El mundo que no leemos

Estoy en pleno centro de la ciudad galesa de Cardiff, en la puerta de la librería Waterstone –una suerte de cadena Yenny de Gran Bretaña– y veo un cartel que anuncia el libro del mes. Se trata de Atlas of Remote Islands. Fifty Islands I Have Not Visited and Never Will (literalmente, Atlas de islas remotas. Cincuenta islas que no visité ni visitaré), de Judith Schalansky, una novelista alemana nacida en lo que fuera Berlín oriental y, por lo tanto, impedida por años de viajar, que “descubrió” el mundo a través de los atlas familiares. Su libro se nutre entonces de ese tipo de conocimiento: en las páginas pares están dibujados los mapas de las islas en cuestión; en las impares, todo tipo de información sobre las islas, que van desde la flora y la fauna exóticas hasta los casos de exploradores allí perdidos, científicos desquiciados, guardafaros, tripulaciones amotinadas, etcétera.

Me digo que se trata de una excelente idea. Así la ha considerado la crítica. También los editores del mundo anglosajón ya que el volumen, publicado en inglés por Particular Books en 2010, tiene ediciones tanto en Gran Bretaña como en los Estados Unidos. Y ahí es donde pienso, no sin cierta melancolía, que es prácticamente seguro que, si a algún escritor del mundo hispanoparlante, tanto se trate de ficción como de no ficción, se le ocurriera una idea semejante, no tendría dónde publicar. Esos son libros que, con suerte, se traducen, pero no se escriben en el mundo de la edición castellana. ¿Por qué?

Preguntado por la cuestión, Luis Chitarroni, cara visible de la editorial Sudamericana y, a la venta de ésta, de Random House Mondadori –de donde fue echado luego de 24 años de servicio– para, ya al frente de La Bestia Equilátera, ganar el año pasado el título de “editor del año” en la última Feria del Libro de Buenos Aires, señala: “El mundo de la edición en inglés es el más rico y variado que conozco. A veces quienes se ocupan de estas cosas en el mundo hispanoparlante se parecen a esa novia de Fernando Pessoa, ignorante de aquello que ignoraba. La falta de curiosidad se une a veces a una especie de pereza moral (exagero: no es siquiera decoro), que da como resultado una práctica monótona y repugnante: cuando se arriesgan lo hacen con libros que están seguros de que ni ellos ni su círculo de amistades van a leer. Porque son demasiado trabajosos e intelectuales o porque conciernen a cuestiones que –insisto– por ignorancia desprecian. El apriorismo adopta muchas veces la forma de una valla inexpugnable, y es indiferente ante cualquier manifestación de singularidad, de inteligencia, de belleza”.

Esos libros a los que se refiere Chitarroni incluyen tanto los títulos de ficción que él mismo ahora puede publicar en la editorial que dirige –y, que mes a mes, sorprenden en las vidrieras de las buenas librerías argentinas–, como aquellos de no ficción que nadie publica. Por ejemplo, los del ingeniero civil Henry Petrosky, profesor de Historia de la Tecnología en la Duke University, de los Estados Unidos. Especializado en los objetos de nuestra vida cotidiana, Petrosky ha publicado The Evolution of Useful Things: How Everyday Artifacts –From Forks and Pins to Paper Clips and Zippers– Came to Be as They Are (La evolución de las cosas útiles: cómo los artefactos de todos los días –desde los cuchillos y alfileres hasta los clips para papel y los cierres relámpago– llegaron a ser como son).

También, The Pencil: A History of Design and Circumstance (El lápiz: una historia de diseño y circunstancia), The Book on the Bookshelf (El libro en el estante) ySuccess Through Failure: The Paradox of Design (Exito por el fracaso: La paradoja del diseño), entre muchos otros títulos de los cuales ninguno ha sido traducido al castellano.

Pero incluso tratándose de temas de actualidad, tampoco se puede esperar la publicación del reciente The Nolympics. One Man’s Struggle Against Sporting Hysteria (Los Nolímpicos. La lucha de un hombre contra la histeria deportiva), del periodista inglés Nicholas Lezard. Y la lista de grandes libros no traducidos podría crecer: Grooming, Gossip and the Evolution of Language (Acicalamiento, chisme y la evolución del lenguaje), del primatólogo Robin Dunbar, o Les origines animales de la culture (Los orígenes animales de la cultura), del etólogo Dominique Lestel, o L’estinzione dei tecnosauri. Storie di tecnologie che non ce l’hanno fatta (La extinción de los tecnosaurios. Historia de la tecnología que no funcionó), del periodista Nicola Nosengo, oThe Electric Eden (El Edén eléctrico), del periodista musical Rob Young.

Se trata de textos fascinantes y muy bien escritos, por lo que cabe preguntarse hasta cuándo van a prevalecer los criterios que, por ejemplo, le otorgan a la “prosa chabona” o al “realismo atolondrado” de alguna ficción argentina actual un interés mayor que el que tienen todos estos extraordinarios libros de no ficción.

Chitarroni responde: “Va a costar mucho porque el rechazo o el encogimiento de hombros proviene de una sentencia contundente: ‘no son libros para el mercado de acá’. El mercado de acá absorbe así el aspecto de un monstruo mítico que se encarga de estrangular con sus tentáculos la singularidad del lector. Mejor dicho, hay otras maneras de tratar el azar y de ser tratados por él, aun a sabiendas de que existe la ley de probabilidades. Siempre le di crédito a la heterodoxia. Sé que no hay una sola manera de hacer las cosas. Disto de ser un infaliblista inefable. A los Beatles los sacaron carpiendo de varias grabadoras, porque decían que ese tipo de grupos vocales no estaban más de moda. Ian Fleming fue rechazado por muchísimos editores. Aunque esos son ejemplos de una industria más generosa. Me acuerdo de Severo Sarduy en los ochenta, muerto de miedo de que lo echaran de Editions du Seuil, porque había rechazado El nombre de la rosa. Un gerente alemán –Olaf Mantel–, respetuoso de la distancia, ante un temor de mi parte menos significativo, dijo: ‘A los editores se los juzga y valora por lo que editan, no por lo que rechazan’”.

Sin duda, la coartada perfecta que permite esconder detrás de una fachada de elegancia y anécdotas regidas por la facturación, la falta de independencia y de criterio.

Catálogos y mercados

Puestos a observar los catálogos de las editoriales de uno y otro lado del Atlántico, tal parece ser que la edición de no ficción en el mundo hispánico se limita a autoayuda, la filosofía y, sobre todo en Latinoamérica, a las ciencias sociales y a la política.

Cuando se le pregunta por la cuestión a Manuel Borrás, uno de los dueños de la editorial española Pre-Textos, comenta: “Tengo para mí que la única respuesta posible es la ignorancia. Suma a ella el hecho de que la mayoría de los editores, antes que descubrir, prefieren seguir la ruta de los dossiers de ‘prestigio’ internacional. Ahora nadie, a lo que se ve, sigue las modas, pero la mayoría de los catálogos son intercambiables. ¿No te huele eso a chamusquina? De un tiempo a esta parte he viajado, como suele ser mi costumbre, mucho, y da pavor comprobar la sospechosa y rara unanimidad de criterios editoriales. Es decir, ¿cómo es posible que en una librería del aeropuerto de Copenhague, al margen de las ‘glorias’ locales, coincidan casi milimétricamente los mismos autores con los de la librería del aeropuerto de Bogotá? ¿A nadie le llama la atención eso? Creo, en suma, que en nuestro medio se lee menos de lo que se dice. Nuestra coartada siempre es la misma: hacemos lo que nos reclaman. En fin, que una vez más la sociología precede o anula a la verdad”.

Editor en el Fondo Editorial Tierra Adentro (1990-1995), en el Colegio de México (1998-2010) y en Akal (2011), y desde hace 17 años dueño y director de Ediciones Sin Nombre, el mexicano José María Espinaza tiene otro punto de vista: “El mundo de la edición en español está supeditado al mercado de la manera más torpe, y las líneas de comportamiento las marca el mercado español, el más pujante, que, sin embargo, es bastante pobre. Eso influye en que las opciones de lectura se limiten, tanto en autores como en géneros. Nos falta imaginación. Estamos a punto de que la ley de la oferta y la demanda sea sólo la ley de la oferta, pues la demanda escoge otros caminos –de la web a la fotocopia– o desaparece. Lo paradójico es que, a pesar de ello, en México se da un fenómeno de pequeñas editoriales asombroso, buena factura, notables catálogos, imaginación editorial, nuevos caminos de difusión. Libros que prácticamente no están en las librerías y sin embargo circulan. Frente a la edición vertical, dictada por los grandes grupos y las distribuidoras e importadoras –sus cómplices–, se desarrolla un mundo editorial horizontal que no sé cuánto puede durar ni si sobrevivirá al mundo digital, pero que es absolutamente fascinante y muy propositivo”.

Géneros contaminados

Una prueba de cómo la sociología, las tesis de doctorado y los papers de historia transformados en libros se plantean como verdad excluyente de la edición de no ficción podría ser la contaminación que sufren otros géneros por esa impronta.

La crónica, por caso, parece resignada a ser en Latinoamérica crónica social. Sin embargo, como en el pasado lo demostraron Lucio V. Mansilla, Roberto Gache o Roberto Arlt, hay todo un mundo más allá de la villa miseria, el paco, la cumbia y otras desgracias nacidas de la pobreza, que los cronistas se ocupan de estetizar para después viajar por Latinoamérica alojándose en hoteles de cinco estrellas, pagados por una multinacional española, para firmar ejemplares que les paguen una buena conciencia.

Cuatro veces ganador del premio Pulitzer en la categoría no ficción, John McPhee (Estados Unidos, 1931) fue uno de los primeros introductores de la técnica ficcional a la crónica periodística. Profesor de Periodismo en la Universidad de Princeton, entre sus alumnos más célebres se cuentan David Remnick (hoy editor en jefe de The New Yorker), Richard Stengel (editor de Time) y Robert Wright (columnista estrella de The New York Times).

Desde A Sense of Where You Are (La noción de donde uno está), de 1965, a Silk Parachute (Paracaídas de seda), de 2010, McPhee escribió 32 volúmenes sobre los más diversos temas: geografía, naranjas, animales muertos en la ruta, la supervivencia de la canoa de corteza, el control de la naturaleza, oficios inusuales, etcétera. Sólo dos títulos fueron traducidos a nuestra lengua y eso fue en España, hace más de veinte años.

¿Y qué decir de Joseph Mitchell, best-séller absoluto por sus crónicas de Nueva York en la revista The New Yorker, donde publicó hasta su muerte en 1956? Sin embargo el autor deMy Ears Are Bent, McSorley’s Wonderful Saloon, Old Mr. Flood, The Bottom of the Harbor, Joe Gould’s Secret, volúmenes contenidos en Up in the Old Hotel, a pesar de alternar ficción y no ficción, sólo tiene un libro traducido en España hace doce años.
Entonces, ¿por qué, si las ventas de una novela nacional oscilan en la Argentina entre los 400 y 700 ejemplares –vale decir, nada–, los editores siguen manteniendo la superstición de la novela? ¿Por qué no probar otros géneros no transitados?

O dicho de otro modo, ¿por qué la edición argentina mantiene el criterio conservador de publicar nuevas novelas, escritas según los estilos archiprobados en que ya se escribieron antes, por la mera excusa de que sus autores son “jóvenes”, como si la juventud fuera algún criterio de valor?

“Básicamente, no estoy de acuerdo con la enunciación del problema y sus premisas –señala la experimentada Leonora Djament, editora de no ficción en Alfaguara, directora editorial en Norma y, actualmente, de Eterna Cadencia–. No creo que la edición argentina sea poco imaginativa frente a la edición de otros países. Creo, al revés, que después de tantas crisis que atravesó la Argentina, ha quedado demostrada la inventiva criolla para imaginar nuevos temas, nuevos modos de editar, nuevos formatos, nuevos modos de hacer circular el libro: de Eloísa Cartonera a la FLIA (Feria del Libro Independiente y Autogestiva); de los instant books a los libros-regalo; de las crónicas de Martín Caparrós o Alejandro Seselovksy a la llamada ‘autoficción’ local. Creo que cada editorial, en todo caso, elige los géneros que desea publicar pensando cuáles son los modos de hacer una intervención efectiva con su catálogo en las reflexiones contemporáneas. Y esto, por supuesto, sabiendo cuánto puede vender cada género y pensando cómo se puede armar una editorial en función de esas ventas.”

Ficción sí, ciencia no

Por su parte, Alejandro Archain, director de la filial argentina del Fondo de Cultura Económica, de México, no ve el problema vinculado con una mayor o menor imaginación, sino con otros aspectos: “Uno de ellos puede ser el del desarrollo del mundo editorial y las posibilidades que brinda el mismo. Por otro lado, las grandes corrientes de pensamiento filosófico y político que han tenido su desarrollo en países de habla inglesa, como así también en Alemania y Francia, tal vez hayan hecho que se desarrollara a su vez mucho más el género ensayístico, como así también el de la ciencias. De todas maneras, el género de ensayo ha tenido un mayor crecimiento en nuestros países en los últimos años, aunque cuando uno va a ferias como la de Frankfurt, los editores europeos y americanos se interesan por nuestra narrativa, pero no por los ensayos. En ese sentido, tal vez lo que pasa es que la imaginación desplegada en la ficción les interesa, no así nuestra capacidad para la investigación científica o el pensamiento”.
Volvemos así al principio: ¿en qué consiste la originalidad de nuestro pensamiento? ¿Quién decide cómo debe formularse? ¿Cuál es el verdadero valor de nuestra ficción?

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