El encuentro en la oración: el joven rico

El encuentro personal con Cristo se suele dar en la oración. Una escritora moderna lo explica así: «El camino interior que conduce a la libertad es el camino de quien tiene el coraje de alzar la vista hacia el cielo y reconocer la propia debilidad y la propia fragilidad; de quien, aun en la debilidad y en la fragilidad, siente su nombre pronunciado fuerte y a ese nombre responde ¿quién llama? ¿Quién conoce mi destino? En ese momento se descubre que junto al yo también existe un Tú. Eso es la oración. En ese punto nace la unicidad del camino. Un camino siempre igual y, no obstante, siempre distinto que nos conduce a existir en la libertad, en la verdad y en la conciencia de ser hijos de un Padre amoroso» (S. Tamaro).
Ciertamente Cristo respeta nuestra libertad, «pero en todas las circunstancias gozosas o amargas de la vida, no cesa de pedirnos que creamos en Él, en su Palabra, en la realidad de la Iglesia, en la vida eterna. Así pues, no penséis nunca que sois desconocidos a sus ojos, como simples números de una masa anónima. Cada uno de vosotros es precioso para Cristo, Él os conoce personalmente y os ama tiernamente, incluso cuando uno no se da cuenta de ello» (Juan Pablo II, Homilía, Jornada Mundial de la Juventud, 15.VIII.2000).
En un pasaje de los Evangelios, que comentó Juan Pablo II el Domingo de Ramos de 1985 en su mensaje a los jóvenes, se recoge la historia de un joven rico que toma la iniciativa de ir a Jesús para pedirle consejos de santidad (Mt 19, 16-22; Mc 10, 17-22; Lc 18, 18-27). San Marcos relata que Jesús se le quedó mirando y le tomó cariño. También a nosotros nos gustaría saber de qué manera nos mira Jesús: de la misma manera, sin duda alguna, pero con una exigencia particular que cada uno debe descubrir. Ese encuentro del joven rico con Jesucristo nos puede servir de ejemplo y de enseñanza.
Se me ocurre que podríamos distinguir en la escena –puedes releerla por tu cuenta en el Evangelio– como tres partes:
En la primera parte, San Mateo relata que el joven pregunta a Jesús: «¿qué tengo que hacer de bueno para conseguir la vida eterna?» En otras traducciones: «¿qué cosas buenas debo hacer para alcanzar la vida eterna?» Jesús le aclara que lo bueno no es algo sino Alguien: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es el bueno»; o, según San Marcos: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno, Dios».
Jesús le remite a Dios, a Alguien que ha hablado y se ha revelado. Es decir, lo verdaderamente importante no son las cosas que hacemos –lo que uno piensa, su opinión sobre lo que es bueno– sino lo que Dios entiende que es bueno; y es evidente que lo mejor es amar a Dios con locura, sin limitarse a cubrir una hoja inmaculada de servicios. No se trata tanto de hacer cosas como de amar a Alguien.
Lo que importa no es nuestra visión de las cosas, sino la de Dios; no es nuestro juicio, sino el de Dios; no es lo que nosotros pensamos, sino lo que piensa Dios. Me parece de gran trascendencia tener muy en cuenta esto cuando uno se plantea su posible llamada: se trata de mirar a Dios, de meterse en Dios y desde Dios pensar en todas las almas. Con Dios somos capaces de todo, sin Él nada podemos hacer.
Hay que atreverse a una relación personal con Cristo. Lo que se pretende ver no es «algo» sino a Jesús. Las cosas se conocen examinándolas; a las personas sólo se las conoce arriesgándose a amarlas y, sobre todo, dejándose amar.
No existe un tiempo para amar sin amar, para amar «a prueba»: de lo contrario sólo se podría dar la vida después de haberla vivido. No hay escuela de prácticas para el amor, ni seguro en el amor; se ama amando de verdad, desde el primer instante, o de lo contrario, nunca se amará. En el amor no hay simuladores como en el caso del aprendizaje de los pilotos de vuelo; como tampoco existe un curso de oración sin esfuerzo. Jesús, en esta primera parte de la escena, va abrir los ojos al joven –que simplemente ha acudido a un maestro; aún no sabía Quién era el que tenía delante–, animándole al encuentro personal con Dios.

En la segunda parte Jesús le dice: «Si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos» y el joven le pregunta: «¿Cuáles?» . Quizá piensa que la inquietud que le ha llevado hasta Jesús se debe a que, a pesar de que intenta cumplir todo lo necesario, se está olvidando de alguna cosa. Hace esa pregunta como quien pasa revista a una lista de obligaciones… Pero cuando el Señor le enumera los mandamientos que ya conoce, se da cuenta de que no hay fallos: «cumple todo» y, sin embargo, sigue inquieto. Así que pregunta de nuevo: «¿Qué me falta aún? ». En el fondo, su enfoque es equivocado: todo el tiempo parece estar buscando la fórmula que le permita vivir su vida tranquila, con la seguridad de que está «en regla» con Dios. Pero tiene buena intención: ha llegado hasta allí obedeciendo a una inquietud sincera, aunque mal enfocada.

En la tercera parte, el Señor le pide que quite de su vida lo que le impide vivir enteramente en manos de Dios. Quiere que entienda que el sentido de todos esos mandamientos que ya cumple es hacer posible el primero: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas; y el segundo, que es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Por eso le responde: «Sólo una cosa té falta», «si quieres ser perfecto, anda, vende cuanto tienes y reparte el dinero a los pobres; así tendrás un tesoro en el Cielo. Luego, ven y sígueme».

Como el joven rico, estamos llenos de buenas intenciones, pero queriendo hacerlo todo a nuestro antojo. La pretensión de sorprender a Dios con nuestra santidad configurada a nuestro gusto equivale a reducir a Dios a un botiquín portátil, necesario sólo para casos imprevistos… Lo que le falta al joven rico no es conquistar la perfección que él proyecta –una irreprochabilidad que le permita quedarse «en paz»–, sino abandonarse en Dios, secundar el proyecto de Dios. Nos pide el Señor que seamos perfectos, ciertamente, pero como nuestro Padre Celestial es perfecto. La santidad pertenece sólo a Dios. La fe no es sólo constatar que Dios existe –eso también lo saben los diablos y no les aprovecha en nada, como dice el Apóstol Santiago, sólo les hace temblar–, sino que ha de llevarnos a buscar la comunión personal con Dios: a vivir, ya en la tierra, por Él, con Él y en Él.

No hay vocación sin conversión que lleve a vivir con fe plena, y esa fe debe estar movida por el amor. El coloquio de Jesús con el joven nos ayuda a comprender las condiciones para el crecimiento moral del hombre llamado a la perfección: el joven, que ha observado todos los mandamientos, se muestra incapaz de dar el paso siguiente sólo con sus fuerzas. Para hacerlo se necesita una libertad madura («si quieres») y el don divino de la gracia («ven y sígueme»).

Pero el joven se fue triste. Las palabras que deberían darle una gran alegría, porque eran la respuesta a su intranquilidad, le dejaron en el alma una gran tristeza. No por el simple hecho de tener muchos bienes, sino por poner en ellos el corazón. San Agustín explicaba que cuando se quiere llenar de miel un recipiente que contiene vinagre, hay que vaciarlo y limpiarlo bien, de lo contrario hasta la miel acaba sabiendo a vinagre. La tristeza del joven rico no procede de las palabras de Cristo, no es causada por la exigencia, sino por el recipiente donde la acoge: un corazón avinagrado.

Las exigencias de Dios, las llamadas del Amor nunca son agrias, nunca entristecen, por eso, cuando notamos un deje de tristeza en el corazón puede ser debido a que el Señor nos esté pidiendo algo y no queremos dárselo.

Por eso conviene recordar lo que explica Jesús a sus discípulos una vez que el joven rico ha vuelto la espalda y se ha marchado con su tristeza, con su triste riqueza: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por Mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas, y madres e hijos, y tierras, con persecuciones–, y en la edad futura la vida eterna».

Jesús vive y llama. No dejemos pasar las oportunidades que nos brinda.

 

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