El Papa: «La incoherencia mina la credibilidad de la Iglesia»

En su homilía, hizo una velada referencia al «VatiLeaks»; también dijo que existe «una clase media de la santidad» de la que «todos» pueden ser parte
Por Elisabetta Piqué  | LA NACION
  Francisco tomó posesión de la cátedra de San Pablo en la Basílica de San Pablo Extramuros. Foto: EFE
ROMA.- «La incoherencia de los fieles y de los pastores entre lo que dicen y lo que hacen, entre la palabra y el modo de vivir, minan la credibilidad de la Iglesia», sentenció ayer el papa Francisco , con lo que volvió a dejar en claro que quiere imprimirle un nuevo rumbo a la barca de Pedro.
Ante cardenales, obispos y miles de fieles del mundo que llenaron la Basílica de San Pablo Extramuros, donde tomó posesión de la cátedra de San Pablo, el papa argentino pronunció una homilía fuerte, en la que reflexionó sobre tres verbos esenciales del catolicismo: anunciar, dar testimonio, adorar.
«Recordémoslo bien todos: no se puede anunciar el Evangelio de Jesús sin el testimonio concreto de la vida», explicó el Pontífice. «Quien nos escucha y nos ve debe poder leer en nuestros actos eso mismo que oye en nuestros labios, y dar gloria a Dios», agregó, en un sermón en el cual también sorprendió al hablar de una «clase media de la santidad».
Saliéndose del texto preparado, el Papa recordó «un consejo que San Francisco de Asís les daba a sus hermanos: prediquen el Evangelio y, si fuera necesario, también con las palabras». Y siguió: «La incoherencia de los fieles y de los pastores entre lo que dicen y lo que hacen, entre la palabra y el modo de vivir, minan la credibilidad de la Iglesia».
El Santo Padre pareció aludir a los escándalos que golpearon la imagen de la Iglesia en los últimos años, que van desde los casos de pedofilia en el clero hasta las intrigas y venenos salidos a la luz con el «VatiLeaks», la inédita filtración de documentos secretos del despacho de Benedicto XVI, que hizo salir a la luz hasta episodios de nepotismo y corrupción dentro de la Santa Sede.
Su frase también hizo pensar en la misma coherencia del Papa venido del fin del mundo, elegido el 13 de marzo pasado, que eligió llamarse Francisco por el santo de Asís y que desde ese momento ha impuesto al papado un estilo de austeridad y sencillez, alejándose de la pompa y acercándose a la gente con gestos normales. El Papa, que dijo que desearía una «Iglesia pobre para los pobres», sigue usando su misma cruz pectoral de hierro y sus zapatos negros gastados.
«Quisiera que nos hiciéramos todos una pregunta: Tú, yo, ¿adoramos al Señor? ¿Acudimos a Dios sólo para pedir, para agradecer, o nos dirigimos a él también para adorarlo? Pero, entonces, ¿qué quiere decir adorar a Dios? Significa aprender a estar con él, a pararse a dialogar con él, sintiendo que su presencia es la más verdadera, la más buena, la más importante de todas», dijo.
El ex arzobispo de Buenos Aires dijo también que el testimonio de la fe tiene muchas formas y que «hay santos de todos los días».
«Santos ocultos, una especie de «clase media de la santidad», de la que todos podemos formar parte.»
Como había hecho al mediodía, durante la oración mariana del Regina Coeli desde la ventana del despacho del Palacio Apostólico ante 80.000 personas, también se refirió a los cristianos perseguidos. «En diversas partes del mundo, hay también quien sufre a causa del Evangelio; hay quien entrega su propia vida por permanecer fiel a Cristo, con un testimonio marcado con el precio de su sangre», dijo.
Antes, había recordado que el anuncio de Pedro y de los apóstoles no consiste sólo en palabras, sino que la fidelidad a Cristo «entra en su vida, que queda transformada».
«No se puede apacentar el rebaño de Dios si no se acepta ser llevados por la voluntad de Dios, incluso donde no queremos, si no hay disponibilidad para dar testimonio de Cristo con la entrega de nosotros mismos, sin reservas, sin cálculos, a veces a costa de nuestra vida», agregó, dirigiéndose a los pastores.
Francisco, que fue aclamado y aplaudido por los fieles que atestaban la Basílica, finalmente explicó que adorar a Cristo significa despojarse de los ídolos en los cuales nos refugiamos. «Son ídolos que mantenemos bien escondidos y pueden ser la ambición, el gusto del éxito, el poner en el centro a uno mismo, la tendencia a estar por encima de los otros, la pretensión de ser los únicos amos de nuestra vida, algún pecado al que estamos apegados, y muchos otros», concluyó.

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