El mapa donde conviven ciudadanos diferentes

Es común entre los investigadores pensar que los procesos de politización dentro de una frontera no pueden ser estudiados sin tener en cuenta el papel del Estado, aun cuando éste aparezca como una figura protocolar detrás de grandes corporaciones económicas, o fantasmalmente en selvas o montañas donde habitan pueblos cuyos ascendientes exceden milenariamente el concepto de territorio nacional. Por lo tanto, es necesario analizar el modo en el que interviene el Estado a través de sus instituciones y mecanismos de dominación sobre los distintos movimientos sociales.

Pero hablar de dominación no es en sí mismo algo malo. Thomas Hobbes, un filósofo en nuevo ascenso, defendió el dominio absoluto y habló así hace 4 siglos: “ese gran Leviatán que llamamos república o Estado que no es sino un hombre artificial, aunque de mayor estatura y robustez que el natural para cuya protección y defensa fue instituido; y en el cual la soberanía es un alma artificial que da vida y movimiento al cuerpo entero”. El análisis del sociólogo Emile Durkheim, por el contrario, no fue muy alentador y lo siguieron con matices pensadores como Gramsci y Foucault: “El Estado (…) es, primero y sobre todo, un ejercicio de legitimación; y cabe suponer que lo que se legítima es algo que, si se pudiera ver directamente como es, sería ilegítimo, una dominación inaceptable. Si no ¿para qué tanto trabajo legitimador?”.

Si el Estado es, como dicen estos pensadores, una legitimación del dominio, volverá su ojo constante a su espacio más íntimo y su producción más ambiciosa, las ciudades.

La cuestión urbana interrogada (Café de las ciudades) es una compilación de trabajos de investigadores del área de estudios urbanos del instituto Gino Germani (UBA), a cargo de las sociólogas Mercedes Di Virgilio, Hilda Herzer, Gabriela Merlinsky y María Carla Rodríguez. El libro trata fundamentalmente la cuestión del espacio y el territorio desde un punto de vista sociológico y desde su densidad política, que se mide en este caso por la tensión entre el Estado y los sectores no privilegiados por sus normas.

El libro se divide en cuatro secciones según el problema más particular que se aborde, que son introducidos por las compiladoras ya mencionadas. Las secciones son: Instrumentos de gestión del hábitat popular; Políticas públicas urbanas y socio territoriales implementadas en ciudades de América Latina; Derechos, crisis y demandas ciudadanas; y La cuestión ambiental y sus desafíos en nuestras ciudades. Los trabajos que se presentan en cada una corresponden a las ponencias presentadas en el taller Transformaciones urbanas, ambientales y políticas públicas, que tuvo lugar en 2010 en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

El problema político del territorio ya se anticipa en el prólogo según un aspecto intrínseco a su metafísica: “La división y repartición del espacio, dice la arquitecta Nora Clichevsky, determina las relaciones y simetrías sociales, ya que el espacio es el sustrato físico más elemental en el que ellas se desenvuelven”. Pero al aspecto físico del espacio se agrega otro aspecto, también intrínseco a la presencia de seres humanos, que es el simbólico. Aquí ya no hablamos de partes materiales, rígidas y fragmentables, sino de la fuerza o debilidad en los vínculos invisibles que se trazan dentro del espacio. Esto es lo que dicen Natalia Cosacov y Mariano Perelman en su trabajo: la ciudad de Buenos Aires es una ciudad abierta, donde no predominan los barrios cerrados, pero las fronteras territoriales existen igualmente en el plano simbólico y no de manera más suave. Los autores analizan el caso de los cartoneros, un grupo social cuya presencia es tolerada en el espacio público de muchos barrios en la medida en que cumplan su función productiva y que adopten un estándar de conducta aceptable. Pero esta presencia es tolerada siempre que sea transitoria, no permanente. Cuando esto sucede, puede haber conflicto con los “vecinos”, aquellos que pueden pagar una vivienda y que aparecen como la comunidad moral y legítima del barrio, interlocutores privilegiados del Estado para incidir en la política pública.

Otro concepto que se trata es el de ciudadano, próximo al de vecino. Lorenzo Langbehn, Carolina Montera, Matías Ronis y Melina Tobías investigan las distintas formas en que el concepto de ciudadanía se vuelve concreto en las relaciones que establecen distintos movimientos sociales con el Estado en torno a conflictos ambientales. Según Gabriela Merlinsky, quien comenta el trabajo: “estos procesos conflictivos producen diferentes agregaciones de intereses, a partir de los cuales se reconfiguran distintas formas de respuesta estatal a las demandas. En estas modalidades, que incluyen la generación de diversos dispositivos participativos, también hay diferentes concepciones implícitas o explícitas de la ciudadanía”. El aspecto de ciudadanía que se pone en juego en torno a este tipo particular de conflictos demuestra ser de tipo activo y colectivo, y busca generar un cambio en las políticas ambientales que sea respaldado por el Estado. Los autores concluyen: “se trata de una noción de ciudadanía como diferencia más que como igualdad formal, lo que suscita una cuestión de representatividad que se resuelve pragmáticamente caso por caso (…) y de una ciudadanía territorial, o arraigada en una territorialidad cuya definición es parte central de la disputa”.

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