El monte Sinaí

“¿Quién subirá al Monte de Yaveh?

¿Quién podrá estar en su recinto sacro?

El de manos limpias y puro de corazón ”

(Salmo 24,3-4).

El camino no está exento de ironía. Es agosto, medianoche y reposo sobre una roca en el enigmático y ardiente Sinaí, meca del misticismo. Observo con calma las decenas de peregrinos que junto al mayestático Monasterio de Santa Catalina, construido hace quince siglos, nos disponemos, decididos, a emprender la romería hacia el corazón del desierto: el monte de Moisés, Jebel Musa para las tribus beduinas que pueblan el lugar.

Tras varias jornadas de viaje por los áridos arenales de este triángulo estratégico que separa Oriente de Occidente, el mar Mediterráneo del Mar Rojo, dejando atrás, en el camino, tantos poblados legendarios, la llegada al Monte Sinaí, lugar de adoración para musulmanes, cristianos y hebreos -sin distinción-, esconde la promesa de una invitación a la reflexión. Un encuentro con la espiritualidad que esconde la montaña sagrada en la que, según el Antiguo Testamento, recibió Moisés las Tablas de la Ley con los Diez Mandamientos.

Iniciamos la travesía. Tortuosos y pedregosos caminos, y profundos precipicios, son durante horas nuestra única visión, exceptuando el embrujo de la bóveda explosivamente estrellada y algún descanso en el que regocijarse gracias a la hospitalidad árabe. Las linternas, aliadas de un camino sólo transitable de noche por las altas temperaturas del día y el implacable sol del desierto. El silencio casi eclesiástico de los caminantes, un acompañante más que invita al retiro con uno mismo.

Las Escaleras del Arrepentimiento

Por obra y gracia de la divina providencia, tras horas de taciturna procesión, el camino se bifurca en un llano llamado Los Siete Ancianos de Israel. Una opción es continuar por un camino de idéntica orografía hasta la cima. Un camino asequible, aunque más largo, por el que transitar en una especie de duermevela. La otra, escoger la ruta conocida como Sikket Saiyidna Musa (el Sendero de Nuestro Señor Moisés) o, más comúnmente, como Las Escaleras del Arrepentimiento, talladas a mano muchos siglos atrás. A pesar del augurio de penitencia de tal denominación, la curiosidad puede. Siempre puede.

Dicen que son 3.750 peldaños tallados en la propia piedra. No los conté, no me animé. Pero puedo dar fe de que hacen honor a su nombre. La desigualdad de los peldaños es una constante y algunos de ellos llegan a medir un metro de altura. Sumada la falta de luz, las siguientes dos horas se convierten en un espacio de expiación, casi un flagelo por lo fatigoso del trayecto. Pero, la filosofía del buen vagabundo se apoya en la no necesidad de nada y el talante de aceptar lo que venga sin queja alguna.

Finalmente, llegas a la cima. Aún de noche. Y el frío cae implacable. Suerte, de nuevo, de la gentileza árabe, que no tarda en proporcionarme una regia y ajada manta para protegerme hasta que llega el sol. Me duermo. Alguien me despierta. Clarea en el horizonte. Ha llegado la hora de ver a Dios.

La hora de ver a Dios

Y Dios se presenta de madrugada para mostrar uno de los espacios más impactantes del mundo: cimas rojizas que rompen en multitud de formas el azul de un cielo inmaculado. Y convierte la inmensidad en un templo.

El silencio da paso a los cánticos de los creyentes que se arremolinan junto a la pequeña capilla. Uno toma conciencia en sus entrañas de que cada sol tiene su ocaso. Que todo ocaso ofrece una ocasión.

Y pronto el nuevo sol empieza a avivarse. Es necesario iniciar la bajada y ponerse a resguardo. Y deshacemos el camino, que de día se presenta lleno de esos contrastes que hacen del mundo algo fascinante.

Como reza un proverbio árabe, “los que de veras buscan a Dios, dentro de los santuarios se ahogan”.

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