EL MAL, ¿HACE BIEN?

“El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.
Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: « ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que él les decía cuando aún estaba en Galilea: “Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día”». Y las mujeres recordaron sus palabras.” (Lc 24, 1-8)

Fiódor Dostoyevski, uno de los principales escritores en la época de la Rusia Zarista, señalaba que “el campo de batalla entre el bien y el mal es el corazón humano”. Es decir, no es el cuchillo, ni el revolver el que mata, es el corazón armado del hombre el que lo hace. No hay estructuras corrompidas sin previos corazones corrompidos. Como nos lo dice Jesús, es del corazón del hombre de donde “proceden las malas intenciones, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las difamaciones.” (Mt 15,19)
Esta tensión, que habita el corazón humano, cruza la vida de todos los hombres, de todos los tiempos, tan es así que el mismísimo San Pablo resumirá esa lucha interior diciendo: «hago el mal que no quiero y no hago el bien que quiero» (Rom 7,19), y con belleza poética lo manifestará el genial Lope de Vega:
“¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?
¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el ángel me decía:
«Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía»!
¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!”
En esta tensión el mal tiene la astucia de presentarse bajo ropaje de bien, es como si nos quisiera convencer que “el mal hace bien y el bien hace mal”. De una manera muy sutil lo susurra en el interior de los hombres.
Lo susurra cuando nos sugiere que es mejor copiar que estudiar, ser infiel que fiel, ser chanta que responsable, pasar el semáforo en rojo que esperar, coimear que ser honesto, colarse que respetar la fila, embriagarse que ser sobrio, ser impuro que puro, mercantilizarse que servir, ser rencoroso que misericordioso, ser corrupto que íntegro y pretende convencernos que el estudioso es traga y el chanta piola, que el fiel es tonto y el infiel un vivo bárbaro, que el honesto es buenudo y el corrupto aprovechador de oportunidades, que el infierno es entretenido y el cielo aburrido.
A esta “verdadera trampa antropológica” en la que el mal busca enredarnos vistiendo de plenitud y futuro lo que es degradación y destrucción, Jesucristo la derrotó en la cruz redentora con su resurrección, de tal manera que nos dice ,con su vida nueva, que solo el bien tiene futuro, que en la “nueva ciudadanía resucitada” no tienen lugar los chantas, los mediocres, los idólatras, los prepotentes, los soberbios, los totalitarios, los intolerantes, los corruptos, los amigos del poder, los que siembran odios y rencores, los que buscan sus propios intereses.
¡Que bien nos hace saber que sólo el bien realiza a la persona humana y a las comunidades!
¡Que bien nos hace saber que los que apuestan por el mal se encierran en espejismos de realizaciones truchas y quedan entrampados en el chiquitaje del momento sin futuro!
Quiera Dios que Argentina no busque en la muerte, vida, no busque en la confrontación realización, no busque en la descalificación futuro y pueda traer a la memoria “la hermandad que El nos ganó con su sangre, la vigencia de los diez mandamientos, la valentía de saber que el pecado es mal negocio, pues el demonio es mal pagador, que los pactos de impunidad son provisorios y que nadie se ríe de Dios.” (Cardenal Bergoglio)

Pbro. Lic. Alberto Agustín Bustamante, presidente de Consudec

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