El Congo se desangra en una guerra por un mineral clave para fabricar celulares y PCs

El ataúd, diminuto como el cuerpo que lleva dentro, se hunde en la fosa cavada en el suelo húmedo de la selva. El bebé en su interior apenas alcanzó el año de vida. Murió de hambre, a pocos kilómetros de la ciudad de Goma, en el Este de la República Democrática del Congo, mientras la guerra estallaba a su alrededor. Su madre, obligada a desplazarse por los combates, no encontró techo ni comida. La tumba de su bebé, el menor de cinco hermanos, yace en el bosque apenas marcada con una cáscara de banana. Las imágenes de la BBC dejan la garganta hecha un nudo. No hay dudas: el infierno, otra vez, se ensañó con Africa.

Cientos de miles de personas protagonizan una catástrofe humanitaria en los confines orientales de la RDC, donde grupos armados luchan por el control de las riquezas minerales. El resultado es una guerra infinita, miseria humana y un paraíso de biodiversidad en franca desaparición.

Al frente de 6 mil hombres, el general rebelde congoleño, el tutsi Laurent Nkunda, desató a fines de octubre una ofensiva contra las tropas regulares congoleñas en la provincia de Kivu Norte que derivó en violentos enfrentamientos, arrasó aldeas y dejó en situación de desesperación a «un millón de desplazados», según denuncia el Instituto Congoleño para la Conservación de la Naturaleza. Una legión de civiles sin techo ni comida, cuyos hijos mueren de hambre y las mujeres son violadas por bandas, navega a la deriva. No hay alimentos, no hay agua, no hay electricidad.

Las tropas de paz de Naciones Unidas en la RDC, la MONUC (el mayor ejército que la ONU tiene desplegado en el mundo, con 17.000 efectivos, de los cuales 9 mil están en la zona), piden refuerzos y exigen tregua.

«La causa de la pelea gira en torno a la razón esgrimida por Nkunda: ‘Defender los derechos de la minoría tutsi que vive en la RDC y combatir a los rebeldes hutus’. Nadie sabe si existe otra agenda encubierta detrás de los combates», escribe en una larga carta reclamando ayuda Jean Pierre Jobogo, ranger del Parque Nacional de Virunga, el más antiguo de Africa, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y escenario del drama. Según sus palabras, el conflicto se explica como netamente étnico. Pero lo cierto es que las reservas minerales siempre han cebado y ceban las armas en este rincón del planeta.

El frondoso Este congoleño es rehén de guerrillas, milicias, Ejército, explotadores de recursos naturales y traficantes que conviven entre una marea de desplazados y refugiados. Se estima que sólo en la región operan 23 grupos armados y todos van por lo mismo: la riqueza bajo suelo.

Hoy la lista de tesoros encerrados en el Congo incluye oro, cobre, zinc… Pero hay un mineral que interesa en particular: coltán, utilizado para la fabricación de los juguetes predilectos del siglo XXI: celulares, computadoras y hasta la célebre PlayStation de Sony.

«Más de 30.000 niños y niñas matan y mueren» en la RDC «para que en los países desarrollados podamos hablar por celular o escribir un e-mail», denunció Amnistía Internacional, agregando otro dato espantoso al drama, el fenómeno de los niños soldados. Según AI, una de las causas del conflicto es la lucha por el control del coltán, del que la RDC «posee el 80% de las reservas mundiales».

La ironía es que a pesar de su riqueza, la RDC es uno de los países más pobres del mundo. Aquí un kilo de coltán cotiza una «fortuna» de 40 dólares que seguramente serán usados para adquirir armas. El control de las tierras es en realidad el control de las minas. Todos explotan. Todos venden y trafican en un circuito de corrupción y explotación en el que las grandes corporaciones siempre están dispuestas a comprar.

«También hay partes del Ejército congoleño fuera de control. Básicamente se está ante una situación en la que en cada lugar donde hay tropas del Ejército, se las ve mal pagadas y sin servicios, entonces se vuelcan a explotar a la población y los recursos locales para satisfacer sus necesidades», explicó a Clarín Guy Debonnet, especialista del programa de Patrimonio Natural de la UNESCO.

«Pero el verdadero problema en el Congo por el momento es básicamente la inseguridad y el estado de anarquía», sigue Debonnet, quien pasó cinco años en la RDC.

La historia y el destino han sido macabros con este vasto y rico pulmón africano desde el mismo día en que el navegante portugués Diogo Cao descubrió las aguas marrones del gigantesco río Congo hace 600 años, iniciando una sangrienta cruzada por los tesoros ocultos en el Continente Negro.

Nada parece ser más apropiado que la elección de Joseph Conrad para bautizar a esta región como «el corazón de las tinieblas».

De Cao a nuestros días ha sido un desfile de atrocidades: las garras, cadenas y «chicotes» de Leopoldo II de Bélgica en su «Estado libre del Congo», con sus cinco millones de muertos, el tráfico de esclavos, la fiebre por el marfil, el traumático camino hacia la independencia y las guerras interétnicas.

La primera guerra del Congo, entre 1996 y 1997, terminó con la caída del presidente de Zaire, Mobutu Sésé Seko, y la toma del poder por parte del líder rebelde Laurent Desiré Kabila. El país pasó a llamarse República Democrática del Congo.

La segunda guerra del Congo estalló en 1998, involucró a nueve países y dejó un saldo de más de tres millones de muertos. La lucha por el poder en la RDC culminó oficialmente en 2003 con un gobierno de transición, a manos de Joseph Kabila, quien fue electo en las urnas en 2006. Pero en el Este la guerra nunca terminó.

«El Este del país aún está bajo un conflicto intenso y la tragedia humana de muerte y desplazamiento es apabullante para cualquier escala de valores», resume a Clarín la conservacionista Samantha Newport, dedicada a la preservación en el Parque de Virunga.

Según Newport, Virunga, en Kivu Norte, es «una ubicación estratégica para Nkunda y sus hombres, debido a la proximidad con Ruanda y Uganda».

Los conservacionistas como Newport se han convertido en una de las voces más fuertes e insistentes de denuncia sobre lo que ocurre en Congo. Porque además del desastre humanitario, la guerra –advierten– se está devorando la selva. «La gente ignora que todos dependemos del CO2 generado por el bosque», dice en su carta Jobogo, el ranger de Virunga, y lamenta: «A nadie le importa.»

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