El Incidente Roswell por HORACIO VELMONT » En la Casa de mi Padre hay muchas moradas «

» En la Casa de mi Padre hay muchas moradas «

 

Ningún suceso hizo derramar tantos ríos de tinta a los ufólogos como el llamado «Incidente Roswell» y la «presunta» captura de cuatro extraterrestres a manos de la Fuerza Aérea estadounidense.

Después de más de medio de siglo de incesantes pesquisas, los esforzados investigadores del fenómeno OVNI siguen tan confundidos como al principio y no han podido llegar a ninguna conclusión válida.

El 2 de julio de 1947, apenas una semana después de que el mundo oyera por primera vea la palabra «plato volador», de boca del piloto civil norteamericano Kennet Arnold, un extraño objeto se estrellaba en al desierto de Nuevo México, al sudoeste de los Estados Unidos.

A pesar de que la versión oficial señalaba que se trataba de un simple globo meteorológico, los ufólogos sospecharon que con ella sólo se procuraba ocultar la caída de un Ovni y la captura de cuatro pequeños seres, a los que más tarde habrían practicado autopsias.

El propio Fabio Zerpa, sin duda uno de los más conspicuos investigadores del fenómeno Ovni en la Argentina, y reconocido mundialmente, en uno de sus últimos libros, Los Ovnis existen y son extraterrestres, refiriéndose al Incidente Roswell, confiesa honestamente:

«Si a uno le preguntan si en verdad existen pruebas irrefutables de que la Fuera Aérea norteamericana tiene en su poder restos de varios Ovnis estrellados en la Tierra con los cadáveres de sus tripulantes extraterrestres, la respuesta tendría que ser no. No existen pruebas irrefutables, pero, en cambio, sí hay lo que se conoce en círculos legales como ‘pruebas circunstanciales’ de que, por lo menos algunos, de estos incidentes ocurrieron. Pruebas como relatos de numerosos testigos que participaron en las operaciones de recuperar, custodiar o archivar los restos de muchos Ovnis; unos pocos documentos oficiales que aluden a estos casos entre miles de documentos o revelados por el gobierno norteamericano a través de la Ley de Libertad de Información en años recientes; y finalmente el secreto absoluto que todavía envuelve ciertas actividades gubernamentales relacionadas con los Ovnis».

Zerpa concluye declarándose abiertamente escéptico respecto a que los ufólogos puedan averiguar alguna vez la verdad sobre lo sucedido en Roswell, máxime después de casi medio siglo de infructuosas investigaciones:

«La palabra final sobre la veracidad de estos hechos podrá ser aclarada solamente por el propio gobierno norteamericano» .

Crónica de los hechos.

El espacio aéreo militar de Roswell no era un espacio cualquiera. No era sólo un pequeño lugar en las afueras de Nuevo México. En realidad, era la sede del Escuadrón 509, que en 1947 constituía el único grupo aéreo equipado con armas atómicas del mundo.

El Escuadrón 509 había sido el responsable de lanzar las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, que pusieron fin a la Segunda Guerra Mundial.

El avistaje de platillos volantes se produjo el 24 de junio de 1947. Un piloto civil que sobrevolaba una zona montañosa del Estado de Washington, observó una formación de objetos extraños y lo informó a un periodista.

El llamado choque de platillos voladores en Roswell se produjo semanas más tarde, cuando los periódicos ya habían estado publicando historias de OVNIS en todo el mundo.

Cuando la noticia llegó a la primera plana del periódico local de Roswell (Roswell Daily Record), los militares se vieron obligados a anunciar que los rumores sobre los platos voladores eran ciertos, pues se había encontrado uno en los alrededores de la región.

El coronel William Blanchard, comandante en jefe de la Base ordenó al jefe de prensa Walter Haut dar un comunicado, luego de comentarle los hechos esenciales de la historia, particularmente que se habían recogido fragmentos de material perteneciente a un platillo volador.

Al día siguiente de dar a conocer este comunicado, las autoridades de la Base dan marcha atrás y declaran que habían cometido un gran error, ya que el objeto caído no era un platillo volador sino un globo meteorológico.

Cuarenta años más tarde, el físico nuclear Stanton Friedman tomó contacto con el coronel retirado Jesse Marcel, quien había sido oficial de inteligencia en la Base en 1947, y que había tenido mucho que ver con la caída del disco volante en Roswell.

Marcel le informó a Friedman que sus superiores le pidieron que no dijera nada sobre el OVNI caído ni sobre sus tripulantes, y por este motivo guardó silencio.

Pero cuando la noticia tomó estado público, consideró que había llegado el momento de decir la verdad, declarando que el objeto caído no había sido un globo meteorológico.

Los restos del OVNI fueron encontrados en el rancho de Mac Brazel. La noche del incidente, el ranchero estaba en su casa. Afuera había una fuerte tormenta. La historia comenzó cuando escuchó una tremenda explosión y, al día siguiente, recorriendo el lugar encontró restos metálicos esparcidos por doquier.

Mac Brazel llamó al sheriff local y éste se comunicó con la Base aérea, quienes enviaron al mayor Marcel a investigar.

Jesse Marcel, luego de pasar una semana en el rancho examinando detenidamente el material encontrado, concluyó diciendo que no provenía de la Tierra, ya que hasta ese momento no existía la tecnología adecuada para fabricarlo.

Algunos de los restos fueron enviados a varias agencias nacionales para reunir informes técnicos y de inteligencia, así como también a laboratorios con diversa tecnología, como el de los Alamos, en Nuevo México, y a unidades criptográficas.

Los fragmentos encontrados tenían la particularidad de que no pesaban casi nada, aunque se trataba de un material muy resistente, tan delgado como el papel metalizado de los paquetes de cigarrillos. Incluso, cuando se trató de hacerles una marca resultó imposible.

Uno de los que lo intentaron infructuosamente declaró: «Hay algo raro aquí.. Traté de hacerle una marca y no pude. No se puede marcar ni con un hacha… Lo puse en el suelo, lo golpeé y me quedé con el mango del hacha en la mano».

Algunos de los fragmentos tenían inscripciones color púrpura que nunca se pudieron identificar. Otros eran como vigas «doble T», pequeñas, con marcas grabadas a sus lados, cuyos jeroglíficos eran también indescifrables.

Sobre este suceso se publicaron varios libros, siendo unos de los primeros el de Charles Berlitz y William Moore titulado El Incidente Roswell.

El caso resurgió una y otra vez, y cuanto mayor era la cobertura radial, televisada o por escrito, más testigos militares o civiles aparecían.

Según el relato de un empleado de la morgue de la Base 509, Glenn Dennis, en el estacionamiento había tres ambulancias custodiadas por la policía militar. Una de ellas tenía la puerta abierta, pudiéndose ver un montón de restos metálicos similares a los de un avión.

Cuando Dennis le comentó a un capitán, «señor, parece que tuvimos un accidente aéreo, vamos a tener que prepararnos para ello», dicho capitán se mostró muy nervioso y le dijo a su subordinado con voz de trueno: «Mire, señor, no vuelva a entrar aquí. Roswell no va a dar explicaciones sobre ningún accidente aéreo porque aquí nada ha sucedido».

Staton Friedman, por su parte, señaló que una de las cosas sugestivas que cabe destacar es que hubo intimidación a los testigos para que no hablaran de lo que habían visto.

El sheriff, por ejemplo, según lo relato su nieta muchos años después del incidente, fue separado de su puesto porque los militares temieron que hablara.

Esto lo supo por boca de su abuela, quien, un día que estaban viendo un programa televisivo sobre platos voladores, se animó a decírselo (a la sazón, el sheriff había muerto): «Nunca te conté esto, pero ¿sabes por qué tu abuelo jamás volvió a ocupar su puesto? Cuando aquel platillo se estrelló aquí, él vio muchas cosas extrañas. Y cuando renació la calma, los militares vinieron y le dijeron que no volvería a trabajar allí, advirtiéndole que si alguna vez hablaba de lo que había visto, lo matarían a él y a su familia».

El 2 de julio de 1947, el cameraman J. Barret recibió una llamada de su superior para que fuera a reportarse con el general Mc Mullan para una misión especial. Se le informó que había ocurrido un accidente aéreo al Sur de la población de Socorro.

Barret recibió la orden de filmar todo lo que viera y de no abandonar los restos hasta que hubiesen sido removidos. Iba a tener libre acceso a todas las áreas. Si el comandante en jefe le impedía trabajar libremente, debía informar de inmediato a Mc Mullan.

¿Quién era J. Barret, como para que se le confiara tal misión? Su historia en las Fuerzas Armadas estadounidenses comienza en 1942, cuando se unió a ellas, para abandonarlas en 1952.

Según él mismo lo señalara, los diez años que pasó sirviendo a su país fueron algunos de sus mejores años.

Su padre estaba en el negocio del cine, de modo que siempre tuvo buen conocimiento del manejo de las cámaras y la fotografía.

Después de enrolarse comenzó a demostrar sus habilidades, convirtiéndose en uno de los pocos cameraman de la Fuerza.

Filmó cientos de lugares y pronto se capacitó para realizar filmaciones de alto riesgo. En la primavera de 1944 fue asignado a la División de Inteligencia, participando en un gran número de películas, incluyendo las pruebas del Proyecto Manhattan, Trinity, en Arenas Blancas.

Cuando Barret llegó a Roswell, la zona había sido cercada. Allí advirtió que no se trataba de un avión espía soviético como se le había dicho, sino de un platillo volador cuya parte posterior irradiaba calor.

Se decidió no removerlo hasta que el calor desapareciera, pues se conjeturó que había peligro de fuego.

El ánimo ya agitado de los presentes empeoró cuando se oyeron los gritos lastimeros de unas extrañas criaturas que yacían cerca del aparato.

Nadie podía decir qué eran. Parecían monstruos de circo. Cada una de ellas sostenía muy fuerte una especie de caja con ambos brazos sobre su pecho. Yacían ahí, sin poder moverse, gimiendo, aferradas a esas cajas o lo que fueren.

Barret comenzó a filmar, primero el vehículo, luego el lugar y después los escombros.

Una y otra vez esas criaturas tan extrañas gemían y gritaban. Al parecer, gritaban y gemían más fuerte cuando alguien se les acercaba.

Uno de los oficiales le dio a uno de esos seres un culatazo en la cabeza, logrando así arrancarle la caja.

Cuando estuvieron instaladas en el lugar del accidente las tiendas de campaña, las criaturas fueron retiradas y atadas con cuerdas, salvo una que estaba visiblemente muerta.

El equipo médico al principio rehusó acercarse a ellas. Pero como algunas tenían horribles heridas y o quemaduras, primó en ellos su espíritu humanitario y las atendieron.

Barret se abocó primero a filmar los restos metálicos más fáciles de remover. Parecían pertenecer al exterior de la nave. Era una especie de columnas que habían soportado un pequeño disco en la parte inferior del aparato, que se debió haber desprendido cuando la máquina chocó contra el suelo.

Tres días más tarde llegó un equipo especial de Washington y decidieron mover el aparato. Dentro del mismo la atmósfera era muy pesada, a tal punto que resultaba imposible permanecer en su interior más de algunos segundos.

El OVNI, finalmente, fue llevado a la Base Aérea de Wright-Paterson en Dayton, Ohio, para ser analizado con más detenimiento.

Barret permaneció en Roswell tres semanas, al cabo de las cuales le ordenaron que se reportara al comandante de la Octava Fuerza Aérea, con Base en Fort Worth, Dallas, para una filmación especial.

Al llegar a la Base se enteró de que se les iba a practicar autopsias a las extrañas criaturas rescatadas en Roswell, y se le había comisionado para que las filmara.

Las dos primeras autopsias se llevaron a cabo a fines de julio de 1947. Después de la filmación, Barret se encontró con que tenía en su poder cientos de rollos. Separó aquellos a los que debía prestárseles más atención al procesar y los envió a las autoridades de Washington. Los restantes los procesó días después.

Al concluir su trabajo, se contactó con sus superiores para arreglar la entrega de la última tanda del material, pero nadie pasó a recogerlo ni tampoco recibió instrucciones al respecto.

En mayo le solicitaron que filmara la tercera autopsia. De ésta sí se llevaron todos los rollos.

 

Algunas conclusiones.

La cuestión Ovni plantea numerosos interrogantes, que sólo pueden ser develados cuando se tienen los datos suficientes como para responderlos. Primariamente, las personas pueden clasificarse en aquellas que creen en la existencia de los Ovnis y en las que no creen.

Sin embargo, no se trata de una cuestión de creencia o de fe sino de saber. Si no se sabe con certeza, toda especulación conduce a más confusión y a conclusiones erradas.

Lo primero que hay que saber es que el hombre, contrariamente a lo que sostienen los despistados psiquiatras, no se compone solamente de cuerpo y mente. La mente, aunque más sutil que el cerebro, no deja de ser un órgano físico.

Afirmar que la mente piensa equivale a decir que una máquina puede pensar.

El cerebro y la mente son instrumentos del ser espiritual para poder manejarse y sobrevivir en los mundos manifestados o planos materiales, de la misma forma que todos los elementos que constituyen la computadora son instrumentos de la persona que la utiliza.

El hombre proviene de niveles vibratorios más sutiles que el físico, que son su verdadera morada y a la que regresará cuando «muera» o «desencarne».

La mejor manera de comprender esta peculiaridad del hombre es imaginar una varilla atravesando el ojo de la cerradura, quedando de un lado un 10 % y del otro un 90 %.

La varilla, en su totalidad, es el ser que en verdad es el hombre, pero al nacer sólo impregna al ser físico con un 10 % de su esencia o espíritu.

Si con la imaginación se saca la varilla de la cerradura tomándola con los dedos de su 90 %, puede comprenderse fácilmente lo que significa «morir» o «desencarnar».

De la misma forma que la varilla sigue entera, sin ningún deterioro, incluso más libre, también el ser espiritual -que es lo que es en realidad el hombre- sigue vivo, incluso más vivo que antes.

Esto es así porque el hombre, en definitiva, es un ser inmortal que sólo desciende, en una pequeña parte, a los mundos físicos para evolucionar y regresar una vez cumplido el tiempo fijado (haya o no tenido éxito en la misión).

El planeta Tierra es solamente un mundo físico de alternativa donde lo seres espirituales pueden evolucionar. Hay incontables orbes donde lo pueden hacer y, obviamente, siempre elegirán aquél que más se adecue a lo que quieran experimentar.

Dentro de sus vivencias está la de conocer otros mundos. Y de la misma forma que Colón se vio impulsado por algo más fuerte que él a explorar los confines de la Tierra, así también los seres que habitan en cada planeta, llegado el tiempo en que puedan construir naves espaciales se verán impulsados por su inherente afán de aventura a explorar el universo.

Los seres que han podido venir hasta aquí es obvio que han llegado a esta etapa. Y cuando estemos listos también lo haremos nosotros y los habitantes de esos mundos se harán las mismas preguntas que ahora nos hacemos nosotros respecto de los «platillos volantes».

¿Cómo es posible que aún no hayamos comprendido la verdad detrás de las palabras del Iluminado Maestro Jesús, actual Logos Solar, que lo resumió con toda claridad al decir que «en la casa de mi Padre hay muchas moradas»?

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