El hombre de la calle

‘Entre el progreso y el desarrollo’, fotografía tomada en los años cincuenta en el Distrito Federal de México. / Fotos: “Escribir con luz” y “Pata de perro‘Entre el progreso y el desarrollo’, fotografía tomada en los años cincuenta en el Distrito Federal de México. / Fotos: “Escribir con luz” y “Pata de perro», Biografía de Héctor García.

La primera luz fue escasa. Apenas fragmentos, como si alguien hubiera olvidado pagar la corriente que alimenta el mundo. La calle entraba en la penumbra con dorada intermitencia y las figuras de afuera se regaban sobre la pared en un líquido hecho de sombras. Sus primeros recuerdos sobre la fotografía eran esos: ver el día pasar por un resquicio de luz mientras aguardaba la noche y con ella a su madre.

Ese primer contacto fue definitivo y él mismo lo recordaría en las muchas entrevistas en las que le preguntaron: “Héctor, ¿cómo llegaste a ser tan bueno?”. Y él respondía que su madre lo amarraba a la pata del catre para que no escapara y que en la noche lloraban juntos sus penas y después él jugaba a las películas con pedazos de cinta que ella traía del teatro en donde trabajaba como taquillera. Pero que el día pasaba entre pataletas y llanto infantil y la luz que entraba de a pedazos para traerle la geometría improbable del exterior.

El niño salió a la calle y deambuló por las plazas y los bulevares del D.F. y aprendió lo que se aprende en la calle y observó a la gente de corbata y sus afanes y a los otros que suelen no tener aliento para ir de prisa.

Entró becado al Instituto Politécnico Nacional y allí llegó la cámara a sus manos, el instrumento para registrar las marchas y mítines que los estudiantes armaron para pedirle al gobierno reconocimiento oficial y títulos para la educación del ‘poli’, así no fuera la Universidad, esa que se escribe con U mayúscula.

Fue en Estados Unidos trabajando en los ferrocarriles como bracero que agarró una vez más la cámara para retratar cómo uno de sus compañeros fue arrollado por un tren que llegó de sorpresa, como soplado por el viento helado del invierno. La foto salió toda blanca y luminosa por la nieve porque, claro, el bracero Héctor sabía de sobra qué era la luz, pero no mucho más de fotografía.

Durante seis meses, una vez por semana, fue a un instituto en Nueva York en donde le entregaron el evangelio de la técnica. A México regresó deportado al expirar su permiso de trabajo. Por una recomendación entró a una revista de cine y al poco tiempo lo enviaron a la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, lugar que le haría llegar la historia del arte y, más importante aún, del arte mexicano.

Años después, con el rubro de profesión ocupado por la palabra fotógrafo, Héctor García sacaba retratos de Rivera, Kahlo y Siqueiros al tiempo que registraba la agitación social producida por las huelgas del sindicato de ferrocarriles, lideradas por Demetrio Vallejo. A Vallejo se lo llevó la Policía y ahí estaba García con la cámara en la mano.

Excelsior, el periódico para el cual trabajaba en ese momento, no quiso publicar las imágenes, que terminaron en una revista con una tirada de cinco mil ejemplares que vendió toda la edición en un solo día. Las planchas de impresión fueron confiscadas por la Policía y García debió esconderse unos días. Al año siguiente ganó el Premio Nacional de Periodismo de México por este trabajo.

Después de los premios, a pesar de ellos, García era el hombre que aseguraba que el expendedor de periódicos de la calle Bucareli del D.F. es uno de sus mejores amigos y que cuando apenas tenía siete años le arrancó un pedazo de oreja en una pelea ocurrida en un pueblo lejano al que llegaron escondidos bajo las sillas de un tren y en el cual vivieron algunos días de la caridad pública.

García se empleó en la prensa y llegó al arte. “Sus fotografías abandonan, a pesar de ellas mismas, su refugio diario para incrustarse en el tiempo otro en que el periodismo da el salto mortal hacia el mañana salvándose de un irremediable olvido, de una muerte prematura, o de lo que es más grave, de una ignorada legitimidad”, escribió Dionicio Morales en un homenaje al maestro.

Sus imágenes, plenas de contraste y sombras profundas, hablan del ser urbano, las grietas entre el pavimento y la pobreza por donde se cuela el hombre. Su testimonio es claro y elocuente y los personajes de sus fotografías cuentan varios capítulos de la historia de un país que se reconstruyó bajo la premisa de la Revolución.

La última voluntad del incansable testigo fue ser enterrado de pie y con una ventana en el ataúd para seguir viendo la ciudad, la luz que siempre brilló para él. Una definición de pasión.

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