El chamamé, contraseña del ser correntino

La reina absoluta de la noche, no se discute, luce túnica blanca y se llama Ramona Galarza.

No hace falta que La Novia del Paraná circule por la Trastienda, esta noche en que se están presentando la 23ª Fiesta Nacional del Chamamé y 9ª Fiesta del Chamamé del Mercosur. Basta que se quede ahí, atrás de todo, sentada en un banquito con su túnica: la presentación, la fiesta, peregrinará hacia ella. Aunque haya gente destacada, como Pedro Aznar, como Raúl Barboza, como el Chango Spasiuk, como los correntinos Antonio Tarragó Ros, Teresa Parodi y Nito Artaza.

Porque aunque además de chipá y empanadas, acá haya copitas de una mousse con salmón y champán del bueno, en la Fiesta del Chamamé ser correntino es ser local y el lugar de nacimiento se desliza como una contraseña: “Soy Fulana, soy de Esquina”, se presenta una mujer hermosa.

Larga un video, en el que aparece la mismísima Valeria Lynch quien, con un tono que pega en el techo, (se) festeja: “¡¡¡¡Lo consiguieron!!!! ¡¡¡¡Voy a cantar chamamé!!!!” Y lo dice abrazada a las hermanas Vera, dos chamameceras de ley, nacidas en Nuestra Señora del Rosario de Caá Catí. Que se ríen en vivo, desde unos silloncitos, debajo del entrepiso de La Trastienda.

En el video vuelan banderas, pasan caballos, una mujer tira cenizas de una urna en el paisaje omnipresente de la fabulosa lampalagua, el Paraná.
Y por fin, larga el chamamé. Primero tímido, el público en ronda dejando hacer lo suyo a las parejas profesionales, vestidos de paisanos, que van y vienen, culo pa’fuera. Entre los primeros que se van a meter a bailar está José Luis Castiñeira de Dios, el Director Nacional de Artes. Y no se la va a perder Nito Artaza.
En el escenario, el chamamé define el ser correntino: “Pero prevengo chaque la ofensa porque el insulto no sé aguantar y porque el filo de mi cuchillo tiene veneno de yarará”. Se entiende.

Otro prócer sigue el ritmo pero tiene que bailar cortado, entre saludo y saludo. Es Ramón Ayala, autor de clásicos como “El cosechero” (que tiene versiones en hebreo y en japonés). Jopo firme, traje elegante, Ayala dice que, a los 76, le preguntan si está en formol. “No”, declara. “¿Saben en qué estoy? Estoy en la vida”. Sapucai.

 

Feligreses de la literatura

La vecina pega la vuelta desde Catamarca y ve, con la noche clara del atardecer, bombitas de colores, mucha gente sobre Independencia, en la vereda, mirando hacia un adentro. Ve las luces, la gente, y escucha una voz como de megáfono que dice algo así como “Catedral de San Isidro”.
“Sonamos”, piensa. “Cerraron la imprenta y pusieron una iglesia Evangélica. Ahora van a cantar todo el día”.

Pasa, cargada, es sábado de supermercado. ¿Qué es esto? “Presentan un libro”, le dice alguien. ¿De quién? No sabe. “Dos libros”, dice otro. No sabe.
Entra, la vecina, deja las bolsas, saca a la perra, se mete entre esos falsos feligreses que ahora –se calló el megáfono– se besan, se sonríen con vasito de plástico con vino en la mano.

Un hombre alto, parado en el cordón, la llama por su nombre y hacia él van, la vecina y la perra. “Se presenta una editorial”, explica el alto, que es Esteban Castromán, de la editorial Clase Turista. No un libro, una editorial. Porque –como exageraba hace un par de meses una escritora– ya hay, (bienvenidas) “más editoriales que lectores”.

La editorial se llama “Tenemos las máquinas”. Y es el materialismo tomado al pie de la letra: la cabeza del emprendimiento es Julieta Montati, una flaquita que es la hija de Vitorio Montati, el imprentero de Independencia entre Jujuy y Catamarca. O sea.

Arrancan con dos libros: “El que no salta es un inglés”, de Martín Wilson, y “Algo que nunca le conté a nadie”, de Damián Tullio. Pero después, cuentan, van a sacar también la edición en castellano de “Revólver”, una revista alemana de cine.

Un coche de los 90 para por el revuelo. Sin sacar su cabeza blanca, arreglada con batido y spray, la señora mira a Castromán. No hace falta que pregunte, el hombre cuenta: Es una editorial nueva, van a sacar poesía, cuentos, autoayuda (¿?). Cambia el semáforo.

 

Un lápiz que se volvió varita mágica

Como una maga, Dolores Avendaño hipnotizó a quienes fueron a escucharla el lunes a la Fundación Williams.

Está aquí, y tiene público, porque es la argentina que dibujó las tapas para la versión en castellano de Harry Potter.

Cuenta que antes de todo se fue a estudiar ilustración a Estados Unidos. Que a poco de llegar dos de sus tres profesores la llamaron y le dijeron que bueno, que lo pensara mejor y se dedicara a otra cosa. Pero que ella quería ESO. Y ahí se quedó, con lápiz y goma, estudiando como una obsesa. Así que tiene un consejo, y lo da: “No confundir el obstáculo con la meta”. Y abracadabra.

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