El divorcio

Porque el matrimonio era asumido como un contrato social, el divorcio era la ruptura de ese contrato[11]. El divorcio afectaba la dote de la esposa, su residencia y el honor de las familias. Disuelto el vínculo se abría la posibilidad de nuevas nupcias.

Por ser el fin de un vínculo esencialmente legal, el divorcio tenía que certificarse mediante un “acta de divorcio” para abrir las puertas a un eventual nuevo matrimonio En el judaísmo el divorcio siempre implicaba la posibilidad legal de nuevas nupcias; se sobrentendía. No se concebía a un hombre que viva soltero. La mujer por su parte necesitaba protección y honorabilidad, ambas asociadas al matrimonio.

Había diferentes motivos “legales” para proceder al divorcio. Según Dt 24,1, texto base, “Cuando alguien toma una mujer y se casa con ella, si no le agrada por haber hallado en ella alguna cosa indecente, le escribirá carta de divorcio, se la entregará en la mano y la despedirá de su casa”. La “cosa indecente” (’ervah) se refería a algún aspecto o un comportamiento inapropiado, indecente, por tanto vergonzoso, que afecta el honor. Como se observa, el texto es muy amplio y deja las puertas abiertas a lo que leemos en Mt 19 como causal: “por cualquier motivo”. Algo similar se lee en Sir 25,26: “Si (la esposa) no se comporta según tu voluntad, apártala de tu lado”. Por su parte, la Mishna anota que: “La escuela de Shammai dice: Un hombre no puede divorciarse de su esposa excepto si halló en ella falta de castidad, pues está escrito: ‘Porque encontró en ella indecencia (‘arub dabar) en algo’. Y la escuela de Hillel dice: (un hombre) podrá divorciarse aún si ella le malogró un plato, pues está escrito: ‘Porque encontró en ella indecencia en algo’ ”. R. Akiba fue el más liberal: el hombre puede divorciar a su mujer “inclusive si encuentra otra más bella que ella, pues está escrito: ‘Y será si no la encuentra agradable a sus ojos (de él)…’ [Dt 24,1]”. (m.Git 9,10; vea también m.Sotah 6 sobre causales de divorcio)[12].

Ya mencioné que el honor era un aspecto fundamental en la relación familiar: contaba la imagen pública del matrimonio (no la relación íntima per se). La mujer era para el hombre motivo de orgullo o de vergüenza, era su diadema, motivo de su aceptabilidad social (cf. Prov 31). Por eso se cuidaba la conducta de la esposa, su decoro, y se castigaba su infidelidad[13] –no así la del hombre-. Era ella quien constituía la fuente de honor del hombre (no al revés). Esto era parte de la cultura patriarcal y andrógena de antaño.

Aunque sea compañera o consorte, legalmente la mujer era tratada como propiedad. Pero era propiedad además que involucra su honor[14]. Un atentado contra lo uno, lo era contra lo otro. Si alguien cometiese adulterio con ella, era como si le robara o destruyera su propiedad. Si fue violada, exige venganza; si ella consiente es adulterio, y el marido debe divorciarla.

El adulterio se imputaba a la mujer, no al varón. Y adulterio es deshonra. Por eso el marido engañado debía divorciarla para así recuperar su honor. Notoria es la sentencia en Prov 18,22: “el que guarda una (esposa) adúltera es tonto e impío” (cf. Sir 25,26). Sólo el varón podía divorciarse. El divorcio significa la ruptura de los lazos que unían a ambas familias. Si era sin motivo válido, era una ofensa a la familia de la mujer, pues atentaba contra su honor, puesto que se le achacaba como causal alguna falta normalmente asociada al decoro y la conducta sexual.

Debemos tener presente que la conducta que en el Oriente importa es la social, no la individual. De aquí la importancia del honor. Los normas conductuales se refieren a estructuras sociales, no a la conciencia individual –recordemos el Decálogo y el Sermón del monte (cf. 1Cor 6,9s; Gál 5,19ss)-, ni a su autorrealización. Es desde aquí desde donde hay que juzgar la moral de antaño: tiene por finalidad asegurar la cohesión del grupo. Por lo mismo, virtudes son aquellos comportamientos que fortifican las relaciones grupales; vicios o pecados son aquellos que atentan contra la cohesión del grupo. Las famosas Haustafeln, códigos de conducta familiar, eran normas para la convivencia armoniosa en casa (Ef 5,21-6,1; 1Pdr 2,18-3,7). Es con este trasfondo que hay que juzgar el matrimonio y el divorcio como se entendía antaño: ¡el honor podía obligar al divorcio!

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