El otro yo de la Gioconda

La dama, espléndida a pesar de sus 500 años –entre 497 y 506– llegó de España, digna como una diva, y se instaló en uno de los principales salones del Louvre. En ese lugar privilegiado se deja contemplar por los miles de visitantes que acuden como “voyeurs” a compararla con su hermana gemela que permanece impasible en otro salón del museo.
Ese duelo entre la Gioconda del Museo del Prado y la “Joconde” del Louvre es uno de los grandes acontecimientos de la temporada cultural europea. El encuentro sin precedentes fue promovido en el marco de una exposición consagrada a la “Santa Anna”, otra de las obras maestras de Leonardo da Vinci.

Es que, en realidad, hasta hace poco tiempo nadie sabía que existía una segunda versión del cuadro más famoso de la historia del arte. La gemela de la Gioconda o Mona Lisa figuraba en los inventarios del Prado desde la inauguración de ese museo en 1819. Pero nunca fue expuesta porque se creía que era una simple reproducción –talentosa– del original pintado entre 1503 y 1519, comprado por el rey Francisco I de Francia a principios del siglo XVI e instalada en el Louvre desde la Revolución Francesa, de 1789.

La copia. Se puede decir que, históricamente, es la primera copia conocida de la Mona Lisa. Pero es tan interesante que –con toda legitimidad– podría ser considerada como una obra en sí misma. Detrás de esa primera réplica, a lo largo de los siglos, se sucedieron miles de versiones de grandes maestros que –sin intención– revisitaron la obra de Leonardo, desde Magritte a Andy Warhol. Y, peor aún, la Gioconda es uno de los productos de “merchandising” más exitosos del mundo. La sonrisa de la Mona Lisa sirve hasta para promocionar un dulce de batata en lata.

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