El eterno retorno de los mitos

Lisa Simpson inicia una nueva cruzada. Descubrió que el fundador de su ciudad, Jeremías Springfield, no fue un valiente colono que domó un búfalo y exclamó: “Un noble espíritu agrandece al hombre más pequeño” (“agrandece” es un término que sólo se oye en Springfield; “tiene perfecta validancia”, aclara alguien). El búfalo ya estaba domado; él sólo lo mató. “El héroe del pueblo es un fraude”, entiende Lisa, una de las protagonistas de la serie televisiva que lleva por nombre su apellido. Jeremías Springfield fue un pirata cruel y sanguinario; trató de asesinar a George Washington y usaba una lengua postiza de plata. Le retrucan que deje de mancillar el buen nombre del prócer: la lengua de plata era una figura de estilo para referirse a su gran oratoria. “¡Eso es un mito mezclado con verdad!”, reprocha Lisa. Plantea un problema: el mito como engaño que debe desenmascararse.

Quien mejor entendió los mitos fue el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss. Estaba obsesionado con ellos, los miraba con iguales dosis de fascinación y de recelo. Y aunque los acechó y los coleccionó durante toda su vida –una vida de cien años–, no consiguió asirlos. No logró dominarlos. Lévi-Strauss entrevió que los mitos tienen algo indescifrable, una dimensión borrosa que representa los límites de la inteligibilidad. Había renunciado al reinado del significado: los mitos no significan nada. Lo interesante, decía, no es tanto cómo las personas piensan los mitos sino cómo éstos se piensan entre sí sin que las personas lo noten. Escribía en tono críptico, se andaba con rodeos, ensayaba párrafos misteriosos. No quería, o no podía, revelar demasiado. El crítico cultural Greil Marcus afirmó que los buenos misterios no pueden resolverse pero pueden convertirse en misterios mucho mejores. Lévi-Strauss puso en escena, paso por paso, una versión del mismo juego: los mitos no pueden resolverse, se desdoblan al infinito, son irrealizables e interminables. Pero pueden volverse más misteriosos.

Corría a contramano de las corrientes del siglo XX. Las definiciones de “mito” se superponen, se ignoran, juguetean entre la jerga académica más depurada y la expresión coloquial apenas meditada. “¿Qué es un mito en la actualidad?”, se preguntó Roland Barthes en Mitologías (1957) . “El mito es un habla”, respondió, y acto seguido se excusó con una llamada y una nota al pie: “Se me objetarán mil otros sentidos de la palabra mito”. Los otros mil sentidos marchan en la misma dirección de Lisa Simpson: desmitificar lo que aparece mitificado, revelar el misterio antes que atizarlo. Se trata del viejo sueño iluminista de una sociedad racional liberada del lastre de los mitos irracionales. Es una idea poderosa, aunque haya algo irracional en el propósito de una sociedad enteramente racional y aunque la posibilidad de acabar con los mitos sea uno de los grandes mitos de la modernidad. Y esto confirma la dirección contra la cual remaba Lévi-Strauss: el mito como un misterio que debe ser expuesto.

Puede seguirse el rastro en los documentos de la vida pública. Mitos son los relatos de dioses, animales parlanchines y seres sobrenaturales que se amontonan en volúmenes con títulos como “Mitos y leyendas” (mapuches, nórdicas, pampeanas, incas). También son mitos las narraciones sagradas que explican la génesis del mundo o de la humanidad: la manzana de Adán y Eva, el Arca de Noé, Moisés en el Monte Sinaí. En las revistas femeninas aparecen artículos como “Diez mitos falsos sobre las dietas”. Se bosquejan listas de mitos del rock (“Kiss pisaba pollitos”), mitos del cine (“la maldición de la película Poltergeist”), mitos del fútbol (“Pelé debutó con un pibe”). Cristina Kirchner explica en cadena nacional que la restricción a la compra de dólares es un mito urbano; una presentadora televisiva anuncia un informe sobre el mito de que las zanahorias son buenas para la vista. Una investigadora del Conicet estudia la presencia de mitos griegos en el teatro argentino; termina una clase de antropología y en el pizarrón de la universidad, junto a la palabra “mitos”, se leen nombres como Carl Jung, Platón, Max Müller, Salustio, James Frazer y Augusto Raúl Cortázar. Se publican libros bajo el enunciado “Mito y realidad de” (Eva Perón, Gardel, la conquista de América, las masonerías); el texto predictivo de Google sugiere que “mitos y verdades de” se complete con la menstruación, la ecología, la lactancia materna y la marihuana. En Discovery Channel, en el programa “Cazadores de mitos” (Mythbusters), ponen a prueba el mito de que, en el final de Titanic , Rose (Kate Winslet) pudo haberle hecho lugar en la tabla de madera a Jack (Leonardo DiCaprio) y así evitar que se hundiera en el fondo del mar. James Cameron se cruza de brazos: tenía que pasar en el guión, protesta, aún si las pruebas científicas dicen que está equivocado.

Aquello que los mil sentidos de mito tienen en común es que trazan una línea en el suelo. De un lado está la realidad, la verdad, la ciencia, la razón, el sentido común y los hechos comprobables. Del otro lado, el error, la falsedad, las mentiras y, en el mejor de los casos, los cuentos y las ficciones que por candidez, pedagogía o distancia temporal disfrazan los hechos empíricos con el material que construyen leyendas, fábulas y narraciones tradicionales. Y lo que uno debe hacer frente a un mito es señalarlo con el dedo: detener el desfile para revelarles a todos los asistentes que el heroico prócer fue en realidad un pirata con lengua de plata.

Lévi-Strauss no estaba de acuerdo. En 1949 escribía sobre un mito de los indios cuna de Panamá, un encantamiento que en forma de canto chamanístico ¿un viaje imposible hacia la mansión de Muu, la deidad responsable de la creación de los fetos? ayuda a las mujeres en un parto difícil. Con más de medio siglo de distancia, Lévi-Strauss se hacía eco del comentario de Cameron: es cierto que los microbios existen y que los monstruos no existen, pero hay que prestar atención a la realidad del mito.

“La ruta de Muu y la mansión de Muu no son para el pensamiento indígena un itinerario y una morada míticos, sino que representan literalmente la vagina y el útero de la mujer embarazada”. La función –simbólica, la llamaba Lévi-Strauss– de este mito es hacer aceptables para el espíritu los dolores que el cuerpo se rehúsa a tolerar. “Que la mitología del chamán no corresponda a una realidad objetiva carece de importancia: la enferma cree en esa realidad y es miembro de una sociedad que también cree en ella”. La mitología sobrenatural articula un sistema coherente que funda la concepción del universo de esa sociedad. La enferma acepta esa concepción, o mejor, jamás la puso en duda. Lo que no acepta son dolores arbitrarios, incoherentes, elementos extraños en su sistema; el mito los restituye a un universo donde todo tiene sustento. “Pero la enferma, al comprender, hace más que resignarse: se cura”.

Todas las sociedades poseen mitos encargados de cumplir estas funciones –la función de proveer un lenguaje que permita expresar estados informulados o informulables–, y no es excepcional que muchos de estos mitos se articulen dentro de los límites políticos y culturales de los estados-nación. Que articulen asimismo estos límites. Que los legitimen, los expliquen, los ensalcen, los trivialicen, los vuelvan sentido común.

En un aspecto más o menos formal, los mitos nacionales son narraciones acerca de algún episodio del pasado debidamente desvirtuado, hiperbolizado y esquematizado. Tienen que inspirar, aleccionar, plantar estandartes morales colectivos entre los miembros de una comunidad y, en última instancia, como también escribió Marcus en T he shape of thing to come , convertir en nación a una colección de edificios y de personas sin ninguna razón para hablar entre sí.

También los mitos nacionales responden a esos otros mil sentidos. El cruce sanmartiniano de los Andes, los líquidos hirvientes de las invasiones inglesas y el boletín sin faltas escolares de Sarmiento, todos pueden pasar por mitos nacionales igualmente validados y cuestionados. Pero también cualquier otra cosa plausible de situarse de un lado o del otro de la línea trazada en el suelo: que el público argentino es el mejor del mundo, que las mujeres son las más lindas y que si uno tira una semilla en la tierra crece una planta. Y también ellos parecen sentenciados a ser “derribados” o “revelados”. Iconoclasia cultural es una manera de llamar a la corriente contra la que remaba Lévi-Strauss. No por nada, ese capítulo de Los Simpson se titula “Lisa la iconoclasta”.

“Desarmar los mitos es condición necesaria para potenciar cambios sociales y culturales. En primer lugar, es necesario abordar los mitos acerca de cómo se conforma la propia sociedad. Un país no puede desarrollarse, ni crecer, ni tener nociones fuertes de justicia social si no construye una identidad”, escribió Alejandro Grimson en su libro Mitomanías argentinas . “Para poder responder quiénes somos sin apelar a frases huecas que hablen de músicas o comidas o dioses o héroes, es necesario explicar primero por qué no somos como muchas veces creemos que somos. Para eso es preciso derribar unas cuantas creencias falsas que tenemos sobre nosotros mismos”.

Los mitos (nacionales, en este caso) son creencias falsas que se derriban y se desarman. Si no se derriban ni se desarman el país no crece, ni tiene justicia social, ni identidad. Pero cuando casi cualquier cosa puede ser un mito (las restricciones a la compra de dólares o las propiedades oculares de las zanahorias) que debe ser derribado, entonces no queda dónde correr, dónde echar un ancla. Si los mitos cumplen una función simbólica, como propuso Lévi-Strauss y otro medio millón de observadores, entonces no existen creencias falsas. O mejor dicho: que una creencia sea falsa ¿en el caso de que una creencia pueda ser falsa? no quiere decir que sea un mito. Es una creencia falsa, nada más.

La eficacia de los mitos no se mide por la veracidad empírica de lo narrado. Incluso Lisa Simpson lo entiende al final de su cruzada. Cuando está por revelar el misterio, cuando está por desarmarlo, se echa atrás. “El mito de Jeremías tiene valor”, entiende. “Promueve los mejores sentimientos del pueblo”. Para Lévi-Strauss y Cameron resultaba todavía más simple: se trata de mantener el misterio. Y a veces, de hacerlo más misterioso.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *