El ojo moderno de Buenos Aires

Hay tiempo hasta el 10 de noviembre para recorrer la antología de fotos de Horacio Coppola que se montó en la galería Jorge Mara para homenajear al artista fallecido el 18 de junio, a los 105 años. Y hay que apurarse: el año que viene, las fotos del artista volarán al norte, para exponerse en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Pero ahora están acá. Son 84 fotografías, entre postales de Buenos Aires y de París, Londres, Berlín y Río de Janeiro. Muchas de ellas, inéditas.

“Es un homenaje a un gran artista, uno de los mayores fotógrafos de Latinoamérica, para dar cuenta de la modernidad de su obra”, explica en su galería Jorge Mara, que se ocupa de la obra de Coppola y de su primera mujer, la fotógrafa Grete Stern, desde el año 2000.

En las tomas se adivina el derrotero del artista. En 1931 viajó por primera vez a Europa y de allí trajo su cámara Leica, que revolucionaría su trabajo: la portabilidad de su nuevo equipo, estrenado en el barco de vuelta –desde el que retrató a marineros cariocas en su escala en Brasil– le iba a permitir ser un fotógrafo de la cotidianidad urbana.

Otra vez en Europa, en 1933, hace dos tipos de trabajos: en unos juega con las luces, las sombras y los contrastes para sus clases. En los otros hace retratos de la entreguerra: hombres durmiendo a la intemperie y mendigos pidiendo limosna en Londres y en París.

De vuelta en la Argentina, 1936 sería un año de recorridas porteñas, un poco por gusto, otro poco por trabajo, ya que Coppola había recibido el encargo de retratar la ciudad para la Municipalidad.

Buenos Aires está bajo su lente: los tranvías, el flamante Obelisco, construido ese año, la vida nocturna de la avenida Corrientes, con sus vendedores ambulantes y las largas colas para ver Tiempos Modernos en el cine, los carteles luminosos conviviendo con almacenes de barrio en La Boca o un grupo chicos, guardapolvo mediante, yendo o volviendo de la escuela, en un barrio de techos bajos.

“Muchas de las personas que retrata están de espalda y eso crea un clima intrigante”, explica Mara: allí van dos mujeres paseando por el centro, un hombre que toma sol en la Plaza San Martín y, en una de sus fotos más reconocidas, otro que lee el diario La Prensa justo en la puerta de sus oficinas.

Otro rasgo del trabajo del artista –el menor de seis hermanos de una familia de buen pasar– fue trabajar temas similares a los que aparecían en las grandes ciudades del mundo: las vidrieras –de una quesería, de una casa de sombreros y, sobre todo, aquellas con maniquíes– atrajeron su lente. También las tomas en picada, desde cierta altura, como las que hizo en la calle Florida, con negocios de ropa, cafés y librerías. O las del transporte público y los carros que vendían fruta y verdura. Para Mara, “se trataba de un artista moderno, con tópicos que interesaban a los más grandes fotógrafos”.

Es otra Buenos Aires, la de las fotos, y asoma la de hoy, sin embargo. Es la obra de un artista que nutrió sus paseos con amigos como Jorge Luis Borges y Xul Solar, con quienes conversaba mientras miraban la ciudad y el mundo con un ojo distinto.

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