El misterio de Jesús y María Magdalena

La teoría de El código Da Vinci no es nueva. Ya en 1951 Nikos Kazantzakis publicó su célebre novela La última tentación de Cristo, que le valió la excomunión de la Iglesia Ortodoxa, en la que presentaba a Jesús como marido de la Magdalena. Más tarde, en 1970, el profesor norteamericano William Phipps escribió la obra ¿Estaba Jesús casado?, afirmando que por el ambiente histórico de su tiempo Jesús necesariamente tenía que haber contraído matrimonio. Y en 1971 la ópera Jesucristo Superstar mostraba a María Magdalena manteniendo una relación afectiva con Jesús y cantando su famoso “No sé cómo amarlo”. Pero quien mejor ha desarrollado el amor sensual entre Jesús y la Magdalena es el escritor portugués José Saramago en su libroEl Evangelio según Jesucristo, escrito en 1991.

 

¿En qué se basan estos autores para defender semejante idea?

 

Hacerle caso a Dios

 

En realidad el Nuevo Testamento no dice nada sobre el estado nupcial de Jesús. Por eso, el principal argumento de los que afirman que sí tenía esposa es que en tiempos de Jesús todo judío se casaba.

 

Y hay que reconocer que eso es cierto. En la sociedad judía del siglo I, el celibato estaba mal visto y era algo vergonzoso. Eso se debía a que, según la Biblia, Dios al crear a Adán y Eva les había ordenado: “Sean fecundos, multiplíquense y llenen la tierra” (Gn 1,28). Por eso los rabinos enseñaban que ningún hombre decente podía dejar de cumplir ese mandamiento divino. Tan importante se consideraba el matrimonio, que el rabino Eliezer ben Hircano calificaba de “asesino” al hombre que no tenía hijos. Y el Talmud, libro religioso de los judíos, enseñaba que “un hombre sin una mujer es sólo medio hombre”. Por lo tanto, concluyen, Jesús tuvo que haber estado casado; si no, su credibilidad como maestro habría sido puesta en duda, y su estado civil habría llamado mucho la atención de sus contemporáneos, cosa que no aparece en los evangelios.

 

¿Qué se puede decir sobre este argumento? Que es bastante débil. En efecto, si bien es cierto que en la época de Jesús todo buen judío se casaba, también es verdad que hubo numerosas excepciones.

 

Sabemos, por ejemplo, que algunos judíos, como los esenios (una corriente interna del judaísmo) se mantenían célibes y no se casaban. También conocemos otro grupo de judíos, llamados los terapeutas, que vivían en Egipto, y que llevaban una vida austera y ascética, y practicaban la castidad y la abstención del matrimonio de por vida. Por lo tanto, el celibato de los judíos no era algo tan insólito en el siglo I como se pretende afirmar.

 

“Que otros lleven adelante el mundo”

 

Además, sabemos que en la Biblia hubo varios personajes importantes que no se casaron. Por ejemplo Jeremías, uno de los más grandes profetas de Israel (Jr 16,1-4); y su soltería no fue voluntaria sino que Dios se la pidió, como una señal para los israelitas de que pronto serían exterminadas todas las familias del país. O sea que en ciertos casos es Dios mismo quien pide el celibato a algunas personas.

 

También el profeta Eliseo parece haber sido soltero. En efecto, cuando fue llamado por el profeta Elías para que fuera su discípulo, Eliseo le pidió permiso para despedirse de su padre y de su madre (1 Re 19,19-20); no parece, pues, haber tenido ni mujer ni hijos. Y poco después Eliseo abandonó su casa y su trabajo (1 Re 19,21) y empezó una nueva vida itinerante, lo cual indicaría que nunca se casó.

 

En la época de Jesús encontramos otro gran profeta célibe: Juan el Bautista. Aunque el Nuevo Testamento no lo dice expresamente, el haber pasado toda su infancia y adolescencia en medio del desierto (Lc 1,80), y que al llegar su vida adulta se dedicara a vagar por lugares inhóspitos, alimentándose de langostas y miel silvestre, sin domicilio fijo, y predicando la inminente llegada del juicio divino contra Israel (Mc 2,4-8), así parecen indicarlo. Además, cuando a Juan lo degollaron dice el Evangelio que “sus discípulos recogieron el cadáver y le dieron sepultura” (Mc 6,29). O sea que no tenía ni mujer, ni hijos, ni familiares que pudieran encargarse de organizar su funeral.

 

Hubo también a fines del siglo I d.C. un famoso rabino, Simeón ben Azzai, que enseñaba que todo buen judío tenía la obligación de casarse, porque si no “despreciaba la imagen divina”. Pero él, curiosamente, nunca se casó. Y cuando le preguntaron por qué no practicaba lo que enseñaba exclamó: “¿Qué le voy a hacer? Mi alma está enamorada de la Ley. La conservación del mundo puede ser llevada adelante por otros”.

 

Una frase que da qué pensar

 

Todo esto muestra que si bien los judíos no veían con buenos ojos el celibato, y hasta lo consideraban una ofensa a Dios, ciertas personas lo practicaban en casos excepcionales, y por motivos religiosos.

 

Con estos antecedentes, no resulta extraño pensar que Jesús de Nazaret también haya permanecido soltero. Sabemos, en efecto, que él no siempre cumplía las leyes judías (Mc 2,23-28), y que llamaba la atención por no respetar las tradiciones (Mc 7,1-13). En muchos aspectos, pues, Jesús demostraba tener un comportamiento inusual e insólito. Y si el famoso rabino Simeón ben Azzai fue capaz de no casarse por amor a la palabra de Dios, nada tiene de extraño que Jesús hubiera hecho lo mismo.

 

La soltería de Jesús parece confirmada por una frase suya. Cierto día, mientras enseñaba que el hombre no debe divorciarse de su mujer, sus discípulos le dijeron: “Entonces es mejor no casarse”. Y Jesús respondió: “No todos pueden entender esto. Porque hay eunucos que nacieron así; hay otros eunucos hechos por los hombres; y otros se hacen eunucos a sí mismos por el Reino de los Cielos” (Mt 19,10-12). Estas extrañas palabras de Jesús sobre el celibato, que según él “no todos pueden entender”, parecen una autojustificación suya frente a las críticas de sus enemigos por el hecho de que permanecía soltero.

 

Vemos, pues, que el contexto histórico y literario del Nuevo Testamento más bien lleva a pensar que Jesús fue célibe, y no que estuvo casado.

 

El fácil recurso a lo esotérico

 

Como el autor de El código Da Vinci sabía que el Nuevo Testamento favorece la idea de que Jesús no estuvo casado, para probar su teoría prefirió recurrir a otro argumento más enigmático: el de los libros apócrifos. En efecto, dice que dos de estos Evangelios, El Evangelio de María El Evangelio de Felipe, mencionan el matrimonio de Jesús con la Magdalena. Se trata de un excelente argumento, porque como la mayoría de la gente no conoce estos libros, cuando alguien los cita, automáticamente se suele creer que es cierto lo que se dice de ellos. Pero ¿realmente estos libros hablan del matrimonio del Señor? Vamos a analizarlos para averiguar si es verdad o no.

 

Comencemos con El Evangelio de María. Se trata de un libro descubierto en la localidad de Akhmim (Egipto), en 1896. Éste incluye una escena, que es la que Dan Brown cita como prueba, en la que Pedro y los discípulos dicen a María Magdalena: “Nosotros sabemos que el Salvador te amaba más que a las demás mujeres. Cuéntanos las palabras del Salvador que tú recuerdes, y que nosotros no conocemos”. Entonces María les cuenta lo que Jesús le habría mostrado en una visión. Cuando termina, Pedro molesto le dice: “¿Cómo es que (Jesús) habló con una mujer sin decirnos a nosotros, y ahora todos tenemos que recurrir a ella y escucharla? ¿Acaso la ha preferido a ella?” Pero Leví le responde: “Pedro, siempre fuiste impulsivo. Veo que tratas a esta mujer como si fuera un enemigo. Si el Salvador la hizo digna, ¿quién eres tú para rechazarla? Sin duda el Salvador la conoce muy bien. Por eso la amó más que a nosotros”.

 

Los celos de dos comunidades

 

¿Qué pensar de este diálogo? Primero, digamos que el Evangelio de María se escribió alrededor del año 200. Por lo tanto no pudo haberlo escrito María Magdalena, como dice El código Da Vinci. Tampoco pudo haberlo escrito ninguno de los seguidores originales de Jesús. O sea que tenemos pocas razones para creer que sea históricamente confiable.

 

Segundo, notemos que ni aquí ni en ninguna otra parte de este Evangelio se dice que María Magdalena era la esposa de Jesús. Sólo se dice que el amor que Jesús sentía por ella lo llevó a hacerle revelaciones especiales, pero no a hacerla su esposa.

 

Y tercero, tengamos en cuenta que el Evangelio de María fue escrito por un grupo de cristianos pertenecientes a la secta de los gnósticos, aparecida en el siglo II. Y esta secta había roto relaciones con la Iglesia cristiana oficial, que tenía a Pedro como jefe. Por ello, muchos estudiosos creen que el texto que hemos citado debe interpretarse de manera simbólica, es decir, Pedro representaría a la Iglesia oficial, y María Magdalena representaría al grupo de los gnósticos. Lo que este Evangelio intentaba decir, pues, en el pasaje arriba mencionado, es que María (o sea, los gnósticos) había recibido ciertas revelaciones divinas que Pedro (la Iglesia oficial) no conocía. Por eso Pedro se sentía celoso, no quería admitirla en el grupo, y trataba a María (los gnósticos) como enemiga.

 

Nada hay pues en este libro apócrifo que nos lleve a pensar en una relación conyugal entre María Magdalena y Jesús. ¿Tendremos más suerte con El Evangelio de Felipe?

 

Una prueba improbable

 

Este Evangelio constituye el argumento más fuerte de quienes defienden el matrimonio de Jesús con María Magdalena. Fue escrito hacia el año 250, y descubierto en Nag Hammadi (Egipto) en 1945, como parte de una biblioteca de libros gnósticos. En él hay dos pasajes que se refieren a María Magdalena. El primero dice: “Tres eran las que caminaban continuamente con el Señor: su madre María, la hermana de ésta, y Magdalena, a quien se la designa como su compañera” (nº 32).

 

Como aquí a la Magdalena se la llama “la compañera” (koinonós en griego) del Salvador, el autor de El código Da Vinci cree que eso probaría el matrimonio de Jesús con María. Según él, “compañera” significaba en aquel tiempo “esposa”, “cónyuge”. Pero el argumento resulta falso. Es cierto que la palabra “compañera” puede en ciertos casos significar “esposa”. Sin embargo la mayoría de las veces la palabra significa “socio”, “colaborador”, “camarada”. Por ejemplo en el Nuevo Testamento se dice que Santiago y Juan eran “compañeros” de Pedro (Lc 5,10); y no por eso eran “pareja” de Pedro, sino sus socios comerciales en la pesca. De Tito se dice que era “compañero” de Pablo (2 Cor 8,23), y no por eso significa que era su consorte.

 

Por lo tanto, la afirmación de que María Magdalena era la “compañera” de Jesús significa sólo que era su socia, su colaboradora, pero no su esposa.

 

Los besos quién sabe dónde

 

El otro pasaje del Evangelio de Felipe referido a la Magdalena es el más sugerente. Dice: “La compañera del Salvador es María Magdalena. Cristo la amó más que a todos los discípulos, y solía besarla frecuentemente en (la boca). Los demás discípulos se ofendieron por eso y le dijeron: «¿Por qué amas a ella más que a nosotros?» El Salvador respondió: «Un ciego y un vidente no se distinguen entre sí; pero cuando llegue la luz, el vidente verá la luz y el ciego quedará a oscuras»” (nº 55-56).

 

Este texto sí parece ser finalmente una prueba irrefutable del matrimonio de Jesús y la Magdalena. Pero no lo es.

 

Primero, porque hay una parte del manuscrito que está dañada. En realidad el texto dice que Cristo “solía besarla frecuentemente en…” y falta la palabra que sigue. O sea que no sabemosdónde Cristo besaba a María. Dan Brown dice que en la boca. Pero algunos estudiosos piensan que la palabra que falta es “mejilla” o “frente”, ya que cualquiera de ellas encaja perfectamente en el espacio dañado del manuscrito.

 

Segundo, aun cuando el texto dijera que Cristo besaba a María Magdalena “en la boca”, la expresión no tendría ninguna connotación sexual. Como ya dijimos, los textos gnósticos son simbólicos, y el hecho de besar a alguien en la boca significaba transmitir una sabiduría especial, un conocimiento secreto, una enseñanza que los demás no pueden recibir, como se ve en el nº 31 de ese mismo Evangelio, donde dice: “La Palabra sale de la boca, y quien se alimenta de la boca es perfecto. Los perfectos son fecundados por un beso y engendran. Por eso nos besamos unos a otros, para recibir la fecundación por la gracia mutua”.

 

Tercero, aun cuando interpretáramos literalmente el texto del beso en la boca, el hecho de que los demás discípulos se quejen demuestra que María no era la esposa de Jesús. En efecto, si Jesús hubiera estado casado con ella, ¿qué sentido tendría que los discípulos le preguntaran por qué la quería más a María que a ellos? La reacción celosa de los discípulos muestra que María no era en absoluto la esposa de Jesús.

 

Por lo tanto, los Evangelios apócrifos lejos de constituir una prueba del matrimonio entre Jesús y María son más bien una evidencia en su contra.

 

Una larga lista de parientes

 

Si Jesús hubiera estado casado no habría hecho nada insólito, ni habría ido en contra de su condición divina, como algunos pueden pensar. Pero para poder afirmar semejante cosa primero hay que demostrarla. Y ya vimos que ni el ambiente cultural de su época, ni los Evangelios apócrifos, ni ningún otro libro, ni documento, ni texto, ni autor, ni escritor alguno antiguo da pie para suponer que Jesús estuvo casado.

 

Sabemos que el Nuevo Testamento menciona a muchos parientes de Jesús: a su madre, a su padre, a sus hermanos, a sus hermanas. También alude a numerosas mujeres que lo seguían: la Magdalena, Juana, Susana, María la madre de Santiago y José, la madre de los hijos de Zebedeo. Un escritor del siglo II llamado Hegesipo nos habla incluso de un tío de Jesús, y de un primo. Pero jamás nadie mencionó a ninguna esposa, y menos aún a ningún hijo. Frente a tantas referencias de autores antiguos sobre la familia de Jesús y las mujeres cercanas a él, el absoluto silencio que hay sobre su esposa y sus hijos tiene una única explicación: no existieron. Y si alguien lo afirma es porque lo acaba de inventar.

 

 

Por mucho que cueste Dios

 

Todos los judíos de la época de Jesús se casaban antes de los 20 años. Y era normal que todo maestro tuviera una esposa. Pero Jesús no la tuvo. Quizás porque él sabía que era un maestro especial. Sabía que había venido al mundo para anunciar algo que nunca antes ningún profeta había anunciado: la llegada del Reino de Dios. Y pensaba que a semejante tarea debía consagrarle todo su tiempo, todas sus fuerzas y toda su vida. A sus seguidores les exigió que abandonaran todo, incluido los lazos familiares, y lo siguieran (Lc 18,29-30). Por lo tanto, él tuvo que haber dado el ejemplo. Así se deduce de aquella frase suya en la que afirma que no tenía ni “una piedra donde reclinar la cabeza” (Lc 9,58). Habría sido un maestro muy incoherente si hubiera pedido semejante renuncia a los demás y él no la hubiera practicado.

 

Jesús de Nazaret fue célibe porque entendió que la misión que debía llevar a cabo requería grandes renuncias, aunque éstas fueran tan sagradas como el matrimonio. Dios no pide a todos que hagan tales renuncias. Pero sigue siendo cierto que todo proyecto, todo ideal, todo sueño, implica siempre grandes sacrificios y enormes desprendimientos. Después, cuando uno ve las cosas a la distancia, descubre que valía la pena haberlos hecho, y que no significaron nada en comparación con las cosas grandiosas que gracias a ello pudo realizar. Porque como decía san Juan Bosco: “por mucho que nos cueste Dios, nunca resultará caro”.

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