«El Futuro no es más lo que era. La tecnología y la gente en tiempos de internet»

HONGOS
Al tiempo de haber leído más de la mitad de los setenta y cinco artículos del libro “El futuro no es más lo que era” del Ingeniero Horacio Reggini, tuve el privilegio de compartir con el autor un viaje de estudios por la Patagonia, acompañando a más de 40 estudiantes universitarios.Esta coincidencia espacio-temporal me permitió comprobar hasta qué punto una obra puede ser el reflejo exacto del pensamiento del escritor, y más aún: cómo el pensamiento y la acción pueden ocurrir al mismo tiempo y en la misma persona hasta confundirse en un solo acto para el cual no hay en castellano una palabra precisa que lo defina. Es que el Ingeniero Reggini es exactamente como parece ser a través de los capítulos de su último libro: alguien para quien pensar y hacer – hacer y pensar son una cosa única y singular.

En los tiempos que corren, en la difícil situación nacional, esto no es una simple declamación: “para salir a flote nos vemos urgidos a obrar” nos dice Reggini trayendo hasta hoy aquellas palabras nunca atendidas dichas por Ortega y Gasset hace bastante más de medio siglo: “Argentinos: ¡a las cosas!”

Leer el último libro del Ing. Reggini es recorrer más de quince años de pensamientos coherentes relacionados con la “explosión tecnológica”, a la cual el mismo autor se encarga de poner en su justo sitio, como herramienta al servicio del hombre y no como instrumento de frivolidad capaz de fabricar “ávidos consumidores”. Y hace esto con la autoridad de quien ha contribuido desde su actividad profesional y académica a desarrollar y expandir una de las áreas que ha producido una inflexión en la cultura contemporánea: la informática.

En jornadas de más de 12 horas de estudio y trabajo, el Ing. Reggini y sus alumnos pusieron en práctica esa curiosa y respetuosa complicidad académica que se pone en juego siempre entre el maestro y sus discípulos.

Educador al fin, el Ingeniero Reggini está convencido de que hay que difundir a la ciencia y a la tecnología a través de su práctica en las aulas desde la enseñanza primaria, donde “más que recibir los productos de la ciencia, los niños deben desarrollar la actitud científica”. Actitud – digámoslo claramente no para formar solamente futuros profesionales de la ciencia, sino fundamentalmente para hacer ciudadanos comunes entrenados con espíritu curioso e inquisidor, signos del desarrollo pleno de la inteligencia de cada uno. ¿O acaso en cada proyecto de la vida cotidiana no es necesario planear, elegir modos y medios de acción, y hallar soluciones lo más simples posibles? Y eso, al fin y al cabo, no es más ni menos que el método científico.

Obsérvese, de paso, que aquí parece volcarse la balanza hacia el hacer antes que el pensar. Es que hay actividades que distinguen por la obra y no por el conocimiento teórico: a un científico, lo mismo que a un poeta, no lo hacen ni un título universitario ni el conocimiento ortodoxo de las más recónditas reglas lingüísticas; en todo arte hay una ciencia subyacente, como la aplicación de una ciencia implica siempre el manejo de un arte; y así como no se nos ocurriría preguntar si Miguel Ángel conocía las propiedades químicas de los pigmentos con que pintó la capilla Sixtina, tampoco nos preguntamos sobre qué musas científicas inspiraron la belleza encerrada en los 13 volúmenes de la obra de Euclides o su “Division del Canon”, ese magnífico estudio matemático sobre la música.

Reggini reconoce que la tarea que hay por delante en la educación de nuestros niños es enorme. Optimista incorregible, sin embargo está convencido de que la mayor dificultad para introducir las innovaciones necesarias “reside en la mente de las personas y no en la carencia de recursos”. Una afirmación que tendrían que leer y releer muchos de los que andan pregonando desde hace décadas que la única causa de todos los males es “la falta de presupuesto”.

Al principio de esta nota hablamos de que la coherencia entre la letra y el acto es una constante en el autor. ¿Qué mejor ejemplo de eso que el mismo viaje de estudio con que comenzamos el artículo? Allí estábamos nosotros con casi cinco decenas de estudiantes aprendiendo y sirviendo en lugares más próximos al faro del fin del mundo que de nuestras propias casas en Buenos Aires.

“La Universidad sale a la calle, averigua los problemas sociales de todo orden (…); todo estudio de cualquier naturaleza puede alcanzar el grado de estudio universitario: caen así las viejas paredes que limitan los estudios a las Facultades clásicas (…), para dar ancho espacio a la colaboración que la Universidad debe al pueblo en el que se desarrolla” decía en 1945 Horacio Rivarola, rector de la Universidad de Buenos Aires, y dice hoy el Ing. Reggini en su libro, al tiempo que ejerce puntualmente lo que acaba de dejar escrito. Otra vez pensar y hacer  – hacer y pensar…

Esta revaloración de la Universidad al servicio de la comunidad no sólo a través de la creación de conocimiento sino de su aplicación contrasta con las tendencias actuales que transformaron el concepto de educación como “bien social” en una “mercancía”. En este tema el Ing. Reggini no está solo: lo acompañan en su denuncia pensadores de la talla de Hill Readings (Universidad de Montreal). Y aún solo en esa lucha, sus observaciones de Reggini no perderían un centésimo de su validez.

Mientras compartíamos días de intensa actividad en las provincias del Chubut y de Santa Cruz, avanzaba yo en la lectura del libro al tiempo que compartía charlas ocasionales con su autor: experiencia interesante pues así, siendo a un tiempo lector e interlocutor, se descubre que es posible conversar con un texto escrito y leer los pensamientos vivos del escritor.

En esa “lecto-conversación” con “El futuro no es más lo que era” y el Ing. Reggini se pone de manifiesto el absurdo al que nos ha llevado el esquema cultural al dividir drásticamente aguas entre Ciencia y Humanidades, como si el estudio de la Química, la Física o la Biología no fueran cuestiones profundamente humanas.

Defensor del conocimiento integral, nos dice que “lamentablemente aún no disponemos de planes que eduquen en y para la diversidad; que eduquen en la complejidad humana”, Y a la complejidad se la enfrenta con conocimientos básicos en todas las áreas y no con ultrespecializaciones “por defecto”. Más aún, sólo con una formación amplia se podrá “intensificar el progreso en un sentido en que el mundo moderno parece fallar: los aspectos morales y espirituales, sin los cuales todo progreso técnico resulta inútil”.

Muchos de los artículos del libro ponen de manifiesto también el amor de Reggini por la Ingeniería. Digo más, muestran el enamoramiento permanente que existe entre ambos, en una unión que lleva ya varias décadas. La Ingeniería es para Reggini más que una profesión: es una posibilidad de hacer en cualquier actividad humana. El mismo autor nos recuerda que Paul Valéry definió a Edgar Allan Poe como un “ingeniero literario que profundiza y utiliza todos los recursos de su arte”. Así, el ingeniero “clasico” (es decir, el de las grandes obras civiles, el que transforma las materias primas en nuevos productos al servicio del hombre, el de las comunicaciones vertiginosas) utiliza todos los recursos de su arte y de la ciencia para desarrollar su ingenium, es decir su inspiración y talento.

Desde ese amor profundo que emana del hombre y su obra, el autor advierte a los nuevos ingenieros que “no deben dejarse seducir por el frenesí del bit, ignorando cuestiones de base (…) como la construcción de plantas industriales y obras de infraestrctura que (…) el país exige para su reconstrucción”. Pero para eso el ingeniero “debe soñar, debe mirar lejos e inventar el futuro”. Es decir que obrar y soñar son tareas complementarias e íntimas del ingeniero: otra vez hacer y pensar – pensar y hacer

“El Futuro no es más lo que era” camina hacia el porvenir como en la representación de algunas culturas: de espaldas, mirando hacia el pasado que es lo que realmente podemos ver. Esa visión y comprensión correcta del pasado nos permitirá ver el futuro con un tercer ojo sabio y juicioso. Por eso dos aspectos importantísimos del libro: la cita continua de grandes pensadores, pero fundamentalmente de grandes hacedores, a los que el autor ad-mira con la admiración del discípulo a su maestro.

Profundamente argentino, pero no chovinista, hay dos personas-personajes que lo marcaron: Hilario Fernádez Long, el maestro con quien se hizo ingeniero compartiendo la ingeniería en acto presente, y Domingo Faustino Sarmiento, quien lo hizo ingeniero desde el pasado.

Me detengo en este último por una razón muy simple: el reconocimiento de Reggini a Sarmiento no es más que la afirmación rotunda de todo lo que vinimos sosteniendo en esta nota. Sin título, el sanjuanino fue un gran ingenieroque utilizó toda su inspiración y todo su talento para hacer.El mismo nos lo dice: “creo poseer el secreto de hacer las obras, y es hacerlas desde que se concibe la idea de su necesidad (…). Haciéndolas es como se palpan las dificultades y se encuentran los medios para realizarlas”. Sarmiento es el maestro del hacer y pensar, pero dicho más bien así: pensar y HACER. Porque lo que más impresiona a Reggini de Sarmiento no es su contribución literaria (que es obra en potencia) sino lo que dejó construido desde su función pública: su obra en acto. Más aún – y digámoslo de una vez – aún admitiendo las críticas polítizadas a muchas de sus ideas, no hay una sola de las obras de Sarmiento de la que pueda decirse que no contribuyó al engrandecimiento cultural y el progreso de la Patria. Toda la obra tangible y, en definitiva, cuantitativade Sarmiento produjo un cambio fundamental y cualitativo en la cultura nacional: el sanjuanino contribuyó en gran medida a que en la Argentina después de Caseros elfuturo no fuera más lo que era hasta entonces.

Dos viajes terminaron simultáneamente: las largas jornadas de estudio y discusión constructiva en las tierras remotas del sur y la lectura de este compendio lleno de pensamientos visionarios y de entusiasmo por nuestro futuro. La diferencia entre uno y otro es que el arribo del ómnibus o el avión nos anuncia el final de la travesía y, a lo sumo, la posibilidad de un nuevo destino; un buen libro, en cambio, puede transformarse en un compañero permanente para nuestro viaje a lo largo de la vida.

Ambos pueden también tener algo en común: bien aprovechados son capaces de hacer que los hombres de bien sean aún mejores para sí mismos y para sus semejantes.

 

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