El legado de Carlos Fuentes

Descubrí a Carlos Fuentes en colegio, a través de esa maravilla llamada Aura . En los años universitarios en Buenos Aires leí y admiré Las buenas conciencias y La muerte de Artemio Cruz . Con La región más transparentecomenzaron las primeras desaveniencias: había secciones ejemplares que mostraban a un gran narrador de la revolución mexicana, y otras que consolidaban de manera verosímil su mirada peculiar del tiempo mexicano como algo simultáneo y no lineal, en el que la historia da lugar al mito. Sin embargo, también había partes muy discursivas, con reflexiones agotadoras sobre el verdadero rostro del mexicano. Igual quedaba el asombro ante el ritmo y la fluidez de su lenguaje barroco, mutante, capaz de adoptar el habla del pueblo en una página y el de la élite en otra. Como Vargas Llosa, Fuentes parecía capaz de estar en todas partes, y en cierto modo lo estaba: en los libros, en los periódicos, en la televisión.

El Boom lo formaron no solo las obras sino las redes, los contactos, y el escritor mexicano fue central en esa revolución, como recuerda José Donoso en Historia personal del Boom : “Fuentes fue el primer agente activo y consciente de la internacionalización de la novela hispanoamericana de la década de los años sesenta”. Fuentes fue uno de los herederos más conspicuos de los letrados decimonónicos, escritores como Sarmiento o Andrés Bello, que intervenían activamente en la vida pública de un país y sentían que su obra no se limitaba solo a sus libros; para ellos, la letra estaba necesariamente conectada al poder y ayudaba no solo a consolidar repúblicas sino a criticarlas y reordenarlas. En la época de los medios esa presencia constante del escritor-opinador como parte activa del hipermercado de la cultura resultó cansina, y del post-Boom en adelante hubo en general otra actitud, un deseo de abandonar los espacios públicos para dedicarse sobre todo a la obra. No es casual que, en El congreso de literatura , César Aira haya decidido maliciosamente clonar a Carlos Fuentes, un escritor “indiscutido”, “intachable”, una celebridad mediática.

Las últimas dos décadas lo leí intermitentemente. Con novelas fallidas como Diana o La cazadora solitaria y La voluntad y la fortuna , sentí que se iba haciendo cada vez más retórico, menos fresco. Creo que, por eso, su influencia fue disminuyendo. En cuanto a su legado, los mexicanos han tenido que lidiar de una u otra forma con su obra monumental. Están, por un lado, autores como Jorge Volpi y Alvaro Enrigue, quienes lo han reivindicado y han reconocido cuán importante fue en sus primeras lecturas, aunque no estén interesados en buscar la identidad esencial de lo mexicano a la manera de Fuentes; y están, por otro lado, autores como Carlos Velázquez y Antonio Ortuño, que han visto a Fuentes como una influencia perniciosa. Las nuevas generaciones prefieren reivindicar a otros nombres (Sergio Pitol, Daniel Sada, Jorge Ibargüengoitia), lo cual no impide que, tanto en el panorama literario mexicano como en el latinoamericano, se reconozcan las innegables y múltiples contribuciones de Fuentes, los clásicos que dejó para la literatura en castellano, lo fundamental que fue en la revolución de la narrativa latinoamericana de la segunda mitad del siglo veinte.

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