El día más oscuro de la humanidad

No lo van ustedes a creer, señores, pero voy a designar canciller a ese cabo austriaco”.

Dicen que así se expresó en rueda de amigos el aristocrático presidente de la República de Weimar, Paul von Hindenburg, refiriéndose a Adolf Hitler, líder del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP). Resulta difícil imaginar una distancia social más amplia que la que separaba al orgulloso mariscal, protagonista de la Primera Guerra Mundial, devenido más tarde presidente de una república que no lo contaba entre sus más fervientes adherentes, del mediocre aspirante a pintor que luego de llevar una vida desordenada se enroló en el ejército alemán en 1914 e inició una carrera política una vez finalizada la guerra.

Pero ese 30 de enero de 1933, para las clases altas y los sectores conservadores alemanes la designación del plebeyo Adolf Hitler les permitía “resolver” una crisis política que se remontaba a mediados de 1930, colocando al frente del gobierno a alguien a quien suponían que podían manejar.

 

El principio del horror

Convulsionados fueron los tiempos de la posguerra para Alemania. A la sorpresiva rendición –un shock para la población, totalmente desinformada– la acompañó un cambio de régimen. Mientras las potencias vencedoras la sometían al humillante Tratado de Versalles, se producía una intentona revolucionaria protagonizada por la extrema izquierda que se neutralizó con una sangrienta represión. Los impulsores de la naciente República de Weimar, entre los cuales el principal era el Partido Socialdemócrata, se vieron inmersos desde el primer momento en el dramático dilema de instalar y consolidar instituciones democráticas en un país donde la democracia nunca había existido, utilizando además las mismas estructuras burocráticas, judiciales y militares del antiguo régimen. Además, los avatares de la situación económica, afectada por las exigencias del pago de reparaciones por parte de quienes se impusieron en la guerra, culminaron en el estallido hiperinflacionario de 1923, un corto episodio que dejó una profunda marca en la sociedad alemana.

Fue en esos años que Adolf Hitler, confidente del departamento político del ejército, encontró su vocación como agitador y orador, convirtiéndose con rapidez en el principal dirigente de un partido, germen del futuro Partido Nazi. Desde el comienzo de su actividad, su concepción del mundo estaba centrada en torno a tres ejes: una concepción de la historia basada en la lucha entre razas; un antisemitismo militante, y la idea de que el futuro de Alemania dependía de la conquista de “espacio vital” expandiéndose hacia el Este. Estos tres ejes convergían en un antimarxismo radical, ya que el marxismo era una creación judía, afirmaba que la lucha de clases era el motor de la historia debilitando la unidad de la nación, y además había triunfado en Rusia, el más importante territorio de potencial expansión alemana.

Ninguna de estas ideas era original; estaban en los programas de numerosas organizaciones de extrema derecha, con seguidores fundamentalmente entre la baja clase media. De hecho, el NSDAP fue durante años sólo un grupo minoritario caracterizado por la utilización de la violencia. Justamente Hitler apareció por primera vez en los titulares de la prensa nacional como protagonista en noviembre de 1923 de un frustrado golpe de Estado que lo llevó a la cárcel durante nueve meses. Durante los cortos años de relativa normalidad económica y política de la República de Weimar, entre 1924 y 1928, el partido nazi no alcanzó mayor trascendencia, pero su organización se extendió por todo el país y su fuerza de choque era el principal oponente de las organizaciones de izquierda en las disputas callejeras.

Es muy difícil explicar el ascenso de Hitler sin hacer referencia a la profunda crisis económica que se abatió sobre el capitalismo a fines de la década de 1920, y que en Alemania fue agravada por políticas deflacionarias que generaron recesión y un elevado nivel de desocupación. En ese escenario, el NSDAP capitalizó en su favor el vuelco de amplios sectores del electorado hacia posiciones radicales. Si en las elecciones generales de mayo de 1928 el partido había obtenido sólo el 2,6 por ciento de los votos, dos años más tarde el porcentaje se incrementó al 18,2 por ciento y en julio de 1932 trepó hasta el 37,2 por ciento. A partir de 1928, haciendo gala de un profundo olfato político, Hitler centró su propaganda en los tres grupos que en mayor medida sufrían la crisis: los desocupados, las clases medias y los campesinos. Su encendida oratoria, basada en el apasionamiento, el rechazo de toda discusión y la repetición obsesiva de algunas cuestiones, se complementaban con la utilización de novedosos métodos –efectos teatrales, carteles luminosos– y una cuidadosa organización de los actos, en los que los asistentes se convertían en feligreses de un culto que tenía al líder como centro. Hitler mostró la intuición necesaria como para sintonizar con los temores y las esperanzas de amplios sectores de la sociedad alemana, señalando a los responsables –la “conspiración judeomarxista”–, y erigiéndose en “salvador” de la nación alemana.

Por su parte, para los conservadores, la otra cara de la radicalización política del país, el crecimiento de los votantes del Partido Comunista a expensas de la socialdemocracia, los llevó a pensar en la posibilidad de retorno de una coyuntura revolucionaria como la de 1919, y para ellos el partido de Hitler, del que rechazaban su demagogia y la violencia de algunas diatribas anticapitalistas, era sin embargo el instrumento adecuado para enfrentarla con éxito

 

Los caminos del mal

Como ocurre en todos los procesos históricos, no hubo un derrotero marcado que condujera al triunfo del nazismo. En este sentido, en 1996 el historiador inglés Henry Ashby Turner publicó un documentado libro en el que mostraba lo ocurrido en los treinta días anteriores al 30 de enero de 1933. Allí daba cuenta de la suma de circunstancias fortuitas, cálculos errados y decisiones apresuradas que condujeron finalmente a la designación de Hitler, que hacia fines de 1932 se encontraba en una situación tan difícil que incluso lo llevó a pensar en retirarse de la vida política. La responsabilidad de ese hecho decisivo de la historia del siglo XX es entonces atribuida a los “poderes fácticos” que rodeaban al presidente.

En efecto, a la altura del 30 de enero de 1933 no había una mayoría de la población simpatizante del nazismo, ni muchos de quienes lo votaron seguramente compartían el ideario del partido liderado por Hitler. Podía suponerse que, dadas las dimensiones de la crisis, en un país con escasa tradición democrática el apoyo a un gobierno autoritario era una opción que contaba con varios simpatizantes. Sin embargo, la sociedad alemana no se pronunció en elecciones libres en favor del régimen totalitario que se instaló seguidamente. Este fue el resultado de un proceso posterior, en el que las reglas de juego fueron muy diferentes.

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