El maricón de la crónica

HONGOS

Los amores son así, se condimentan con sal en los raspones. O eso pareció en la actuación de Pedro Lemebel en Guadalajara, pero en definitiva quién sabe qué hay entre dos.

El poeta chileno estaba en el escenario desplegando sus talentos. Logrando hacer un poema a partir del tópico del niño boliviano que no conoce el mar. Pegando sus palitos. Al stand de Chile: “Qué cosa horrible, ese palafito de cuatro palos. ¿Saben por qué? Por hacerse los pobres”. Burlándose de las nuevas tendencias en periodismo: “Yo era el maricón de la crónica, un género bastardo. Ahora todos escriben Cróoooonica”.

Hace eso y anuncia otra presentación. Donde estarían Rossana Reguillo y el crítico Ignacio Echevarría. Y se va en elogios a Echevarría “a quien me comería con todo y zapatos”. Pero los zapatos de Echevarría ya no están ahí. Dejaron la primera fila temprano, en un intervalo de aplausos.

 

La silla vacía de la Feria  del Libro de Guadalajara

“Esta es la Feria de Fuentes porque no es la Feria de Bryce”, decían en los pasillos de la Feria del Libro de Guadalajara, que terminó el domingo. Se sabe: el jurado del Premio FIL, con el que la Feria reconoce a un escritor, eligió al novelista Alfredo Bryce Echenique, condenado por plagiar 15 artículos periodísticos. Su elección abrió una polémica, de la que participaron desde intelectuales hasta estudiantes que se pasearon por ahí con remeras que decían: “Fue sin querer queriendo”.

En fin, que la FIL hizo un delivery del premio en Lima, en casa de Bryce, y en vez de gran apertura con premiado hubo apertura sin mencionar el galardón y todo fue… homenaje a Carlos Fuentes.

“Una silla está vacía en esta feria”, decía el video de presentación y si alguien sospechaba que era la del peruano, mmm, mal pensado. “Ninguna silla está vacía, la ocupa Carlos Fuentes”, concluían. Hubo quien dijo que era una confesión.

Así que hubo más de un homenaje (a Fuentes) durante la Feria. En uno estuvo la mexicana “Elenita” Poniatowska, presentada por el periodista español Juan Cruz como “la única Elena que a los 80 años se llama todavía ‘Elenita’”.

Cruz señaló también a una de las figuras más observadas de la Feria: Silvia Lemus, la viuda de Fuentes. “A veces el nombre propio es el nombre del que va contigo”, dijo, hablando de ella como “Silvia Fuentes”.

También estaba el nicaragüense Sergio Ramírez, vicepresidente durante el período sandinista. El recordó que la última vez que vio a Fuentes, en abril, Fuentes pidió: “No me abraces tan fuerte, que esos abrazos tuyos son como de oso y un día me vas a triturar”. Y Ramírez: “Son como de correligionario del PRI, capaces de sacarte la flema del pecho”.

La argentina Luisa Valenzuela contó que lo conoció en París, en la casa de Botero. Que él dijo que llamara, entonces ella llamó un día y él invitó: “Te vienes ya mismo, Silvia está entrevistando a Ionesco”. Que Luisa quiso estar hermosa, que se preparó –“me emperifollé”– y para cuando terminó, el dramaturgo del absurdo se había ido. Ahí empezó una amistad. ¿El vínculo del cosmopolita Carlos Fuentes con la Argentina? “La Argentina –dijo Valenzuela– era un segundo hogar. Pero debe haber tenido muchos segundos hogares”.

 

Argentinos en una “guerrilla poética”

Lo que se ve primero son dos muchachos argentinos que andan por la Feria de Guadalajara. Uno es alto, muy rubio, se llama Germán Gacio Baquiola, le gusta remedar una pronunciación que no es porteña, decir Iuvia (lluvia). El otro es flaco, menos histriónico, “el poeta”: Sebastián Goyeneche. Van a hablar de su editorial, Nulu Bonsai y a la hora fijada hay en la sala siete personas. Pero ellos, no.

Hay mesa, micrófonos, hasta un esmerado adorno floral. Ellos no están.

Llegan media hora después. Cuentan que se conocen desde los 11 años, que no venden en librerías porque prefieren “contacto directo”, que “en Buenos Aires es difícil tener un stand por los precios”, que su catálogo es de “guerrilla poética” y que “al sistema no se le puede hacer frente desde lo materialista sino desde lo humano”.
Goyeneche canta una copla, un poema, sobre cómo la gente está acostumbrada al consumo.

Días después, en el cóctel de la editorial Tusquets, hacen un número parecido frente a varios editores. Gacio entrega una tarjeta donde hay tres empresas. Una, dice, creada “hace quince días”. Y habla de su amigo como “el poeta famélico”. Un editor italiano les pide número de stand. Mañana, dice, voy a ver qué tienen.

 

Un escritor sin nombre ni nacionalidad

Leopoldo Brizuela está en Guadalajara cerrando la gira que hacen los ganadores del Premio Alfaguara. Le hacen centenares de entrevistas. En una, por radio, lo presentan: “Un escritor chileno nacido en Buenos Aires”. Por pudor, Brizuela, que nació en La Plata, República Argentina, no dice nada. “¿Qué es lo que más le interesa de la literatura chilena?”, insiste la periodista. Brizuela, por qué no, contesta, contesta qué es lo que le interesa. No aclara.

Al rato se sienta para otra entrevista. “Querido escritor”, le dice el entrevistador, que no sabe el nombre: “¿Qué opina del futuro de la humanidad?”

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