El centro de la espiral

Louise Erdrich, de ascendencia chippewa, es tal vez la más conocida del grupo de los escritores nativos contemporáneos de los Estados Unidos. Por esos caprichos del mercado, solamente las tres primeras de sus muchas novelas se tradujeron al castellano: Filtro de amor, La reina de las remolachas y Huellas. Plaga de palomas es la cuarta y es una alegría que Siruela haya decidido publicarla. El mundo de Erdrich gira alrededor de la reservación chippewa y, como el Yoknapatawpha de Faulkner o el Macondo de García Márquez, los lectores lo reconocen y revisitan con emoción en cada nueva historia.

Ese mundo se parece mucho más al de autores como García Márquez, Juan Carlos Onetti o Juan José Saer que al de los típicos escritores urbanos y solitarios de los Estados Unidos blancos del posmodernismo. Es un universo de pueblo chico, en el que las historias de la tribu, del clan, se entrecruzan incansablemente, un universo intensamente humano y al mismo tiempo intensamente mágico que sostiene una relación cercana y profunda con la naturaleza, que la entiende y la considera parte de la familia.

Un drama colectivo

Como gran parte de los libros de Erdrich Plaga de palomas es una novela intrincada, barroca y bella, con una estructura cuidadosa que se puede analizar desde el índice: cada una de las partes pone el foco de la narración (a veces en primera persona, otras en tercera) en un personaje cuyo nombre aparece al comienzo y cada uno de esos personajes cuenta una parte del drama. Sin embargo, la historia tiene sentido solamente cuando se vuelve colectiva, cuando los personajes terminan de tejerla entre todos. Así, la calidad de “comunitario” del relato es evidente desde la forma misma.

Además de esta cualidad de tribal, en Erdrich, como en todos los autores de ascendencia amerindia, el tiempo no es lineal sino espiralado. Aquí, el centro de la espiral es el asesinato de toda una familia en una granja. Las ramificaciones pasadas y futuras de este hecho sangriento retroceden hasta las primeras caravanas de pioneros europeos en la zona y avanzan hasta nuestros días, cuando el pueblo, Plutón (la excelente traductora prefiere dejar el nombre en inglés: Pluto), se muere despacio sobre la pradera en un perpetuo drenaje de habitantes.

La idea general de toda la obra de Erdrich, ya presente en este planteo, es que todo está relacionado. Todos somos parientes, incluso el lugar donde vivimos, este río, esta montaña. Y que esa manera de ver el mundo sigue presente. Los chippewas siguen ahí, con su propia visión del mundo, a pesar del racismo (tema esencial), la “fiebre de ciudad” y de dinero de los europeos, la injusticia y las muertes.

Desde su prosa infinita, bellísima, esta novela mira a nuestro mundo (porque el mundo que describe nos es familiar aunque se lo vea desde un ángulo diferente) con los ojos de una cultura en la que los animales y el agua tienen la misma importancia que nosotros, deben tenerla. Por eso, el lago cerca del cual crecen los personajes, es infinito: porque de ahí sale un río y el río llega al mar y sigue siempre. Por eso, las abejas vengan a los humanos y los conocen. Por eso, toda historia lleva a otras y ninguna termina del todo en este libro ni en ningún otro. Por eso, el arte también forma parte del mundo (no crea otro) y salva y deforma, como dice uno de los personajes, Shamengwa, no solamente al que cuenta sino también al que oye. Las historias salvan y deforman tanto a los escritores como a los lectores y cualquier historia las incluye a todas.

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