El oceanogràfic de Valencia, el acuario más grande de Europa- redacción

El oceanogràfic de Valencia, el acuario más grande de Europa- redacción

Una gran inversión, dentro de las actuales realizaciones valencianas, de la que se espera también un buen rendimiento económico. Resultado: la aparición de un nuevo macro delfinario con 18 delfines y una escasa educación medioambiental para el visitante, en una vistosa prisión para las especies marinas.
La Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia se define a sí misma como “un gran complejo de difusión científica y cultural”. Impulsada por la Generalitat Valenciana, nace con el objetivo fundamental de fomentar el conocimiento, la ciencia, el arte y el respeto por la naturaleza. Al menos, éstas son buenas intenciones. Con la puesta en marcha de l Oceanogràfic, se amplían sus contenidos con un área dedicada al conocimiento del mundo marino, que acerca las ciencias marinas al público desde un mensaje para la conservación medioambiental. Se compone de diferentes edificios sectorizados: mediterráneo, humedales, templados y tropicales, océanos, ártico, antártico, islas y … ¡delfinario! El conjunto se estructura en dos niveles; en el superior disponen las exhibiciones al aire libre y en el inferior se localizan la totalidad de los acuarios.

Redacción.- A pesar de su supuesta finalidad educativa, inspectores de la Asociación Defensa Derechos Animal, ADDA, han constatado que la información que se ofrece al público, base de una finalidad científica, es sumamente escasa. Únicamente se dan a conocer el nombre común y el científico de los animales, sin dar más explicaciones acerca de su vida en su medio natural. Cada vez que el visitante entra en uno de los ambientes recreados, una grabación explica, muy brevemente, aspectos sobre ese mar u océano en particular, pero nada se dice acerca de los seres que alberga: ni de su forma de alimentación, ni de su relación con los demás habitantes de su entorno natural, ni de sus costumbres.

Según un estudio de los acuarios públicos escoceses elaborado por la asociación animalista Advocates for Animals, en este país únicamente se publica un informe científico cada doce años.

Los inspectores en su visita al Oceanogràfic de Valencia, constataron el mal estado de salud en que se halla una de las dos ballenas belugas allí confinadas. También se constató que este tipo de industrias ni garantiza el bienestar de los animales ni tiene como verdaderos objetivos la educación o la investigación científica.

Según la página web oficial del Oceanogràfic de Valencia, “el espacio Mediterráneo, al que se puede acceder directamente desde el edificio de acceso, muestra una parte de la riqueza biológica de este mar mediante la exhibición de siete acuarios con distintos formatos adaptados a la función del hábitat representado”. Reúne alrededor de 7.400 ejemplares provenientes de diversos puntos de la costa española. Uno de estos siete acuarios recibe el nombre de piscina de contacto, donde se ofrece a grupos de personas con discapacidad “la oportunidad de tocar algunos de los animales, como por ejemplo la raya ondulada, la estrella capitán, el cohombro de mar, la caracola o el erizo violáceo, siempre bajo la atenta mirada de personal especializado y contando con sus explicaciones y consejos”. La idoneidad de estos pseudotratamientos, que no han sido nunca probados científicamente y que obedecen más a cualquier otra forma comercialista, juega con el deseo natural, siempre respetable, de intentar mejorar en lo posible la situación de nuestros seres queridos. No obstante, la interacción con animales, que puede ayudar a dinamizar a quien lo precise, se encuentra, también, con una mascota en casa, 365 días al año y las 24 horas seguidas. Algo tan fácil y económico, sin necesidad de desplazamientos ni de esperar ciertas épocas del año.

Océano Ártico: las belugas (Delphinapterus leucas)

Su nombre deriva del vocablo ruso byelukha, que significa “blanco”. También se las llama “ballenas blancas” o “canarios de mar”, porque sus llamadas son como cantos muy entonados. Normalmente, cuando silban nadan boca arriba. Se comunican de forma sofisticada, mediante chillidos y gemidos, al igual que las orcas, los delfines y las marsopas. Son muy sociables. Pueden alterar sus expresiones faciales y girar sus cabezas gracias a que sus vértebras cervicales no están fusionadas. Suelen ser lentas, pero pueden alcanzar velocidades de 22 kilómetros por hora, estar bajo el agua durante quince minutos y recorrer de dos a tres kilómetros sin salir a la superficie.

Su cuerpo es robusto y cuentan con una pequeña giba dorsal, aletas pectorales cortas y una aleta caudal grande y redondeada que les permite nadar hacia atrás. Estos mamíferos marinos se desplazan en manadas que llegan a constituir concentraciones de miles de individuos. En el océano, recorren centenares de millas cada día.

Se dice que las belugas son los animales más delicados del grupo de los cetáceos (odontocetes). El delfín mular, por ejemplo, es mucho más resistente en su transporte a acuarios. Una vez confinadas, la falta de motivaciones del entorno y las paredes de hormigón que devuelven sus ondas sonoras –al igual que las de los delfines– les provocan un enorme estrés, algo que el gran público desconoce.

Según informa la Captive Animals Protection Society, a pesar de que hace años que está prohibido capturarlas en Canadá, entre 1960 y 1990 un total de 64 ejemplares fueron extraídos de su ambiente natural para el comercio del espectáculo. En 1998, la mitad ya había fallecido. Sin embargo, los parques marinos no tienen restricciones a la hora de importar animales de otros países. Según denuncia Ecologistas en Acción, en la madrugada del 4 de julio del año 2003 dos ballenas blancas llegaban al Oceanogràfic, un macho de unos 16 años, 4 metros de longitud y 817 kilos de peso y una hembra de 8 años, 3,43 metros y 491 kilos. Procedían del Mar de Plata Aquarium, en Argentina. Previamente, el macho había pasado algunos años en un Centro de Investigación de Moscú.

El Oceanogràfic está desarrollando un proyecto de investigación en bioacústica, cuya supuesta finalidad es estudiar el comportamiento acústico de las belugas en cautividad. Una forma solapada de justificar lo injustificable. Según la organización, “los beneficios de esta investigación se encuentran directamente relacionados con la mejora del bienestar en cautividad de estos animales, así como en la gestión de las poblaciones naturales. Este proyecto, en el que también participa la Universidad de Valencia, es especialmente relevante, debido a los pocos centros que pueden desarrollarla y a la importancia que pueden adquirir sus conclusiones”. Sin embargo, la realidad pone en evidencia estas afirmaciones. En la cúpula cerrada donde se exhiben estos mamíferos marinos no entra el sol, la iluminación es totalmente artificial. Las ballenas deben padecer, además, el ruido ensordecedor que se produce cuando entran los grupos y las luces de los flashes. Resulta evidente y preocupante el deteriorado estado de salud del macho, pues flota en un estado letárgico y presenta el vientre hinchado y la aleta caudal baja. El veterinario responsable de su salud asegura que esto se debe “a que acumulan grasa durante todo el invierno”. Pero los “canarios de mar” que disfrutan de su libertad no la acumulan toda en el vientre. La utilizan para protegerse del frío. Una de las razones que explica este exceso es la falta de ejercicio. Para Toni Frohoff, experto mundialmente reconocido en este campo, “este comportamiento es indicativo de condiciones patológicas o prepatológicas. Y no se puede asumir que sea debido únicamente a una depresión u otras causas psicológicas, sino a una enfermedad física que debe ser tratada por especialistas”.

Espacio Templados y Tropicales

La torre Templados se estructura en dos niveles. En el exterior encontramos dos instalaciones, y en la primera de ellas –un reducido espacio– vive una colonia de focas comunes y grises. Estos pinnípedos (grupo que incluye también a las morsas y a los leones y elefantes marinos) no gozan de ninguna intimidad, pues son constantemente observados, tanto fuera del agua como cuando se sumergen en ella, pues un panel de cristal permite al visitante escudriñar todos sus movimientos. Se las alimenta con pescado muerto, con lo que se convierten en seres dependientes, incapaces de subsistir por sí mismos.

La segunda instalación representa, según la información oficial, “una playa de aguas someras en la que se exhiben tortugas marinas”. Estos reptiles quelonios viven exclusivamente en los océanos y mares. Están seriamente amenazadas, tan sólo existen ocho especies que desempeñan funciones importantes dentro de estos ecosistemas, por lo que se encuentran protegidas por diversos convenios internacionales. Según el acuario –más como justificación–, “los animales de esta instalación proceden de ‘varamientos’ provocados por diversos motivos en los que el ser humano está, directa o indirectamente, implicado. Después de un proceso de recuperación son devueltos a su medio natural”. A pesar de esta afirmación, el público no dispone de ninguna información acerca de su estado de salud. No se explica qué acciones humanas conducen al tal “varamiento” de las tortugas marinas, ni se detalla en qué medida participa la organización en la preservación de su entorno. No se fomenta una auténtica conciencia ecológica de la sociedad, animando al visitante a evitar la compra y el consumo de su carne y huevos.

Estos animales, además, son solitarios y pasan el 90 % de su vida en mar abierto. A diferencia de otras especies, raras veces conviven entre sí. Al igual que otros invertebrados, son susceptibles de padecer múltiples patologías, muchas de ellas desconocidas hasta épocas recientes por la ciencia veterinaria. Su respuesta frente a la exposición de un agente infeccioso o trauma físico está modulada por el estrés ambiental, muy elevado cuando no se encuentran en su entorno natural.

Espacio Océanos

Es el acuario de mayores dimensiones del Oceanogràfic y uno de los mayores del mundo. El edificio se compone de dos zonas submarinas conectadas por el nivel inferior mediante un túnel acrílico de 35 metros de longitud. En él se ubican y malviven especies como el tiburón toro bacota, el tiburón gris y otras especies muy espectaculares, como el pez guitarra. Cabe destacar que el visitante desconoce el lugar de procedencia de estos animales, y no se dan datos para destacar la necesidad de protegerlos. Tampoco se tiene en cuenta que, para que las personas puedan pasear cómodamente, el túnel es amplio, pero a costa del espacio en que nadan los animales. Comparar los 35 metros de longitud de que disponen con la inmensidad del océano es la supuesta primera impresión del visitante avispado.

El delfinario

En las cinco piscinas que lo componen habitan 18 delfines mulares ( Tursiops trocantus). Estos animales, que en su ambiente natural recorren hasta 80 kilómetros diarios, ven reducido su espacio a estos tanques. En su entorno natural, su capacidad de emitir ultrasonidos y recibir los ecos de forma parecida a un sonar –la ecolocalización– les permite desenvolverse en un ambiente de total oscuridad (comunicarse, orientarse y cazar a sus presas), pero las paredes del delfinario les devuelven sus ondas, lo que les causa innumerables trastornos. Según el Oceanogràfic, la exhibición, ¡qué tiene lugar cuatro veces al día!, es “tan sorprendente como educativa”. La educación es siempre la excusa para capturar y mantener en las piscinas a estos inteligentes animales. Lo cierto es que la información que se ofrece a los espectadores sobre ellos es muy deficiente.

Como en tantos otros parques acuáticos, venden a los niños su sonrisa. La gran desgracia de esta clase de delfines es que el rictus de su boca semeja a una sonrisa humana. Cuando tras múltiples padecimientos mueren, esta “sonrisa” también les acompaña.

Antes de la exhibición, los espectadores pueden preguntar sobre ellos. La persona que responde, sin embargo, no sabe cuántos kilómetros al día suele recorrer un delfín en libertad. Ignora también cuál es la capacidad de la piscina en la que se ven obligados a vivir, únicamente asegura que “la profundidad es de 10,5 metros”.

Alguna señales de estrés en los delfines cautivos

-Sumisión con respecto a otros humanos o delfines

-Falta de apetito

-Agitación (nadar erráticamente, por ejemplo

¡Conviértete en su entrenador por un dia!

El pasado mes de febrero de 2005, el Oceanogràfic, buen conocedor de las técnicas del marketing, convocó un concurso con el fin de poner nombre a dos crías de delfín que habían nacido en los últimos meses. En él podían participar todos los visitantes que adquirieron una entrada entre el 14 y el 20 de febrero. ¿El premio?: entrenar a los delfines por un día. Fomentando este tipo de actividades, se perjudica seriamente al delfín, puesto que en todo caso el entrenador debería ser un especialista con experiencia, conocedor de los hábitos y el carácter de cada uno de los animales con los que trata, pero todo vale para que se pase por taquilla.

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