EL DOCENTE ES UN CREADOR

Extractaré algunos párrafos del editorial anterior, para seguir avanzando en la profundización de una temática que en cierto modo, hace al caminar de los docentes.
“Puesto que lo que perseguimos –decíamos- es una idea de lo que debería ser, perseguimos un fantasma, que impide alcanzar una meta concreta.
Ahora bien, como lo que perseguimos se convierte en inalcanzable y lo que alcanzamos es considerado de poco valor, nos encontramos en un estado de ansiedad, en lo que todo lo que hacemos es poco y lo que nos falta hacer es tanto que nos agobia.
La certeza que da el Señor, antes que mirar lo externo, mira a la revelación interior que Él ha hecho a un alma amiga. Esto es lo que da verdadera consistencia a nuestro obrar y verdadero sentido a lo que hacemos”.
Ahora nos fijamos cómo resuelve Atahualpa Yupanqui en una milonga suya, este caminar sin rumbo, esta ansiedad y esta dispersión.

Los caminos son caminos
en la tierra y nada más.
Las leguas desaparecen
si el alma empieza a aletear.

Hondo sentir, rumbo fijo,
corazón y claridad.
Si el mundo está dentro de uno
afuera por qué mirar

Quien camina y avanza con estos criterios, tiene conciencia clara de que su misión es transmitir una herencia que sabe que no es de su propiedad pero que hace a la constitución de la personalidad de cada uno de sus alumnos. Por lo tanto, afianza desde la raíz, la pertenencia a la Patria y el mejor instrumento del cual dispone, es de sí mismo. El docente es un creador. Un creador que suma. Todo docente es un creador por naturaleza.
Sino se tienen presentes estos criterios, la creatividad, corre el riesgo de interpretarse como el hacer cada uno lo suyo. Aunque no sea ésta una realidad limitada sólo al ámbito docente, suele ocurrir en una misma institución se dé la aplicación de metodologías de aprendizaje contrarias u opuestas.
Tal vez allí percibimos esa la sensación de transitar por nuestra patria, con problemas para mantener una unidad de criterio, de concepción y en definitiva de cultura. Es como si camináramos por el mismo camino, hacia la misma meta, pero sin hablarnos, pues cada vez que hablamos discutimos…
Nuestra cultura nacional se transmite en las escuelas del país, casi de veinticuatro maneras distintas. No debería preocuparnos, si tuviéramos veinticuatro visiones distintas de una misma realidad. Pero, como cada una de las realidades se vive y se expresa como si fuera la única, haciendo de una parte el todo, cuesta luego tener una visión de integración.
Tampoco es la consecuencia de la aplicación de la ley federal de educación. Es un problema que acarreamos desde lejos. Desde antiguo.
Es curioso que en el afán por expresar que la jurisdicción de la que eventualmente se habla, es la más problemática de todas, se llega no sólo a ventilar realidades, que en el consejo de nuestras abuelas debería hacerse sólo hacia el interior (“… los trapos sucios se ventilan adentro…”), sino que a veces pueden cometerse injusticias, sobre todo cuando en apreciaciones generales de este tipo, se incluyen docentes, -señores docentes- que están en la llaga viva del corazón de la Patria, trabajando lo indecible por hacerla grande.
(Que nuestra realidad educativa y de familia argentina es compleja, a esta altura quién podría negarlo. O quién sería el ingenuo que no lo advirtiera).
En el editorial anterior también hablábamos del estar “como condenados” siempre a empezar algo de nuevo. A derribar lo anterior y a empezar de cero.
Una conclusión lógica y algo rápida, nos diría que le tenemos miedo al camino. O tal vez el cansancio del camino, impacientes como pueblo joven que somos, nos lleva a mirar hacia atrás y recordar con nostalgia algunas cosas que se dejaron. O con la misma mentalidad, creer y pensar que nosotros lo vamos a hacer mejor.
Ustedes conocen mucho mejor que yo ésto que en definitiva están viviendo cada día. Y todo ello nos sugiere con mucha fuerza el tema del camino, que es en lo que ahora me detendré un poco más.
El problema o la realidad del camino, no es un tema menor en nuestro ser de hombres y mujeres que aspiramos a un mundo mejor. Podemos, sí, constatar que estamos en camino.
Yupanqui nos obliga a pensar: “…los caminos son caminos en la tierra y nada más, las leguas desaparecen si el alma empieza a aletear” y esta temática que hoy redescubrimos en Atahualpa, nos sumerge en uno de los dos temas basales de la literatura universal: la travesía (viaje).
Podemos fijarnos cómo, don Atahualpa, utilizando imágenes y vocablos nuestros (camino, tierra, legua, aletear) al menos, categorías muy familiares para todos nosotros, nos transmite uno de los secretos más altos.
Aseguramos que estamos en presencia de un educador. O de un maestro, con todos las letras. Nos hace entendible a todos, con lenguaje propio y no desvalorizado ni chabacano, una realidad universal. En él se hace carne precisamente, la definición de escuela con la que nos manejamos cuya función es la transmisión sistemática y crítica de la cultura.
Don Atahualpa, toma una realidad universal, la “mastica”, la hace propia y luego la da de tal manera que todos la entendemos, aunque sin saber en profundidad aún, que lo dicho corresponde a una verdad universal y milenaria.
No es menos cierto que lo que toma y vuelca así, de manera tan simple y tan clara, ha necesitado mucho rumiar la cosa, mucha tierra caminada, muchas cosas vistas, silencios optados, palabras muy amasadas, mucho pensar hacia adentro. Mucho “…sentir hondo, rumbo fijo, corazón y claridad…”
O tal vez ese caminar polvoriento al que hace referencia, ha sido necesario para permitir luego que “las leguas desaparezcan cuando el alma empieza a aletear”. Darle un poco más de espacio a lo espiritual, llevando a un segundo lugar lo material es una verdad de siempre que hace pleno al hombre.
El P. Amado Anzi SJ, gran jesuita, nos diría algo similar no ya hablando de caminos sino de dolor. En su Evangelio Criollo, nos alcanza a decir en párrafos maravillosos acerca de la Pasión: “…el dolor le pone al alma, alas pa’volar como ave…”. No hace referencia al camino, como la hace Yupanqui, pero asume en estos dos versos, la circunstancias de dolor que conlleva todo camino bien caminado, toda vez que un buen caminante no deja de ver, aunque sin detenerse, toda experiencia de la existencia humana.
Y aún el camino realizado por atajos, no está exento de miserias y pobrezas. La primera es el haber tomado o elegido el más triste de los caminos que es el de huir de uno mismo o de las propias responsabilidades. Aun cuando con nuestra particular manera de proceder con ese sello tan argentino, creamos que echarle la culpa a los demás o a las circunstancias alcanzará para justificarnos, no quedaremos en paz.
El camino se irá forjando al caminar. Los ojos abiertos sin temor de lo que aparezca. Y allí adentro de uno mismo (“…afuera por qué mirar…”), sigue latiendo como única certeza, la revelación interior que el Señor ha hecho a un alma amiga.

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