El papa Benedicto XVI y la familia

El concepto que tiene Benedicto XVI de la familia no puede desligarse de su propia experiencia de pertenecer a una familia. Joseph Ratzinger nació en un núcleo familiar de condiciones económicas modestas. Su padre fue comisario de gendarmería y su madre, hija de artesanos que trabajó como cocinera en varios hoteles antes de casarse.

Su niñez y juventud transcurrieron en situaciones adversas, pues la guerra azotaba Europa y la sombra del nazismo alcanzó a tocar sus puertas. Él fue testigo de cómo los nazis golpearon a su párroco antes de celebrar la misa. El catolicismo estaba fuertemente amenazado en ese tiempo y eso influyó en su arraigada fe en Cristo. Esas raíces de fe profundas provienen de su familia, que le transmitió un claro testimonio de bondad y esperanza.

Su origen alemán y su formación clásica lo han consolidado como uno de los teólogos más importantes de todos los tiempos. Uno de los temas que desde su formación ha estado presente en su pensamiento y en sus escritos es ‘la verdad’.

Él mismo escogió como lema episcopal (cuando era obispo de Munich y Freising) el de “Colaborador de la verdad”. Su predecesor, Juan Pablo II, lo nombró Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y fue presidente de la Comisión para preparar el Catecismo de la Iglesia Católica, por lo que podemos decir que casi la totalidad de la doctrina de la Iglesia sobre la familia y sobre cualquier otra cuestión, ha pasado por su mente y por su pluma.

Benedicto XVI ha insistido en que la fe y la razón son dos herramientas de las que nos ha dotado Dios para llegar a la verdad y para conocer al Creador. Y son estas dos herramientas las que utiliza siempre en sus argumentaciones.

Con respecto a la familia, quiero resaltar un argumento que, como buen alemán y como excelente teólogo, ha expuesto en la apertura del Congreso Eclesial de la Diócesis de Roma sobre la Familia, en junio de 2005:

“Matrimonio y familia no son una construcción sociológica casual, fruto de situaciones particulares históricas y económicas. Por el contrario, la cuestión de la justa relación entre el hombre y la mujer hunde sus raíces en la esencia más profunda del ser humano y sólo puede encontrar su respuesta a partir de ésta. No puede separarse de la pregunta siempre antigua y siempre nueva del hombre sobre sí mismo: ¿quién soy? Y esta pregunta, a su vez, no puede separarse del interrogante sobre Dios: ¿existe Dios? Y, ¿quién es Dios? ¿Cómo es verdaderamente su rostro? La respuesta de la Biblia a estas dos preguntas es unitaria y consecuencial: el hombre es creado a imagen de Dios, y Dios mismo es amor. Por este motivo, la vocación al amor es lo que hace del hombre auténtica imagen de Dios: se hace semejante a Dios en la medida en que se convierte en alguien que ama”.

Es así que el hombre es una criatura hecha esencialmente para amar, y el espacio natural para el amor es la familia.

También ha señalado, con respecto a los hijos, que “una de las tareas más grandes de la familia es la de formar personas libres y responsables. Por ello los padres han de ir devolviendo a sus hijos la libertad, de la cual durante algún tiempo son tutores. Si éstos ven que sus padres -y en general los adultos que les rodean viven la vida con alegría y entusiasmo, incluso a pesar de las dificultades, crecerá en ellos más fácilmente ese gozo profundo de vivir que les ayudará a superar con acierto los posibles obstáculos y contrariedades que conlleva la vida humana. Además, cuando la familia no se cierra en sí misma los hijos van aprendiendo que toda persona es digna de ser amada, y que hay una fraternidad fundamental universal entre todos los seres humanos”.

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