El derecho de los animales

Fundar el derecho del animal ¿Tienen derechos los animals o no, aunque nosotros tengamos obligaciones para con ellos? A lo largo de la historia, los pensadores han tratado de responder esta cuestión, y se ha abierto así un debate del que han surgido los fundamentos para crear un derecho animal.

Los partidarios de las ideas de Kant, entre los que se encuentra el filósofo Luc Ferry, aseguran que «tene­mos obligaciones con los animales porque, en rela­ción con nosotros, son débiles, dependientes, y capa­ces de expresar alegría y sufrimiento. Pero declarar como consecuencia que tienen derechos no tiene nin­gún sentido. Significa equivocarse doblemente, en el mundo humano y en el animal». Y para que poda­mos comprender mejor su punto de vista, nos pone un ejemplo basado en la mismísima Declaración de los Derechos del Hombre. En ella se defiende que la persona debe ser respetada sin que importen sus raíces étnicas, religiosas, nacionales o lingüísticas. El hom­bre apatrida tiene los mismos derechos que el español, el francés, el italiano o el alemán. Los animales, sin embargo, no evolucionan en función de su historia; es la naturaleza la que causa esa evolución. Y para Ferry, como para Kant, sólo un ser capaz de arraigar en una comunidad y en su historia y cultura puede ser sujeto de derechos. «Es más —continúa el filósofo— para que los derechos y los deberes se correspondan ha de existir una reciprocidad. Los humanos se preocupan por el futuro de las ballenas, lo inverso resulta impo­sible».

Pero Florence Burgat, responsable del departamento de investigación del Instituto Nacional Francés para la investigación A gronómica (INRA) y autora de los libros Animal, mi semejante y La protección del animal, tiene una opinión muy distinta. Se pregunta: «¿Tene­mos obligaciones para con quien no tiene derechos? El pensamiento occidental siempre ha tenido la ten­dencia a crear en el animal un anverso del hombre», nos explica, «en el sentido de que, cuanta más digni­dad otorgamos al animal menos le dejamos al hom­bre, y así, lo que a uno concedemos al otro se lo qui­tamos. En este juego, por supuesto, el animal ha sali­do perdiendo». Considerar al animal un simple bene­ficiario de nuestros deberes implica considerarlo un bien o propiedad, un recurso para el hombre, a pesar de que Ferry declare que «el mundo actual no puede entenderse en términos de tenencia o posesión». Para Heidegger, el hombre tiene encomendada su guarda, y para cumplir con esta tarea hemos empleado el pro­greso. Lo que sucede es que hemos olvidado que el progreso debe estar supeditado a unos fines superiores que lo justifiquen: la emancipación y el bienestar del hombre, y lo hemos convertido en un fin en sí mismo. Referirse al animal como «recurso» o «mate­rial» -así lo llaman en los laboratorios-, además de ser indecente, traiciona su misma naturaleza. Un animal no es un objeto. «Si los animales fueran máquinas, matarlos resultaría indiferente desde el punto de vista ético, pero ridículo, sería como romper un reloj. Cuando alguien arranca las patas a una rana sabe muy bien lo que hace, y por eso lo hace».

En este contexto, Burgat defiende su tesis, ya que la supuesta superioridad intelectual o moral del hom­bre no implica que únicamente él tenga derechos. Y para lograrlo, confronta las ideas de Kant (que sostie­ne que los animales no tienen derechos) con las de Rousseau y fundamenta así los derechos del animal. Según dice Kant, los seres no racionales no nos obli­gan. Pero el hombre no podría torturar a un animal, no porque éste sufriera, sino «porque el hombre es un ser racional y moral». Rousseau, sin embargo, parte del Derecho Natural, un derecho común al hombre y al animal, y que se fundamenta en dos principios, la propia supervivencia y la repugnancia natural ante el sufrimiento de cualquier ser sensible. Si no debemos hacer daño a los animales es porque son seres sensi­bles. Y este principio, el principio de piedad, no puede trasgredirse a menos que esté en juego la pro pia supervivencia (legítima defensa), o para la satisfac­ción de las necesidades vitales (la caza para obtener el propio alimento, por ejemplo). A este concepto del Derecho Natural hay que añadir que la etología, cien­cia que estudia el comportamiento de los animales en libertad, ha demostrado que éstos tienen su propia cultura y formas de comunicación.

La evolución del Derecho Natural

Estas consideraciones han servido de punto de partida para crear un Derecho del Animal, un derecho que ha ido evolucionando conforme el hombre ha ido comprendiéndolo y aceptándolo. Así ha sucedido en las diversas legislaciones, entre ellas la francesa, la ale­mana y la española. Pasamos a detallar la española.

¿Somos fruto del azar?

La conclusión es que el hombre no es ni el dueño y señor del mundo ni el único sujeto de derechos. El científico e historiador Stephen Jay Gould, profesor de geología, biología y zoología en la Universidad de Harvard, nos explica en su libro Las conchas de Leo­nardo que «no hemos asumido todavía la revolución darwiniana. Freud decía que cualquier revolución conceptual impone al espíritu humano una nueva representación del mundo, y replantearse su situación en él. Y ello implica reconocer que no ocupamos el lugar central en el cosmos, ni el más elevado dentro del orden natural. En el caso de la revolución darwi­niana, hoy se acepta que descendemos de los grandes simios, pero pocas personas están dispuestas a admitir que la evolución no tenía por qué haber conducido a nosotros. Lo que realmente nos confunde es cuestio­narnos el lugar del hombre como resultado predecible de la evolución». El proceso evolutivo, según el profesor Gould, es caótico e impredecible. Hasta hace cerca de 3.000 millones de años, más de la mitad de la historia de la vida en nuestro planeta, los únicos seres vivos que habitaban la Tierra eran las bacterias. Cuando los organismos multicelulares hicieron su aparición -hace tan sólo 525 millones de años-, todas las especies surgieron en un período de tiempo tan corto que los paleontólogos lo llaman «la explosión cambriana». Tras este episodio tuvo lugar una progre­siva desaparición de especies, tal vez porque no esta­ban lo bastante adaptadas a su entorno, o quizá esa selección fue fruto del mismo azar. «No estamos segu­ros de que, si volviéramos a aquel momento, se repi­tiesen las mismas pautas evolutivas», afirma Gould. La aparición del hombre, por tanto, sería el resultado de la contingencia de una serie de factores que no tenían por qué haberse producido. «Los científicos que disienten de mi opinión sostienen que la evolu­ción ha sido capaz de reproducir especies muy simila­res, aunque pertenecieran a familias distintas. El ejemplo clásico es el de los pájaros, los murciélagos y los ptesorauros, todos ellos dotados de alas y capaces de volar. Así pues, el hombre también debería reapa­recer. Sin embargo, en la historia de la evolución no se conoce ningún otro animal con una inteligencia y una conciencia semejantes a la nuestra, basadas en el lenguaje y la capacidad de abstracción. Debemos reconocer pues que el hombre es un caso único en la historia de la vida». Desde luego, la idea de que la aparición del hombre sea fruto del azar trae conse­cuencias a la hora de relacionarnos con los demás ani­males de nuestro entorno, pues… ¿con qué legitimi­dad puede un ser que está en este mundo por casuali­dad apropiarse de todos los derechos, sin compartir ni uno siquiera con los que lo rodean?

Fuente: «Débat: Entre l’animal et l’homme», Le Novel Observateur, 26/06/01.

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