El costo del saber

Todo comenzó con un posteo en el que un distinguido matemático inglés manifestaba su frustración en un blog. Tim Gowers y sus colegas habían pasado años protestando entre ellos por los crecientes costos de las publicaciones académicas. Al igual que a muchos otros científicos, les molestaba que el trabajo que producían sus colegas y en buena medida financiaban los contribuyentes quedara detenido ante los paywalls (o acceso pago) de editoriales privadas que cobraban a las universidades británicas millones de libras por año por el privilegio de acceder.

En enero de este año, Gowers escribió un artículo en su blog en el que declaraba que a partir de ese momento se negaría a presentar o reseñar trabajos para toda publicación de Elsevier, la mayor editorial de publicaciones científicas del mundo.

No imaginaba lo que sucedería a continuación. Miles de personas leyeron el post y centenares escribieron comentarios de apoyo. En cuestión de un día, uno de sus lectores creó un sitio web, The Cost of Knowledge (Thecostofknowledge.com), que permitió a los académicos registrar su protesta contra Elsevier.

El sitio tiene ahora más de doce mil firmantes, todos los cuales se han comprometido a negarse a reseñar y a presentar artículos, así como a realizar tareas editoriales para las publicaciones de Elsevier. “No pensé que tendría tanta repercusión”, dice Gowers. “Al principio me sorprendió la rapidez con que se desarrolló todo”.

Gowers, un matemático de la Universidad de Cambridge y ganador de la prestigiosa Medalla Fields, había puesto el dedo en la llaga de los académicos, cada vez más hartos del poder que unas pocas empresas editoriales habían concentrado en el ámbito de la publicación y distribución de la investigación científica mundial.

 

Detrás de los muros

El modelo editorial actual de la ciencia se ha derrumbado, sostiene una creciente cantidad de partidarios de la publicación de acceso abierto, un modelo por el que toda investigación científica que financien los contribuyentes estaría disponible en la Web de forma gratuita.

Los paywalls caros no sólo constituyen un derroche de fondos universitarios, dicen, sino que retrasan los futuros descubrimientos científicos y crean barreras al interés de la opinión pública, los políticos y grupos de pacientes que necesitan acceder a investigación para ejercer sus derechos democráticos.

Stephen Curry, un biólogo estructural del Imperial College de Londres, dice que los científicos tienen que llegar a un nuevo acuerdo con las editoriales que resulte adecuado para la era online.

“Durante mucho tiempo se nos ha engañado y puesto en ridículo”, dice. “Debemos tomar decisiones importantes en toda una serie de temas como cambio climático, generación de energía, clonación, células madre, alimentos transgénicos y no podemos abordarlos de forma adecuada a menos que tengamos acceso a investigación científica en cada uno de esos campos”.

Las editoriales académicas cobran a las universidades británicas alrededor de 200 millones de libras por año por el acceso a publicaciones científicas, casi la décima parte de los 2.200 millones de libras que les entrega el gobierno –a través de los consejos de subsidios– para solventar los costos básicos de la investigación universitaria. A pesar de la recesión, eso permitió a las editoriales académicas operar con márgenes de ganancia de 35 por ciento o más, al tiempo que recibían gratis las materias primas y el trabajo de miles de científicos que financiaban los contribuyentes y organizaciones de beneficencia.

Tres grandes editoriales –Elsevier, Springer y Wiley– son propietarias de las más de veinte mil publicaciones académicas del mundo y cuentan con alrededor del 42 por ciento del total de artículos publicados. Por otra parte, a pesar de que en los últimos años los presupuestos de las bibliotecas de Gran Bretaña y América del Norte han declinado o quedado congelados, los precios de las publicaciones han seguido aumentado entre un 5 y un 7 por ciento anual o más. Una suscripción independiente a una de las publicaciones más caras de Elsevier, Biochimica et Biophysica Acta, cuesta más de 18 mil euros por año. La mayor parte de las universidades compra paquetes de publicaciones, por lo que pronto pueden acumular cuentas de más de un millón de libras cada una por el acceso a publicaciones que solicitan sus académicos.

“Como científicos, permitimos que se aprovechen de nosotros”, dice Curry, que hace poco dejó de escribir reseñas para Elsevier y renunció también como editor académico de una publicación de Elsevier. “Entregamos gran cantidad de trabajo gratis a las editoriales, y tomar conciencia de las enormes ganancias involucradas hace que me sienta mucho menos dispuesto a regalar mi tiempo. Me siento más inclinado a dedicar mi esfuerzo a publicaciones que favorezcan el libre acceso”.

El precio, sin embargo, es sólo parte de la cuestión. Académicos y bibliotecarios también se preguntan por qué las editoriales deben tener el control exclusivo de la forma en que se distribuye y circula la investigación. “Para que sea efectiva, la información académica debe ser de acceso lo más amplio posible. Cada vez hay más elementos que demuestran que, si pasamos a un mundo de acceso abierto, no sólo se beneficia el proceso científico, sino que también hay mayores ventajas económicas”, dice David Proser, director ejecutivo de Research Libraries UK.

 

Guardianes y referís

Hasta el advenimiento de la Web, las publicaciones científicas impresas eran la forma más fácil y rápida de seguir el ritmo de una creciente cantidad de investigación en universidades de todo el mundo. Sin embargo, a medida que crecía la cantidad de publicaciones, las editoriales se fueron convirtiendo en los guardianes de facto del conocimiento científico. Los académicos presentan los resultados de sus proyectos de investigación a una publicación, cuyos editores envían luego el manuscrito a otros académicos del mismo campo para que los reseñen. Si el artículo pasa esa etapa, los editores suelen exigir a los investigadores que paguen centenares o miles de libras si superan determinada cantidad de páginas o si quieren incluir diagramas en color. Una vez que se paga, la investigación se publica y queda a disposición, tanto en forma impresa como online, de todo el que esté dispuesto a pagar por el acceso.

Gowers señala que las editoriales rara vez dicen que la reseña profesional de la que dependen para el control de la calidad se hace de forma voluntaria. “Académicos escriben los trabajos, académicos analizan los trabajos, académicos seleccionan los trabajos que se van a publicar –dice este matemático–. Es como si la editorial no hiciera nada excepto tal vez desempeñar un papel de organización y poner el nombre de la publicación, que confiere cierta reputación”.

Nature, una de las principales publicaciones científicas multidisciplinarias del mundo, propiedad del grupo editorial Macmillan, cobra suscripciones por acceder a su serie de revistas y sitios web. En un editorial de enero, la publicación defendió el valor que agregaba al proceso científico y afirmó que publicar trabajos de investigación originales exigía a sus editores “realizar una cuidadosa evaluación de su importancia científica, y la etapa de análisis comprende mucha deliberación, ocasionales debates y revisiones que refuerzan de manera significativa el impacto científico del trabajo”.

Un vocero de Elsevier dijo que el costo de suscripción de los artículos de investigación “nunca fue tan bajo como en la actualidad en lo que respecta a costo por descarga”. A la mayor parte de los científicos le resulta fácil ignorar el elevado costo de la suscripción a las publicaciones porque por lo general no son ellos quienes tienen que negociar con las editoriales, dice Sir Mark Walport, director del Wellcome Trust.

Bjorn Brembs, un neurobiólogo de la Free University Berlin y abierto partidario del acceso abierto, declara que la comunidad académica debería olvidarse de las editoriales y derivar a las bibliotecas el dinero que se gasta en suscripción a publicaciones. La idea de Brembs, un archivo global de datos e investigación académica, es una versión más sofisticada de un método de acceso abierto que ya está en operación: ArXiv.org, un sitio web en el que cualquiera puede postear un manuscrito de investigación que le guste y ponerlo a disposición del mundo entero de forma gratuita. En algunos temas, sobre todo en física, casi todo aparece ahí antes de que aparezca en una publicación científica.

Otro modelo de acceso abierto es el de la Public Library of Science (PLoS), una organización que tiene sede en San Francisco. La organización edita varias publicaciones de primera línea, entre ellas PloS Biology y PLoS Medicine, así como la más general PLoS ONE, que publica todo tema que pueda catalogarse de científico y acepta todos los trabajos cuyas conclusiones queden corroboradas por los datos que se presentan. Todas sus publicaciones están disponibles gratis en la Web y son los propios investigadores quienes se hacen cargo de los costos de publicación: alrededor de 2.900 dólares por artículo en el caso de PLoS Biology y PLoS Medicine, y 1.350 dólares en PLoS ONE. Tal vez porque percibió el estado de ánimo imperante en 2011, la empresa matriz de Nature anunció su propia publicación de acceso abierto a imagen y semejanza de PLoS ONE, llamada Scientific Reports.

Las editoriales no son el único obstáculo para una mayor adopción del acceso abierto, sino que también lo son los propios académicos. A éstos se los evalúa según sus antecedentes de participación en publicaciones científicas, y las mediciones del sistema hacen que cuanto más prestigiosa es la publicación, mayores sean las probabilidades de un ascenso o un subsidio de investigación.

 

Conocimientos abiertos

Cameron Neylon, un biofísico que en julio entrará en funciones como director de incidencia de PLoS, dice que la obsesión de los científicos –como autores– por el prestigio hace que su vida como lectores y consumidores de investigación sea mucho más difícil de lo necesario. “El prestigio impulsa la forma y la calidad de los trabajos, y no siempre en una buena dirección”, afirma.

Sin embargo, tal vez la Web pueda proporcionar a los científicos mejores formas de medición en el futuro, tales como cantidad de bajadas, inclusión en favoritos en servicios sociales o hasta tweets y cantidad de “me gusta” en Facebook.

“En última instancia, será una combinación de todas esas cosas lo que nos permita contestar preguntas más específicas sobre cómo se usa una investigación”, dice Neylon. “Esas formas de medir apenas están en sus comienzos, pero la verdad es que las mediciones tradicionales tampoco son muy contundentes”.

Las compañías editoriales sin duda tendrán que cambiar para adaptarse a la exigencia de un mayor acceso abierto. En respuesta a The Cost of Knowledge , Elsevier dijo que crearía “un consejo científico de matemáticas para asegurarnos de trabajar junto con la comunidad matemática, de contar con feedback y proporcionar mayor control y transparencia a la comunidad.” Pero Gowers duda de que Elsevier pueda hacer algo que tenga suficiente audacia para recuperar su base de apoyo y se concentra en las formas en que la Web podría abrir la investigación científica en el futuro. Su mayor esperanza luego de escribir aquel artículo en su blog es que la gente se disponga a probar nuevas ideas y a crear nuevas publicaciones de acceso abierto o métodos de evaluación basados en la Web.

“De pronto mucha gente dedica gran cantidad de tiempo a Internet, y eso es de gran ayuda para la investigación en proceso –señala–. Se debate mucho más. El hecho de que escribiera un post que leyeron miles de personas con gran rapidez es algo que hace cinco años no habría pasado”.

© The Guardian, 2012. Traduccion de Joaquin Ibarburu.

el gobierno britanico acaba de anunciar que desde 2014 se podra acceder gratuitamente a articulos de investigaciones financiadas con fondos publicos.

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