El mundo visto desde Roma- EL PAPA EN ALEMANIA, HOMILIAS

De: ZENIT [mailto:infospanish@zenit.org]
Enviado el: Viernes, 23 de Septiembre de 2011 05:15 p.m.
Para: diariotxt@list.zenit.org
Asunto: [ZS110923] El mundo visto desde Roma

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ZENIT, Servicio diario
EL MUNDO VISTO DESDE ROMA
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DOCUMENTACIóN
* Homilía del Papa en el santuario de la Virgen de Etzelsbach
* Homilía del Papa en la celebración ecuménica con los evangélicos
* Discurso del Papa en el convento de Martín Lutero
* Discurso del Papa a los representantes de las comunidades musulmanas

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Documentación
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Homilía del Papa en el santuario de la Virgen de Etzelsbach
Viaje Apostólico a Alemania

EICHSFELD, viernes 23 de septiembre de 2011 (ZENIT.org (www.zenit.org)).-
Ofrecemos a continuación la homilía que el Papa Benedicto XVI pronunció hoy
por la tarde, durante su visita al santuario mariano de Etzelsbach,
concluyendo así la etapa de su viaje apostólico a Alemania.

* * * * *

Queridos hermanos y hermanas:

Ahora que se cumple mi deseo de visitar Eichsfeld y de dar gracias con
vosotros a la Virgen María en Etzelsbach. «Aquí en el querido valle
tranquilo» como dice un canto de los peregrinos- y «bajo los viejos tilos»,
María nos da seguridad y nuevas fuerzas. En dos dictaduras impías que han
tratado de arrancar a los hombres su fe tradicional, las gentes de
Eichsfeld estaba convencida de encontrar aquí, en el santuario de
Etzelsbach, una puerta abierta y un lugar de paz interior. Queremos
continuar la amistad especial con María, amistad que se ha acrecentado con
todo esto, y ahora también en la celebración de las Vísperas marianas de
hoy.

Cuando los cristianos se dirigen a María en todos los tiempos y lugares, se
dejan guiar por la certeza espontánea de que Jesús no puede rechazar las
peticiones que le presenta su Madre; y se apoyan en la confianza
inquebrantable de que María es también Madre nuestra; una Madre que ha
experimentado el sufrimiento más grande de todos, que se da cuenta de todas
nuestras dificultades y piensa en modo materno cómo superarlas. Cuántas
personas han ido en el transcurso de los siglos en peregrinación a María
para encontrar ante la imagen de la Dolorosa, como aquí en Etzelsbach,
consuelo y alivio.

Contemplemos su imagen. Una mujer de mediana edad, con los parpados
apesadumbrados de tanto llorar, y al mismo tiempo una mirada absorta, fija
en la lejanía, como si estuviese meditando en su corazón sobre todo lo que
había sucedido. Sobre su regazo reposa el cuerpo exánime del Hijo; Ella lo
aprieta delicadamente y con amor, como un don precioso. Sobre el cuerpo
desnudo del Hijo vemos los signos de la crucifixión. El brazo izquierdo del
Crucificado cae verticalmente hacia abajo. Quizás, esta escultura de la
Piedad, como a menudo era costumbre, estaba originalmente colocada sobre un
altar. Así, el Crucificado señala con su brazo derecho a lo que sucede
sobre el altar, donde el santo sacrificio que llevó a cabo se actualiza en
la Eucaristía.

Una particularidad de la imagen milagrosa de Etzelsbach es la posición del
Crucificado. En la mayor parte de las representaciones de la Piedad, el
cuerpo sin vida de Jesús yace con la cabeza vuelta hacia la izquierda. De
esta forma, el que lo contempla puede ver su herida del costado. Aquí en
Etzelsbach, en cambio, la herida del costado está escondida, ya que el
cadáver está orientado hacia el otro lado. Creo que dicha representación
encierra un profundo significado, que se revela solamente en una atenta
contemplación: en la imagen milagrosa de Etzelbach, los corazones de Jesús
y de su Madre se dirigen uno al otro, se acercan el uno al otro. Se
intercambian recíprocamente su amor. Sabemos que el corazón es también el
órgano de la sensibilidad más delicada para el otro, así como el órgano de
la íntima compasión. En el corazón de María encuentra cabida el amor que su
divino Hijo quiere ofrecer al mundo.

La devoción mariana se concentra en la contemplación de la relación entre
la Madre y su divino Hijo. Los fieles han encontrado siempre nuevos
aspectos y títulos que nos pueden esclarecer este misterio como, por
ejemplo, la imagen del Corazón Inmaculado de María, símbolo de la unidad
profunda y sin reserva con Cristo en el amor. No es la autorrealización la
que lleva a la persona a su verdadero desarrollo, aspecto que hoy es
propuesto como modelo de la vida moderna, pero que fácilmente puede
convertirse en una forma de egoísmo refinado. Es, sobre todo, la actitud
del don de si mismo, que se orienta hacia el corazón de María y con ello
hacia el corazón del Redentor.

«A los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado
conforme a su designio» (Rom 8, 28), lo acabamos de escuchar en la lectura.
En María, Dios ha hecho confluir todo el bien y, por medio de Ella, no cesa
de difundirlo ulteriormente en el mundo. Desde la Cruz, desde el trono de
la gracia y la redención, Jesús ha entregado a los hombres como Madre a
María, su propia Madre. En el momento de su sacrificio por la humanidad, Él
constituye en cierto modo a María, mediadora del flujo de gracia que brota
de la Cruz. Bajo la Cruz, María se hace compañera y protectora de los
hombres en el camino de su vida. «Con su amor de Madre cuida de los
hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y viven entre angustias y
peligros hasta que lleguen a la patria feliz (Lumen gentium, 62). Sí, en la
vida pasamos por vicisitudes alternas, pero María intercede por nosotros
ante su Hijo y nos comunica la fuerza del amor divino.

Nuestra confianza en la intercesión eficaz de la Madre de Dios y nuestra
gratitud por la ayuda continuamente experimentada llevan consigo de algún
modo el impulso a dirigir la reflexión más allá de las necesidades del
momento. ¿Qué quiere decirnos verdaderamente María cuando nos salva del
peligro? Quiere ayudarnos a comprender la amplitud y profundidad de nuestra
vocación cristiana. Con maternal delicadeza, quiere hacernos comprender que
toda nuestra vida debe ser una respuesta al amor rico en misericordia de
nuestro Dios. Como si nos dijera: entiende que Dios, que es la fuente de
todo bien y no quiere otra cosa que tu verdadera felicidad, tiene el
derecho de exigirte una vida que se abandone sin reservas y con alegría a
su voluntad, y se esfuerce en que los otros hagan lo mismo. «Donde está
Dios, allí hay futuro». En efecto: donde dejamos que el amor de Dios actúe
totalmente sobre la vida, allí se abre el cielo. Allí, es posible plasmar
el presente, de modo que se ajuste cada vez más a la Buena Noticia de
nuestro Señor Jesucristo. Allí, las pequeñas cosas de la vida cotidiana
alcanzan su sentido y los grandes problemas encuentran su solución. Amén.

[Copyright 2011 – ©Libreria Editrice Vaticana]

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Homilía del Papa en la celebración ecuménica con los evangélicos
Viaje Apostólico a Alemania

ERFURT, viernes 23 de septiembre de 2011 (ZENIT.org (www.zenit.org)).-
Ofrecemos a continuación la homilía que el Papa Benedicto XVI pronunció hoy
durante la celebración ecuménica con la Iglesia Evangélica Alemana, en la
que participaron representantes de otras Iglesias protestantes, que tuvo
lugar en el ex convento de los Agustinos ( Augustinerkloster) de Erfurt.

* * * * *

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

«No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la
palabra de ellos» (Jn 17, 20): Así, en el Cenáculo, lo ha dicho Jesús al
Padre, según el Evangelio de Juan. Él intercede por las futuras
generaciones de creyentes. Mira más allá del Cenáculo hacía el futuro. Ha
rezado también por nosotros y reza por nuestra unidad. Esta oración de
Jesús no es simplemente algo del pasado. Él está siempre ante el Padre
intercediendo por nosotros, y así está en este momento entre nosotros y
quiere atraernos a su oración. En la oración de Jesús está el lugar
interior, de nuestra unidad. Seremos, pues una sola cosa, si nos dejamos
atraer dentro de esta oración. Cada vez que, como cristianos, nos
encontramos reunidos en la oración, esta lucha de Jesús por nosotros y con
el Padre nos debería conmover profundamente en el corazón. Cuanto más nos
dejamos atraer en está dinámica, tanto más se realiza la unidad.

La oración de Jesús ¿ha quedado desoída? La historia del cristianismo es,
por así decirlo, la parte visible de este drama, en la que Cristo lucha y
sufre con los seres humanos. Una y otra vez Él debe soportar el rechazo a
la unidad, y aun así, una y otra vez se culmina la unidad con Él, y en Él
con el Dios Trinitario. Debemos ver ambas cosas: el pecado del hombre, que
reniega a Dios y se repliega en sí mismo, pero también las victorias de
Dios, que sostiene la Iglesia no obstante su debilidad y atrae
continuamente a los hombres dentro de sí, acercándolos de este modo los
unos a los otros. Por eso, en un encuentro ecuménico, no debemos lamentar
solo las divisiones y las separaciones, sino agradecer a Dios por todos los
elementos de unidad que ha conservado para nosotros y que continuamente nos
da. Gratitud que debe ser al mismo tiempo disponibilidad para no perder la
unidad alcanzada, en medio de un tiempo de tentación y de peligros.

La unidad fundamental consiste en el hecho que creemos en Dios Padre
todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Que lo profesamos como Dios
Trinitario: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La unidad suprema no es la
soledad monádita, sino unidad a través del amor. Creemos en Dios, en el
Dios concreto. Creemos que Dios nos ha hablado y se ha hecho uno de
nosotros. La tarea común que actualmente tenemos, es dar testimonio de este
Dios vivo.

El hombre tiene necesidad de Dios, o ¿acaso las cosas van bien sin Él?
Cuando en una primera fase de la ausencia de Dios, su luz sigue mandando
sus reflejos y mantiene unido el orden de la existencia humana, se tiene la
impresión que las cosas funcionan incluso sin Dios. Pero cuanto más se
aleja el mundo de Dios, tanto más resulta claro que el hombre, en
el hybris del poder, en el vacío del corazón y en el ansia de satisfacción
y de felicidad, «pierde» cada vez más la vida. La sed de infinito esta
presente en el hombre de tal manera que no se puede extirpar. El hombre ha
sido creado para relacionarse con Dios y tiene necesidad de Él. En este
tiempo, nuestro primer servicio ecuménico debe ser el testimoniar juntos la
presencia del Dios vivo y dar así al mundo la respuesta que necesita.
Naturalmente, de este testimonio fundamental de Dios forma parte además, y
de modo absolutamente central, el dar testimonio de Jesucristo, verdadero
hombre y verdadero Dios, que vivió entre nosotros, padeció y murió por
nosotros, y que en su resurrección ha abierto totalmente la puerta de la
muerte. Queridos amigos, ¡fortifiquémonos en está fe! ¡Ayudémonos
recíprocamente a vivirla! Esta es una gran tarea ecuménica que nos
introduce en el corazón de la oración de Jesús.

La seriedad de la fe en Dios se manifiesta en vivir su palabra. En nuestro
tiempo, se manifiesta de una forma muy concreta, en el compromiso por esta
criatura, por el hombre, que Él quiso a su imagen. Vivimos en un tiempo en
que los criterios de cómo ser hombres se han hecho inciertos. La ética
viene sustituida con el calculo de las consecuencias. Frente a esto, como
cristianos, debemos defender la dignidad inviolable del ser humano, desde
la concepción hasta la muerte, desde las cuestiones de la diagnosis previa
a su implantación hasta la eutanasia. «Solo quien conoce a Dios, conoce al
hombre», dijo una vez Romano Guardini. Sin el conocimiento de Dios, el
hombre se hace manipulable. La fe en Dios debe concretarse en nuestro común
trabajo por el hombre. Forman parte de esta tarea no sólo estos criterios
fundamentales de humanidad sino, sobre todo y de modo concreto, el amor que
Jesús nos ha enseñado en la descripción del Juicio Final (cf. Mt 25): el
Dios juez nos juzgará según nos hayamos comportado con nuestro prójimo, con
los más pequeños de sus hermanos. La disponibilidad para ayudar en las
necesidades actuales, más allá del propio ambiente de vida es una obra
esencial del cristiano.

Esto vale sobre todo en el ámbito de la vida personal de cada uno. Vale
también en la comunidad de un pueblo o de un Estado, en la que todos deben
hacerse cargo los unos de los otros. Vale para nuestro Continente, en el
que estamos llamados a la solidaridad europea. Y, en fin, vale más allá de
todas las fronteras: la caridad cristiana exige hoy también nuestro
compromiso por la justicia en el mundo entero. Sé que de parte de los
alemanes y de Alemania se trabaja mucho por hacer posible a todos una
existencia humanamente digna, por lo que expreso una palabra de viva
gratitud.

Para concluir, quisiera detenerme todavía en una dimensión más profunda de
nuestra obligación de amar. La seriedad de la fe se manifiesta sobre todo
cuando esta inspira a ciertas personas a ponerse totalmente a disposición
de Dios y, a partir de Dios, a los demás. Las grandes ayudas se hacen
concretas solamente cuando sobre el lugar existen aquellos que están a
total disposición de los otros, y con ello hacen creíble el amor de Dios.
Personas así son un signo importante para la verdad de nuestra fe.

A la vigilia de la visita del Papa, se ha hablado varia veces de que se
espera de está visita un don ecuménico del huésped. No es necesario que yo
especifique los dones mencionados en tal contexto. A este respecto,
quisiera decir que esto constituye un malentendido político de la fe y del
ecumenismo. Cuando un jefe de estado visita un país amigo, generalmente
preceden contactos entre las instancias, que preparan la estipulación de
uno o más acuerdos entre los dos estados: en la ponderación de los ventajas
y desventajas se llega al compromiso que, al fin, aparece ventajoso para
ambas partes, de manera que el tratado puede ser firmado. Pero la fe de los
cristianos no se basa en una ponderación de nuestras ventajas y
desventajas. Una fe autoconstruida no tiene valor. La fe no es una cosa que
nosotros excogitamos o concordamos. Es el fundamento sobre el cual vivimos.
La unidad no crece mediante la ponderación de ventajas y desventajas, sino
profundizando cada vez más en la fe mediante el pensamiento y la vida. De
esta forma, en los últimos 50 años, y en particular también en la visita
del Papa Juan Pablo II, hace 30 años, ha crecido mucho la comunión de la
cual podemos estar agradecidos. Me es grato recordar el encuentro con la
comisión presidida por el Obispo Lohse, en la cual nos hemos ejercitado
juntos en este profundizar en la fe mediante el pensamiento y la vida.
Expreso mi vivo agradecimiento a todos aquellos que han colaborado en esto,
por la parte católica, de modo particular, al Cardenal Lehmann. No menciono
otros nombres, el Señor los conoce a todos. Juntos podemos agradecer al
Señor por el camino de la unidad por el que nos ha conducido, y asociarnos
en humilde confianza a su oración: Haz, que todos seamos uno, como Tú eres
uno con el Padre, para que el mundo crea que Él te ha enviado (cf. Jn 17,
21).

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Discurso del Papa en el convento de Martín Lutero
Viaje apostólico a Alemania

ERFURT, viernes 23 de septiembre de 2011 (ZENIT.org (www.zenit.org)).-
Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI pronunció
hoy a su llegada al Augustinerkloster de Erfurt, al reunirse con los quince
representantes del Consejo de la EKD Iglesia Evangélica Alemana.

* * * * *

Distinguidos Señores y Señoras:

Al tomar la palabra, quisiera ante todo dar gracias por tener esta ocasión
de encontrarles. Mi particular gratitud al presidente Schneider que me ha
dado la bienvenida y me ha recibido entre ustedes con sus amables palabras,
quisiera agradecer al mismo tiempo por el don especial de que nuestro
encuentro se desarrolle en este histórico lugar.

Como Obispo de Roma, es para mí un momento emocionante encontrarme en el
antiguo convento agustino de Erfurt con los representantes del Consejo de
la Iglesia Evangélica de Alemania. Aquí, Lutero estudió teología. Aquí, en
1507, fue ordenado sacerdote. Contra los deseos de su padre, no continuó
los estudios de derecho, sino que estudió teología y se encaminó hacia el
sacerdocio en la Orden de San Agustín. En este camino, no le interesaba
esto o aquello. Lo que le quitaba la paz era la cuestión de Dios, que fue
la pasión profunda y el centro de su vida y de su camino. «¿Cómo puedo
tener un Dios misericordioso?»: Esta pregunta le penetraba el corazón y
estaba detrás de toda su investigación teológica y de toda su lucha
interior. Para él, la teología no era una cuestión académica, sino una
lucha interior consigo mismo, y luego esto se convertía en una lucha sobre
Dios y con Dios.

«¿Cómo puedo tener un Dios misericordioso?» No deja de sorprenderme que
esta pregunta haya sido la fuerza motora de su camino. ¿Quién se ocupa
actualmente de esta cuestión, incluso entre los cristianos? ¿Qué significa
la cuestión de Dios en nuestra vida, en nuestro anuncio? La mayor parte de
la gente, también de los cristianos, da hoy por descontado que, en último
término, Dios no se interesa por nuestros pecados y virtudes. Él sabe, en
efecto, que todos somos solamente carne. Si hoy se cree aún en un más allá
y en un juicio de Dios, en la práctica, casi todos presuponemos que Dios
deba ser generoso y, al final, en su misericordia, no tendrá en cuenta
nuestras pequeñas faltas. Pero, ¿son verdaderamente tan pequeñas nuestras
faltas? ¿Acaso no se destruye el mundo a causa de la corrupción de los
grandes, pero también de los pequeños, que sólo piensan en su propio
beneficio? ¿No se destruye a causa del poder de la droga que se nutre, por
una parte, del ansia de vida y de dinero, y por otra, de la avidez de
placer de quienes son adictos a ella? ¿Acaso no está amenazado por la
creciente tendencia a la violencia que se enmascara a menudo con la
apariencia de una religiosidad? Si fuese más vivo en nosotros el amor de
Dios, y a partir de Él, el amor por el prójimo, por las creaturas de Dios,
por los hombres, ¿podrían el hambre y la pobreza devastar zonas enteras del
mundo? Las preguntas en ese sentido podrían continuar. No, el mal no es una
nimiedad. No podría ser tan poderoso, si nosotros pusiéramos a Dios
realmente en el centro de nuestra vida. La pregunta: ¿Cómo se sitúa Dios
respecto a mí, cómo me posiciono yo ante Dios? Esta pregunta candente de
Martín Lutero debe convertirse otra vez, y ciertamente de un modo nuevo,
también en una pregunta nuestra. Pienso que esto sea la primera cuestión
que nos interpela al encontrarnos con Martín Lutero.

Y después es importante: Dios, el único Dios, el Creador del cielo y de la
tierra, es algo distinto de una hipótesis filosófica sobre el origen del
cosmos. Este Dios tiene un rostro y nos ha hablado, en Jesucristo hecho
hombre, se hizo uno de nosotros; Dios verdadero y verdadero hombre a la
vez. El pensamiento de Lutero y toda su espiritualidad eran completamente
cristocéntricos. Para Lutero, el criterio hermenéutico decisivo en la
interpretación de la Sagrada Escritura era: «Lo que conduce a la causa de
Cristo». Sin embargo, esto presupone que Jesucristo sea el centro de
nuestra espiritualidad y que su amor, la intimidad con Él, oriente nuestra
vida.

Quizás, ustedes podrían decir ahora: De acuerdo. Pero, ¿qué tiene esto que
ver con nuestra situación ecuménica? ¿No será todo esto solamente un modo
de eludir con muchas palabras los problemas urgentes en los que esperamos
progresos prácticos, resultados concretos? A este respecto les digo: Lo más
necesario para el ecumenismo es sobre todo que, presionados por la
secularización, no perdamos casi inadvertidamente las grandes cosas que
tenemos en común, aquellas que de por sí nos hacen cristianos y que tenemos
como don y tarea. Fue un error de la edad confesional haber visto
mayormente aquello que nos separa, y no haber percibido en modo esencial lo
que tenemos en común en las grandes pautas de la Sagrada Escritura y en las
profesiones de fe del cristianismo antiguo. Éste ha sido el gran progreso
ecuménico de los últimos decenios: nos dimos cuenta de esta comunión y, en
el orar y cantar juntos, en la tarea común por el ethos cristiano ante el
mundo, en el testimonio común del Dios de Jesucristo en este mundo,
reconocemos esta comunión como nuestro fundamento imperecedero.

Por desgracia, el riesgo de perderla es real. Quisiera señalar aquí dos
aspectos. En los últimos tiempos, la geografía del cristianismo ha cambiado
profundamente y sigue cambiando todavía. Ante una nueva forma de
cristianismo, que se difunde con un inmenso dinamismo misionero, a veces
preocupante en sus formas, las Iglesias confesionales históricas se quedan
frecuentemente perplejas. Es un cristianismo de escasa densidad
institucional, con poco bagaje racional, menos aún dogmático, y con poca
estabilidad. Este fenómeno mundial nos pone a todos ante la pregunta: ¿Qué
nos transmite, positiva y negativamente, esta nueva forma de cristianismo?
Sea lo que fuere, nos sitúa nuevamente ante la pregunta sobre qué es lo que
permanece siempre válido y qué pueda o deba cambiarse ante la cuestión de
nuestra opción fundamental en la fe.

Más profundo, y en nuestro país, más candente, es el segundo desafío para
todo el cristianismo; quisiera hablar de ello: se trata del contexto del
mundo secularizado en el cual debemos vivir y dar testimonio hoy de nuestra
fe. La ausencia de Dios en nuestra sociedad se nota cada vez más, la
historia de su revelación, de la que nos habla la Escritura, parece
relegada a un pasado que se aleja cada vez más. ¿Acaso es necesario ceder a
la presión de la secularización, llegar a ser modernos adulterando la fe?
Naturalmente, la fe tiene que ser nuevamente pensada y, sobre todo, vivida,
hoy de modo nuevo, para que se convierta en algo que pertenece al presente.
Ahora bien, a ello no ayuda su adulteración, sino vivirla íntegramente en
nuestro hoy. Esto es una tarea ecuménica central. En esto debemos ayudarnos
mutuamente, a creer cada vez más viva y profundamente. No serán las
tácticas las que nos salven, las que salven el cristianismo, sino una fe
pensada y vivida de un modo nuevo, mediante la cual Cristo, y con Él, el
Dios viviente, entre en nuestro mundo. Como los mártires de la época nazi
propiciaron nuestro acercamiento recíproco, suscitando la primera apertura
ecuménica, del mismo modo también hoy la fe, vivida a partir de lo íntimo
de nosotros mismos, en un mundo secularizado, será la fuerza ecuménica más
poderosa que nos congregará, guiándonos a la unidad en el único Señor.

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Discurso del Papa a los representantes de las comunidades musulmanas
Viaje Apostólico a Alemania

BERLÍN, viernes 23 de septiembre de 2011 (ZENIT.org (www.zenit.org)).-
Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió a
los quince representantes de las comunidades musulmanes presentes en
Alemania, a quienes recibió hoy en la Nunciatura Apostólica de Berlín,
antes de emprender el viaje en avión hasta la ciudad alemana de Erfurt.

* * * * *

Queridos amigos musulmanes:

Me es grato saludarlos aquí hoy. Representantes de diversas comunidades
musulmanas presentes en Alemania. Agradezco de corazón al profesor Mouhanad
Khorchide por sus amables palabras, que me han mostrado cómo ha crecido el
clima de respeto y confianza entre la Iglesia católica y las comunidades
musulmanas en Alemania.

Berlín es un lugar propicio para un encuentro como éste, no sólo porque
aquí se encuentra la mezquita más antigua del territorio alemán, sino
también porque en Berlín vive el número más grande de musulmanes respecto a
todas las demás ciudades en Alemania.

A partir de los años 70, la presencia de numerosas familias musulmanas ha
llegado a ser cada vez más un rasgo distintivo de este País. Sin embargo,
es necesario esforzarse constantemente para un mejor y reciproco
conocimiento y comprensión. Esto no es sólo esencial para una convivencia
pacifica, sino también para la contribución que cada uno es capaz de
ofrecer a la construcción del bien común dentro de la misma sociedad.

Muchos musulmanes atribuyen gran importancia a la dimensión religiosa.
Esto, en ocasiones, se interpreta como una provocación en una sociedad que
tiende a marginar este aspecto o a admitirlo, como mucho, en la esfera de
las opciones individuales de cada uno.

La Iglesia católica está firmemente comprometida para que se otorgue el
justo reconocimiento a la dimensión pública de la afiliación religiosa. Se
trata de una exigencia de no poco relieve en el contexto de una sociedad
mayoritariamente pluralista. Sin embargo, es necesario estar atentos para
que el respeto hacia el otro se mantenga siempre. El respeto reciproco
crece solamente sobre la base de un entendimiento sobre ciertos valores
inalienables, propios de la naturaleza humana, sobre todo la inviolable
dignidad de toda persona. Este entendimiento no limita la expresión de cada
una de las religiones; al contrario, permite a cada uno dar testimonio de
forma propositiva de aquello en lo que cree, sin sustraerse al debate con
el otro.

En Alemania, como en muchos otros países, no sólo occidentales, dicho marco
de referencia común está representado por la Constitución, cuyo contenido
jurídico es vinculante para todo ciudadano, pertenezca o no a una confesión
religiosa.

Naturalmente, el debate sobre una mejor formulación de los principios, como
la libertad de culto público, es amplio y siempre abierto; con todo, es
significativo el hecho que la Ley Fundamental los formule de modo todavía
hoy válido, a más de 60 años de distancia (cf. Art. 4, 2). En ella, se pone
de manifiesto, ante todo, ese ethos común que fundamenta la convivencia
civil y que, de alguna manera, marca también las reglas aparentemente sólo
formales del funcionamiento de los órganos institucionales y de la vida
democrática.

Podríamos preguntarnos cómo puede un texto, elaborado en una época
histórica radicalmente distinta, en una situación cultural casi
uniformemente cristiana, ser adecuado a la Alemania de hoy, que vive en el
contexto de un mundo globalizado, y marcada por un notable pluralismo en
materia de convicciones religiosas.

La razón de esto, me parece, se encuentra en el hecho que los padres de la
Ley Fundamental eran plenamente conscientes de deber buscar en aquel
momento importante un terreno sólido, en el cual todos los ciudadanos
pudiesen reconocerse. Al llevar a cabo esto, no prescindían de su
afiliación religiosa; es más, para muchos de ellos la visión cristiana del
hombre era la verdadera fuerza inspiradora. Sin embargo, sabiendo que
debían confrontarse con personas de una base confesional diversa, o incluso
no religiosa, el terreno común se halló en el reconocimiento de algunos
derechos inalienables, propios de la naturaleza humana y que preceden a
cualquier formulación positiva.

De este modo, una sociedad sustancialmente homogénea asentó el fundamento
que hoy reconocemos válido para un mundo marcado por el pluralismo.
Fundamento que, en realidad, indica también los evidentes límites de este
pluralismo: no es pensable, en efecto, que una sociedad pueda sostenerse a
largo plazo sin un consenso sobre los valores éticos fundamentales.

Queridos amigos, sobre la base de lo que he señalado aquí, pienso que es
posible una colaboración fecunda entre cristianos y musulmanes. Y, de este
modo, contribuiremos a la construcción de una sociedad que, bajo muchos
aspectos, será diversa de aquello que nos ha acompañado desde el pasado. En
cuanto hombres religiosos, a partir de las respectivas convicciones,
podemos dar un testimonio importante en muchos sectores cruciales de la
vida social. Pienso, por ejemplo, en la tutela de la familia fundada sobre
el matrimonio, en el respeto de la vida en cada fase de su desarrollo
natural o en la promoción de una justicia social más amplia.

También por este motivo, considero importante celebrar una Jornada de
reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia del mundo; y
llevaremos a cabo esta iniciativa el próximo 27 de octubre, a los 25 años
del histórico encuentro de Asís, guiado por mi Predecesor, el Beato Juan
Pablo II. Con dicha reunión, mostraremos con sencillez que, como hombres
religiosos, ofrecemos nuestra contribución específica para la construcción
de un mundo mejor, reconociendo al mismo tiempo que, para la eficacia de
nuestras actividades, es necesario crecer en el diálogo y en la estima
recíproca.

Con estos sentimientos, renuevo mi cordial saludo y les doy las gracias por
este encuentro, que enriquece mi estancia en mi patria. Gracias por vuestra
atención.

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