El efecto ideomotor en la enseñanza de la psiquiatría

Se ha advertido de sobra que la introducción a la psiquiatría en la enseñanza de pregrado debiera abocarse a discutir múltiples prejuicios acendrados antes de adentrarse en la materia específica. Si tal propedéutica es exonerada, magro será el aprendizaje significativo.

Pero, ojo, no prejuicios acendrados respecto a la psiquiatría solamente. Vayan ellos y pasen. No es éste el punto en tela de juicio.

Ahora que hablábamos de estigma, obvio pero necesario resulta acotar que el estigma no se dirige únicamente hacia ciertas enfermedades psiquiátricas. Nada de eso. El estigma antecede a la patología muchas veces.

Así es. El estigma es también dirigido a funciones mentales específicas. A inmensos territorios de la mente dejados de lado, ninguneados y escuchimizados, en aras de un artificioso paradigma que privilegia y encarama por sobre todo a la racionalidad y a la conciencia, a la voluntad plena, en desmedro de lo afectivo, lo emotivo, lo espontáneo, lo imprevisible.

Diversas influencias de nuestra civilización y cultura se dirigen malsanamente a proscribir lo dionisiaco de nuestro mundo psíquico. Y si el común de prójimos resulta apabullado por la rimbombante presentación de un mundo deudor de la ciencia y la técnica, hijo del córtex cerebral únicamente, los discípulos de Asclepio no pueden ser la excepción.

Los jóvenes médicos reputan a la mente como un constructo meramente racional, consciente y previsible. Entelequia de lo supremamente humano en cuanto matemático, cuadriculado, euclidiano, cartesiano, cortical. Nada más. Nada más. Todo lo demás, por tanto, normal o patológico, será cuestión de ‘debilidad de la voluntad’, lo que a su vez será remediable con la frase mágica acerca de ‘poner de tu parte’, y si esta fórmula no resulta, quedarán otros epítetos supuestamente más estimulantes pero menos elegantes.

Los he escuchado: ya ad portas de ser médicos, si se les plantea la inocente pregunta sobre ¿qué es la mente? -no con el propósito de colegir su capacidad de abstracción o su versación neurofilosófica, nada de eso-, el elemento que siempre encabeza, sino el único, dentro de los alegados componentes de la mente, es el racional. Sorpresa causa cuando se alude a lo afectivo. Estupor cuando se menciona el impulso volitivo. Desconcierto ante la tendencia instintiva.

Allí podría ser provechoso recurrir al desmitificador Efecto Ideomotor.

¿Así que toda actividad mental es siempre racional, consciente y voluntaria? ¿Así que toda actividad mental es principalmente racional, consciente y voluntaria?

Ajá, vamos a ver, entonces agarra tu péndulo, concéntrate en él, míralo, clava tus errabundas pupilas en él. Mientras la voz del instructor influye en ti, aunque no lo quieras, sin que puedas percibir dicha influencia, verás que el péndulo se mueve de un lado a otro, de adelante para atrás, en círculos, en elipses, y eso desafiará tu constreñida concepción de la mente.

¿Así que la Ouija era nomás cosa de histéricos, eh?

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