El Grito de Edvard Munch todavía se escucha después de 100 años

«Pintaremos a los hombres que viven sufriendo y amando», decía Edvard Munch cuando quería criticar y oponerse a las directrices que marcaba el naturalismo de los años del mil ochocientos. Comenzó a retratar las pesadillas del comienzo de siglo XX: la soledad y la angustia. Aún hoy, en el siglo XXI, escuchamos su grito.


En la gráfica «El Grito» de Munch, quien pintó más de 50 variantes de este cuadro. Aún hoy parece escucharse el grito.
Fotografía de Esther Fonseca-OEI

Por Esther Fonseca, Corresponsal del Servicio Informativo Iberoamericano de la OEI, Madrid, España.-

Un hombre, complicado y vanidoso, según algunos estudiosos, fue el pintor Edvard Munch. Conocido y famoso sobre todo por «El Grito», una de las obras más contundentes pintada en 1895, símbolo de la angustia y de la soledad del hombre que Munch quiso destacar precisamente a finales del siglo XIX, para quizás despedirlo entonces con un grito frente a aquello que lo atormentaba en la época que tuvo que vivir, y que ahora, cuando hace poco finalizó el siglo XX, recobra su vigencia y sigue siendo el grito del hombre de este tercer milenio que se enfrenta también a la angustia.

Sobre el origen y proceso de elaboración de «El Grito», del cual existen 50 variantes, pues era su costumbre rehacer continuamente sus obras más importantes, Munch relató que «iba por una largo camino con dos amigos cuando el sol se escondía. El cielo se tornó de un momento a otro de rojo sangre, me detuve muerto de cansancio y sobre la ciudad se veía sangre y lenguas de fuego. Mis amigos continuaban caminado, pero yo temblaba de miedo y sentía que un enorme e infinito grito se perdía entre la naturaleza». La obra se ha convertido en una especie de ícono de la cultura pop.

El artista encarnó, como pocos, los temas existenciales del hombre al inicio de este siglo que hace poco terminó: el amor, el

miedo y la muerte. «No es mi intención reconstruir precisamente la vida» escribía, «preferiblemente, encontrar sus fuerzas secretas para sacarlas fuera, reorganizarlas, con el objetivo de demostrar, lo más claramente posible, sus efectos sobre el mecanismo que es conocido o se conoce como la vida humana».

Munch nació en Löten, Noruega, el 12 de diciembre de 1863, su padre era un médico militar que pertenecía a una familia de altos funcionarios, artistas e intelectuales. Sin embargo, pese a pertenecer a un medio acomodado, su infancia estuvo marcada por el luto y la melancolía. Primero su madre y después su hermana Sofía murieron de tuberculosis y afectaron profundamente sus sentimientos, como se puede leer en su diario, cuando afirmaba que «así, viví entre muertos, primero mi madre, mi hermana, mi abuelo y mi padre -sobre todo con él- todos los recuerdos, las cosas más pequeñas vuelven a mi memoria».

A pesar de haber conseguido, después de varios escándalos, el aprecio de museos y coleccionistas privados, el desorden de su vida y el dolor precoz, lo empujan al alcoholismo y a recluirse entre 1908 y 1909 en una clínica danesa, de donde sale con una serie de autorretratos. Durante toda su vida no dejó de autorretratarse, incluso durante el declive de su aspecto físico, como una forma de buscar su propia autoafirmación.

Así, el sentido de la muerte, el odio de un joven frente a «una vida no vivida», las velaciones fúnebres, fueron la inspiración de muchas de sus pinturas. La más famosa de ellas, «La niña enferma», provocó la indignación y la crítica en su momento por su carácter de parecer no haber sido terminada.

Edvard Munch decidió convertirse en pintor a la edad de 17 años. Se inscribió en la «Bohème de Cristiania, donde artistas y escritores buscaban luchar contra la hipocresía de la sociedad de Oslo. Ya en París, en 1889 el artista redacta su manifiesto contra los naturalistas: «No se pintarán más interiores con gente que lee y mujeres que tejen. Se pintarán hombres que viven, respiran y sienten, que sufren y aman. La gente comprenderá que se es algo casi sagrado y se quitará el sombrero como si estuviese en una iglesia».

En 1892 Munch llega a Berlín, ciudad que se convertiría en algo muy importante para su formación artística y donde realiza una exposición conocida como la «muestra del escándalo» que fue cerrada después de inaugurada, debido a que sus obras fueron consideradas escandalosas. Este suceso parece que inspira al autor para la creación de «El Grito», pues comienza a pensar sus obras como parte de un proyecto.

«Creo que estos cuadros serán, de cualquier forma, más comprensibles dentro de un mismo contexto: el tema será el amor y la muerte». De esta forma, a partir de 1902 sus pinturas fueron integradas, por primera vez, en un «friso» o mural de la Vida, en el cual están incluidas entre otras, «El beso», «Angustia», El Grito», «El Vampiro», «La Virgen», «Melancolía» y «Cenizas».

Según los críticos y estudiosos de su obra, al igual de Shakespeare, Melville, Flaubert o Joyce, Munch intenta comprender todos los aspectos de la vida humana y crear con ellos una unidad. Igualmente, manifiestan que su estilo intenta anticiparse al expresionismo de principios de siglo, siempre con características simbólicas y estilizadas.

Su afán y su voluntad por continuar la búsqueda de autoafirmación continúan durante toda su larga y solitaria vida, hasta su muerte en enero de 1944. Dejó toda su obra como legado para ciudad de Oslo. Más de mil pinturas, la mayor parte de ellas en malas condiciones: telas con grafitis, rotas, manchadas por la humedad, restos de tierra, polvo y hasta restos de insectos. Los pocos que lo visitaban en Oslo donde vivió sus últimos años, relataban asombrados acerca de las decenas de pinturas abandonadas al aire libre. El mismo se refería a este tratamiento que daba a su propia producción pictórica como «si mis cuadros tuvieran necesidad de un poco de sol, de suciedad y de lluvia. En efecto, muchas veces los colores se combinan mejor. Sólo las malas pinturas deben ser integradas y necesitan de un marco refinado».

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