El culto del pueblo de Israel al Único Dios. Fichas Para entender la Biblia – V

El pueblo de Israel daba a su Dios un culto que ahora nos resulta muy normal, pero en su época era un asunto revolucionario, extraño, a veces hasta incomprensible para las gentes de otros pueblos. ¿Por qué?

a) Porque era el culto a un Dios único. Un pueblo que había vivido solitario, sin relación con otros pueblos, en el desierto, había llegado a concebir la idea de un Dios que vivía solo. El primer mandamiento de su legislación, el más exigente de sus mandatos, trataba precisamente de este punto (ver Ex.20,3; Dt.5,7; 6,13-14). Apenas podemos hoy imaginarnos lo extraña que resultaba esta doctrina y esta práctica entre pueblos que llegaron a tener miles de dioses en cada una de sus religiones.

b) Porque era el culto a un Dios sin compañera femenina en una región llena de vistosísimos cultos a dioses de la fertilidad que, invariablemente, tenían una esposa divina. (De aquí el temor que muchos cristianos tienen a la forma en que otros cristianos hablan, presentan o dan culto a la Virgen María que acaba así convertida, de hecho, en una especie de diosa, compañera divina de Dios).

c) Porque era el culto a un Dios personal. Era el culto a un Dios que no era la personificación de fuerzas de ninguna clase, sino Yavé, el Dios que los había liberado de la esclavitud, haciéndolos salir de Egipto. Un Dios que había pactado personalmente con ellos una alianza en un momento encuadrado en coordenadas de la historia.

d) Porque era el culto a un Dios sin imágenes. Un dios sin imagen era casi completamente incomprensible para los pueblos de esa época y, más bien, equivalía a un ateísmo disimulado. Pero, nada que el hombre haga, decía la fe israelita, se parece a lo que Dios es; Dios, que sí sabe cómo es El mismo, ha hecho la única imagen que de verdad se le parece, por eso el Génesis (1,27) dice: “Hizo al hombre (al ser humano) a su imagen y semejanza”. La fe israelita pensaba que Dios es irrepresentable porque es inimaginable e inmanipulable por el hombre. Como Dios sabe que el ser humano tiende a creer que lo que él haga sobre la imagen o con la imagen tiene efecto sobre lo representado en ella, prohibió todo tipo de imágenes cultuales, no fuera a creer el hombre que, manipulando su imagen, manipulaba a Dios. La idea original de Israel no es que su Dios era un ser puramente espiritual; el pueblo hubiera sido absolutamente incapaz, por lo menos en su origen, de aceptar un Dios así. Simplemente es que Israel pensaba que su Dios trascendía toda imagen que de El se hiciera el ser humano, aun teológicamente.

Las consecuencias de esto fueron bien fuertes para la fe de Israel: nunca hubo una imagen de Dios ni en el arca de la Alianza, ni en el tabernáculo, ni en el templo. Los becerros que los reyes o el pueblo fabricaron nunca pretendieron, oficialmente, ser otra cosa que un pedestal o trono para Yavé. Nunca se conectó ni el altar del templo, ni sus sacrificios, con ningún tipo de imagen de Dios. Es más, si los sacrificios se quemaban no era para destruirlos, sino porque ésa era la forma popular de imaginar su traslado, por medio del humo, al cielo, lugar en donde se pensaba que residía ese Dios sin imagen.

La Pascua.

La Pascua era una fiesta triple, o mejor: tres fiestas distintas que se unieron, después, entre sí y a un acontecimiento histórico: la salida desde Egipto, como pueblo, hacia la tierra prometida.

La fiesta de los panes sin levadura (los panes “ácimos”) es una fiesta agrícola (y, por lo tanto, tomada a los cananeos una vez conquistada la tierra prometida). Se le presenta a la divinidad la primera gavilla cortada en la cosecha de la cebada, pero la cebada no “leva” (no crece o fermenta) con la levadura, por eso se trata de “panes sin levadura”. Después se le dio otros sentidos: con ocasión del nuevo año, que comenzaba con la primavera, se procuraba limpiar el templo de toda impureza y, por lo mismo, de todo lo que pudiera recordar al muerto año anterior. Mezclar levadura, hecha entonces de harina fermentada, del año anterior era, según la mentalidad de la época, mezclar los “espíritus” o fuerzas de los dos años.

Por eso no quedará más remedio que comer pan sin levadura hasta que fermente la nueva harina (que aparecía con los primeros granos de la cosecha del trigo, en pentecostés). Todavía las costumbres actuales judías exigen que, en la semana anterior a la Pascua, se limpie rigurosamente cada casa de todo producto de trigo y hasta de cada grano de trigo del año anterior. Después se dará a los panes sin levadura el sentido histórico de la urgencia de Israel para salir de Egipto en el momento del Éxodo, con eso encontrarán los “panes ácimos” cananeos un lugar y sentido en la teología de Israel.

La fiesta del cordero se efectuaba (y se efectúa aún) entre los nómadas en cualquier época del año y, en realidad, tenía mucho más sentido mágico que cultual. Se degollaba un cordero y se mojaban, con su sangre, los postes de la tienda de campaña con la finalidad de proteger a sus habitantes contra enfermedades, desgracias y espíritus malignos. El cordero no necesariamente servía de comida; es la sangre la que servía para preservarse de la influencia maligna de espíritus. Originalmente (observemos) se celebraba fuera de todo santuario, y sin sacerdotes ni altares; se comía con hierbas del desierto, revestidos los participantes de los atuendos propios de pastores en pleno nomadeo, de noche y, siempre en noches de luna llena (que es la más clara para poderse mover en el campo).

Entre la fiesta de los panes sin levadura y la fiesta de corderos no existía, originalmente, ninguna relación.

Pertenecían a mundos culturales distintos, la de los panes estaba ligada al calendario los panes insertaba al hombre en el ritmo cósmico y natural; la de los corderos lo prevenía de acontecimientos inesperados y desgraciados. Los textos más antiguos de la Sagrada Escritura hablan ya de esas dos fiestas como de fiestas relacionadas entre sí. La fiesta de los corderos (la Pascua) se celebraba el 14 del mes de Nisán y la fiesta de los panes comenzaba al día siguiente de la fiesta de la Pascua.

La fiesta de la salida de Egipto. Según los relatos escriturísticos, los judíos habían salido de la esclavitud de Egipto hacia la libertad durante la fiesta de plenilunio (la luna llena) de la primavera y aprovechando una peste que había devastado a los egipcios. Así se juntaron las tres fiestas en una sola celebración. En Gosén, los pastores judíos estaban celebrando la fiesta de la prosperidad de sus rebaños, antes de salir de los pastos de invierno (del invierno mediterráneo) hacia los pastos de primavera, y se habían tenido que proteger, como todos los nómadas, contra todas las desgracias y espíritus malignos, con la sangre de los corderos.

Al llegar a Palestina habían adoptado la costumbre de los panes sin levadura, conforme se habían ido convirtiendo en agricultores sedentarios, y querían recordar, cada año, la salida desde la esclavitud de Egipto hacia la libertad; todas estas tres cosas se habían llevado a cabo bajo la luna de un plenilunio de primavera, ¿cómo no celebrarlas juntas?

La conmemoración del paso de la esclavitud a la libertad fue absorbiendo a las otras dos fiestas y terminará por ponerlas enteramente a su servicio. Eso es lo que encontramos en Exodo 12.

Durante la Pascua se presentaban, pues, las primicias de la cosecha de cebada, que era lo que se recogía en la luna llena de primavera y que constituía la base de la alimentación de los pobres. El trigo se recogía, más bien, en mayo o junio, y costaba tres veces más que la cebada; las primicias del trigo se presentaban en el templo en la fiesta de Pentecostés.

Después de la segunda guerra mundial la Pascua ha re-adquirido sentido cuando los sobrevivientes de la masacre nazi se pusieron en marcha hacia el territorio de Israel. En conexión con todo esto se repite cada año, en el ritual de la Pascua, lo siguiente: “Pues no fue sólo un enemigo el que se alzó contra nosotros para aniquilarnos, sino que en todas las generaciones hay hombres que se levantan contra nosotros con el intento de exterminarnos.

Pero el Santo, bendito sea, nos libra de sus manos”. La Pascua ha acabado siendo la fiesta de la libertad, pero la libertad no se goza, sino que se conquista, y por eso las semanas anteriores a la Pascua los servicios sinagogales hablan de esas situaciones. El rito de los panes sin levadura ha ido cogiendo una nueva significatividad en relación también con la libertad.

La vida del esclavo puede llegar a ser más agradable, a veces, que la del libre, pero ¿quién rechazaría, por un pedazo de pan, la libertad?, de allí los panes sin levadura porque la levadura es símbolo de las pasiones humanas. El hombre libre no debe dejarse llevar por sus pasiones pues entonces ya no sería libre, sino que se convertiría en esclavo de esas pasiones. El enemigo de nuestra libertad no está solamente fuera, sino también dentro de nosotros.

En cada casa, durante la cena pascual, debe alguien hacer las siguientes preguntas para que el sentido del rito quede claro: ¿Por qué esta noche es distinta de todas las demás noches del año? ¿Por qué esta noche sólo comemos pan sin levadura? ¿Por qué esta noche sólo comemos hierbas amargas? ¿Por qué esta noche sólo comemos carne asada? ¿Por qué esta noche mojamos (apio y hierbas amargas) dos veces?

El rabino Gamaliel decía que quien, en la noche de la Pascua, no menciona el cordero pascual, el pan sin levadura y las hierbas amargas, no ha cumplido con su deber. Según el Talmud (ver Pesajim X,4) en cada generación el hombre debe considerarse como si hubiera sido personalmente liberado de Egipto (ver Ex.13,8).

En tiempos de Jesús, el cordero pascual se sacrificaba en el templo, y no en la puerta de la casa de cada uno, como había sido la costumbre original hasta la vuelta del destierro en Babilonia.

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