EL INCONSCIENTE NO TIENE EDAD

En qué medida es posible una psicoterapia en la edad avanzada es como preguntar en qué medida es modificable el cuerpo añoso: kilos arraigados, articulaciones rígidas, piel arrugada, deterioros físicos parecen ser acompañados, inexorablemente por memoria fallida, pérdida de capacidades, y una melancólica posición en la vida.
Para el Freud de principios de siglo, el psicoanálisis no era practicable ni en niños pequeños ni en viejos; en unos porque el aparato psíquico aún en formación no permitiría el trabajo psicoanalítico; en otros porque un mundo interior demasiado estructurado, un carácter ya rigidizado, resistiría a la influencia de un proceso terapéutico, dificultando las identificaciones transfe­renciales necesarias para “arrancar al individuo de sus defensas neuróticas”. Sin embargo, el análisis de niños existe y se ha desarrollado de la mano de grandes autores (Klein, Winnicott), que modificarán la teoría y la técnica psicoanalítica.
Del mismo modo se ha demostrado que la aplicación del psicoanálisis a individuos y grupos de “la tercera edad” tiene logros en la prevención de patologías, mejorando las situaciones vinculares y la calidad de vida de muchas personas; ante las posibilidades de prolongación del ciclo vital y el aumento demográfico de los ancianos se incrementaron los estudios y congresos sobre la vejez; los equipos de psicogeronto­logía se multiplican en ámbitos públicos y privados.
Quizás a pesar de sus prejuicios, Freud mismo nos dio la pista teórica de esta posibilidad al hablar de un inconsciente que por definición no tiene edad: en el Inconsciente el tiempo (por lo menos el cronológico), no existe; los deseos y procesos inconscientes funcionan según leyes donde no hay contradicciones ni de tiempo ni de espacio, obedeciendo al principio del placer, caracterizados por el libre flujo de la energía y el deslizamiento del sentido; son prácticamente “inmortales”. Desde aquí podemos pensar que la libido, como esa energía que reviste, recubre y enlaza el cuerpo propio no sólo no envejece, sino que mantiene activa su potencia y su capacidad para producir “formaciones del inconsciente”: imágenes, sueños, actos fallidos, síntomas, humor, actitudes y gestos corporales; envejecer (bien o mal) ¡no será sin libido!

¿Y el cuerpo, qué?
Desde hace tiempo en el campo corporal se inició el trabajo con viejos: grupos de tercera edad en estudios particulares, en geriátricos y hogares, en centros barriales y culturales, centro de colectividades, centros de jubilados, programas de PAMI, hospitales. Recuerdo ahora la tarea realizada en el Servicio de Psicopatología del Hospital Italiano, en el de Kinesiología del Hospital Durand, en el de Gerontología del Hospital Santojani. Algunos profesionales participamos durante varios años de un grupo de trabajo e investigación sobre trabajo corporal y vejez dentro del marco de APTELEC (Asociación de profesionales de técnicas y lenguajes corporales).
Allí ya nos planteábamos algunos conceptos en relación a nuestro quehacer: nociones de cuerpo, sexualidad, transferencia; los encuadres terapéuticos y expresivos; las técnicas y sus diferencias, los usos del objeto y de la imagen en el trabajo corporal con personas mayores, la diferencia de trabajar con cuerpos autónomos o institucionalizados.
Esta experiencia acumulada, enriquecida y actualmente multiplicada por nuestros compañeros del Movimiento de Trabajadores e Investigadores Corporales para la Salud (MoTrICS), permite pensar que las técnicas corporales ofrecen una gran variedad de alternativas de aplicación en sectores de la población más vieja, tanto en su vertiente preventivo-asistencial como en aspectos recreativos-artísticos, inaugurando la posibilidad de conceptualizar una psicoterapia de abordaje corporal para adultos mayores. En ella, el dispositivo propio del trabajo corporal que propone un ámbito de cuidado y sostén, los elementos y estímulos que utiliza, junto con una adecuada formación del profesional, generará un espacio terapéutico que permita:
• Desplegar las tensiones y conflictos propios del envejecer.
• Revisar las fantasías y los modelos familiares o culturales sobre la vejez.
• Ejercitar las capacidades de relajación, movimiento y contacto no sólo como funciones biológicas; también en su función subjetivante.
• Enriquecer la imagen del cuerpo, dando nombre y forma a los recuerdos, transformándola en una representación más flexible y dinámica.

Yo quise ser un barrilete:
La respiración es un trabajo central en un grupo de tercera edad; tiene por objetivo aumentar la conciencia del propio respirar, así como su amplitud y libertad. Y la libertad abre los caminos de la imaginación.
A raíz de un ciclo de sesiones con la temática del espacio y el aire, surgen imágenes de los participantes.
Tomamos la propuesta de jugar con una de ellas: los barriletes; la consigna fue dejar surgir desde el movimiento una pequeña historia acerca del barrilete que uno podría ser.
Algunas integrantes del grupo sentadas, otras acostadas, comienzan el trabajo. Una está apoyada contra la pared con una expresión placentera en el rostro. Dos mueven sus brazos y las piernas acostadas sobre las colchonetas. Otra va cambiando de posiciones hasta llegar a estar de pie; se desplaza deteniéndose junto a cada compañera; luego sigue sola, hasta que encuentra a quien la sigue, hacen juntas una pequeña danza, se cruzan con alguien más y luego siguen cada una por su lado.
Está quien se mueve mucho, quizás más influenciada por la música que por la imagen, y quien permanece quieta todo el tiempo. Hay dos que se divierten desarrollando la idea de estar enredadas por sus “hilos”. Acompaño con pocas, precisas consignas, estimulando a partir de lo que observo. Les recuerdo que tengan presente su respiración… quizás yo también, sin darme cuenta, suspiro…
Al finalizar se muestran excitadas, todas quieren contar, han aparecido muchos recuerdos:
“…Me acordé mucho de mi casa, el patio grande, mis hermanos… me dio pena, ganas de llorar, todo eso se perdió, ya no está…
Entonces se acercó Chela, y aunque por un lado quería quedarme en lo mío, la acepté, porque me hacía bien”.
Antes los barriletes eran un juguete más habitual que ahora –dicen-; hechos en casa, no de plástico ni a pilas; barato, accesible, había que tener habilidad como los hermanos (varones), verdaderos artistas del papel y el engrudo.
“Yo me dí cuenta que de chica no remonté barriletes; siempre viví en el centro, en un departamento. Me imaginé que le hacía un barrilete a mi nieto, pero después le dije: “tenéme un ratito, quiero volar”; tenía necesidad de ir hacia las demás, juntarlas y como salvarlas, no sé de qué…, que no se rompan, que no se pierdan”.
“…Yo era un barrilete grande y veía a muchos chiquitos a mi lado, pero no se enredaban. Ser barrilete me dio un sentimiento de alegría, sentí que valoraba mucho ser independiente, me gustaba compartir el mismo cielo sin mezclarnos”.
Se discute acerca de la importancia de confeccionar bien la propia vida-barrilete, cómo hacerla, con qué materiales; construirse con responsabilidades y autocuidado. Y también buscando buenos colaboradores: recuerdan que siempre había un “malo” entre los chicos que ataba una “gillette” a su barrilete para cortarle el hilo a los otros. El barrilete nos sirve como puente para ir del presente al pasado y volver al presente con dolor o con alegría, darnos cuenta de los cambios, adueñarnos de las vivencias, elegir entre lo que fue y lo que el hoy me ofrece…
Las reminiscencias son “pasadas por el cuerpo” mediante este proceso donde respiración – percepción – imagen – recuerdo – creatividad, son puestos en movimiento.
El barrilete como representación del propio cuerpo permitió en este caso vehiculizar aspectos de la imagen inconsciente del cuerpo y la posibilidad de reintegrar esos retazos de historias perdidas, olvidadas, en un nuevo y más actual conjunto de significados.

La joven clínica
(… no es ninguna pendex!)
La clínica corporal se organiza alrededor de algunos ejes teórico-técnicos fundamentales; en relación a su inclusión en un encuadre psicoterapéutico para adultos mayores quiero destacar aquí:
•La interrelación entre esquema corporal e imagen inconsciente del cuerpo como nuestro modo específico de abordaje, diagnóstico y tratamiento.
•La percepción y el movimiento que de ella surge como modos de producción de “lo nuevo”.
•La creatividad y la experiencia corporal como modos de construcción subjetiva.
•La relación cuerpo-palabra como modo fundante de apropiación y resignificación de lo corporal.
La clínica corporal con viejos nos instala en un escenario donde juegan como opuestos el percibir y el recordar.
El cuerpo como percepción es el lugar de lo pasajero, lo que atraviesa por los sentidos fugazmente. Es el tiempo sólo presente, lo que pasó, y lo que será, no son tiempo. El cuerpo de la percepción exige un sentido nuevo, abre a un cuerpo que desestructurándose, se organiza. El cuerpo de la percepción, olvidando lo-apenas-ya-sucedido, adquiere volumen, tono, mensaje.
El cuerpo del recordar, es el de volver a pasar, el de la huella, el trazo, el signo: lo que viniendo desde afuera, es esperado adentro. Es la memoria que ata, pero sostiene, que duele, pero que entibia; es el cuerpo que detiene, pero también impulsa.
¿Con qué cuerpo trabajamos en la clínica corporal? ¿Es el cuerpo el lugar de la memoria? ¿Es quizás el cuerpo de la breve per­–cep­­ción, del olvido? Creo que es en realidad el cuerpo como un lugar de tensión: esa tensión entre la memoria y el olvido.

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