EL DOLOR SALVÍFICO — A LOS ENFERMOS

Quisiera ahora llegar, por medio de estas líneas, a todos los que están sufriendo de alguna manera, para decirles que la única solución a su problema, es la fe vivida intensamente, con todas sus vibrantes y vivificantes consecuencias.

No es fácil saber sufrir cuando se tiene una fe lánguida; es imposible cuando se cree que los límites de la vida terminan definitivamente en la tumba. Sólo cuando se tiene una perspectiva de eternidad, sólo cuando se enfocan todas las vicisitudes de la existencia con una visión sobrenatural, el misterio del dolor humano tiene sentido.

Deseo estar al lado del enfermo recientemente operado; junto al que está angustiado y experimenta la sensación de que le falta oxígeno para respirar; quiero hablarle en voz baja y quedamente al que ya se ha declarado derrotado frente a las contrariedades. A todos ellos, que ahora pueden estar leyendo estas líneas o escuchándolas por boca de un familiar o amigo, quisiera decirles, que nosotros no tenemos en esta tierra ciudad permanente, que vivimos en tiendas de campaña, que somos futuro, que esta vida no es verdadera, sino la otra. Quisiera decirles, sí, decirles todo esto… Pero ¿qué repercusión pueden tener estas palabras en un alma sin fe y sin esperanza. Por estas almas hemos de elevar nuestra súplica al Altísimo, para que las fecunde con el don sobrenatural de la fe.

No dudo que muchos de mis lectores tienen fe, y no pocos de ellos necesitan una palabra de aliento en los momentos difíciles en que se encuentran. Para ellos quiero transmitirles la siguiente exhortación de autor desconocido y que dice:

Cuando todo se oscurece,
cuando el camino es difícil,
cuando la tristeza llama,
cuando la vida es pesada,
porque su carga la aplasta,
cuando la salud es pobre
porque Él permitió que fallara,
cuando al doblar un sendero
sólo las penas aguardan,
cuando las lágrimas corren
porque de adentro las mandan,
cuando todo se derrumba
porque las bases son malas,
cuando nos creemos solos
porque nadie nos ampara,
tomemos un Crucifijo,
y en él puesta la mirada,
contémosle nuestras penas,
que por ser nuestras se agrandan,
y hablemos de sufrimientos,
a Quien sufrió más que nadie,
y ofrezcamos nuestras lágrimas,
a Quien lloró de sangre;
y Quien jamás nos faltará,
aunque creímos su falta,
nos consolará diciendo:
“Desde aquí yo te acompaño,
eres mi hermano por hombre,
pues hijo eres de mi Padre…
Y esta Cruz yo la he elegido
por amarte más que nadie.
Carga la tuya y me sigues
confía en Mí, no desmayes”.

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