).

Aunque comparando ambos cortes temporales se halló un notorio incremento en la proporción de personas que conciben a los problemas de salud mental como enfermedades de base neurobiológica así como en el porcentaje de ciudadanos que consideran recomendable la búsqueda de tratamiento profesional para estos trastornos (de hecho lo segundo estuvo asociado significativamente a lo primero), no se observó paralelamente una disminución del estigma y del rechazo hacia las personas portadoras de enfermedades mentales sino mas bien, en casos específicos, un incremento.

En palabras de los mismos autores (investigadores de las Universidades de Indiana y Columbia): «En lo que parece haberse errado es en la suposición de que un cambio global en las creencias neurocientíficas se traduciría en reducciones globales del estigma.» Adicionalmente, ellos llaman la atención por cuanto «los profesionales de salud mental necesitan ser conscientes de que enfocarse solamente en la genética o la disfunción cerebral con el fin de aminorar los sentimientos de culpa de los afectados durante la labor clínica, podría obtener el efecto indeseable de incrementar las emociones de ineluctable desesperanza.»

Finalmente, en las conclusiones de su artículo, los autores relevan la necesidad de profundizar la investigación sobre capacidades, habilidades e integración comunitaria de personas con enfermedades mentales, como perspectiva ampliada de las concepciones existentes sobre el estigma, que necesariamente deben ir más allá de la escueta e insuficiente atribución neurobiológica.

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