EL MONTEVIDEANO QUE SE CREIA TRANVIA

Entre los personajes impagables que ha tenido Montevideo, el famoso Capitán Virutas debe haber sido de los mas pintorescos. Recorrió nuestras calles allá por mil ochocientos ochenta y tantos (y en este caso “recorrer nuestras calles” no es modo de decir sino expresión literal, pues tal era el oficio que este hombre se había asignado). Estaba convencido de que era un tranvía, ni mas ni menos; y actuaba y se comportaba como tal, trotando de la mañana a la noche por el Centro, encaramándose por los peores repechos, frenando fuerte en las bajadas peligrosas, arrastrado siempre por supuestos caballos idénticos a los que tiraban de los tranvías de verdad.
Parece que este Capitán Virutas era un tipo de estatura mediana; usaba invariablemente una galerita redondeaba que le era característica, y que solía caerle requintada sobre un costado. Su figura había acabado haciéndose popular, y ya todo el mundo le conocía su manía y se la festejaba buenamente, porque, de todas maneras, aquel pobre demente no hacia mal a nadie con eso de creerse tranvía. Y allá se lo veía pasar, azuzando con un látigo imaginario al imaginario cadenero que punteaba en la imaginaria tropilla. Si llegaba a una bocacalle, por precaución hacia sonar una imaginaria corneta igual a la que usaban entonces los tranvías verdaderos; en cada esquina detenía la marcha para permitir que el “pasaje” subiera o bajase del tren, y luego reemprendía la marcha no bien la campanilla del guarda imaginario le daba salida. Pero el Capitán Virutas alcanzaba su mayor notoriedad las tardes de corridas de toros. En esas ocasiones se convertía en un tranvía de los que hacían la carrera entre el Centro y la Plaza de Toros de la Unión. Se ponía a la par de los tranvías verdaderos que partían desde Plaza Independencia atiborrados de taurófilos entusiastas, y marchando a su flanco los acompañaba durante el recorrido, recibiendo todo el tiempo las voces de estimulo de los pasajeros que lo incitaban a no retrasarse en sus carrera …

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