El dolor mitiga la culpa

Tendemos a considerar el dolor como un desdichado subproducto del daño físico. Las sensaciones de dolor aplastante, quemante o punzante suponen un lenguaje de alerta que utiliza nuestro cuerpo para comunicar daño, inminente o real, en los tejidos. Pero ¿qué decir del dolor que nos infligimos a nosotros mismos? ¿Qué ocurre en ese instante angustioso en el que nos arrancamos el pelo o damos puñetazos a la pared? Investigaciones recientes indican que se busca el dolor físico para proporcionar una catarsis emotiva a los sentimientos de culpa o vergüenza. Y lo que es más importante: tales acciones parece que funcionan.
«El dolor puede ser funcional de múltiples maneras», afirma Brock Bastian, psicólogo de la Universidad de Queensland, en Australia. Los psicólogos que trabajan con individuos que se automutilan llevan tiempo sospechando que es así; incluso los expertos en este campo describen cómo el dolor físico y el emotivo se solapan. Bastian ha presentado los primeros resultados en la población general. Pidió a los participantes que se centrasen en un episodio del pasado que les hubiese provocado el sentimiento de culpa, al tiempo que sumergían una mano en un cubo de agua, que bien podía estar tibia o gélida. Los probandos que sumergían la mano en agua fría la mantuvieron durante más tiempo; incluso fueron sintiéndose menos culpables a medida que pasaba el tiempo. Bastian opina que la culpa les motivó a prolongar su exposición al dolor físico como remedio para aliviar su dolor psicológico.
Teniendo en cuenta los rituales de disculpa y expiación religiosa, tal teoría empieza a cobrar sentido. Si buscamos una forma de lavar nuestros pecados es posible que girar el mando de la ducha hacia uno de sus extremos sirva de ayuda. Dolerá, sí. Pero de eso se trata.

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