EL CANARIO Y LOS FARRISTAS

Por las calles céntricas del Montevideo trasnochador, en las últimas décadas del siglo pasado, circulaba un cochero célebre que todos conocían y cuidaban como si fuera de oro. El hombre recorría nuestras calles de madrugada con su carruaje cansino, por cuanta inmediación hubiera de academias de baile, o antros de costumbres dudosas. El Canario – que así le decía su vasta y calificada clientela – había llegado a reconocer y a fichar uno por uno a todos los farristas y calaveras del aquel tiempo. Aparte de nombre y apellido , les sabía estado civil, profesión, malos pasos, gustos oscuros : prontuario completo. Y allá se le veía en las altas horas, recorriendo pausado el Montevideo maldito, el non sancto, para recoger de regreso a los más o menos furtivos protagonistas de las malandanzas. A veces eran personajes públicos conocidos; pero más corrientemente hijos “de familia”. O si no , simplemente, farristas de segunda categoría, anónimos. Pero el Canario no hacía distingos ; a todos servía con la misma probidad y la misma discreción.

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